Crítica de “El gran pez”, de Tim Burton: La verdad está dentro de las historias

Este film de 2003 con Ewan McGregor, Albert Finney, Billy Crudup, Jessica Lange, Marion Cotillard, Alison Lohman, Steve Buscemi, Helena Bonham Carter y Danny DeVito se desmarca en muchos aspectos y sentidos del resto de la filmografía del director, aunque al mismo tiempo sigue siendo fiel a su mirada sobre el mundo y sus personajes.

Por Maru Araujo

«El gran pez» («Big Fish», 2003) no es, a primera vista, la película que uno esperaría encontrar dentro del universo de Tim Burton. No aparecen la arquitectura gótica ni los personajes deformes o los escenarios oscuros que suelen asociarse con su cine. Sin embargo, Burton está presente, aunque trabajando desde otro lugar. En ese film, lo extraño no está en el aspecto físico de los personajes sino en la manera en que Edward Bloom (interpretado de joven por Ewan McGregor y en su etapa mayor por Albert Finney) construye y cuenta su propia vida.

Edward es un hombre sociable, encantador y querido por quienes lo rodean. No parece un outsider en el sentido tradicional. Sin embargo, termina siendo alguien difícil de comprender incluso para su propio hijo. Su diferencia está en la forma de mirar el mundo y, sobre todo, en cómo lo transforma al relatarlo.

La película construye dos mundos que conviven permanentemente. Por un ladom está el de Edward, lleno de color, exageración y situaciones extraordinarias, donde cada episodio de su vida parece convertirse en una aventura. Por otro, está el presente, mucho más cotidiano y desaturado, donde ese mismo hombre está enfermo, acostado en una cama y tratando de acercarse a un hijo con el que mantiene una relación distante.

Ese contraste visual no funciona solamente como una diferencia estética. También representa dos maneras diferentes de entender la realidad. Edward necesita convertirla en una historia para poder vivirla y transmitirla. Will (Billy Crudup) , en cambio, necesita encontrar los hechos detrás de esas historias, como una especie de desafío personal.

«El gran pez» resulta diferente dentro de la filmografía de Burton. Uno espera cierta distancia o ironía y encuentra, en cambio, una película profundamente afectiva. Incluso en los momentos más fantásticos hay una sensación de ternura que termina siendo mucho más importante que la propia fantasía.

También es inevitable pensar en el contexto personal en el que Burton realizó la película. Su padre estaba muriendo durante el rodaje y esa situación hace que la relación entre Edward y Will adquiera una dimensión todavía más íntima.
La película deja de ser solamente la historia de un padre que exagera su vida y pasa a preguntarse cómo conocemos realmente a una persona, especialmente cuando sentimos que nunca terminamos de hacerlo ¿Qué es un padre? ¿Cuando nos enteramos de que los padres son personas también, que pueden transitar su propia vida eligiendo, equivocados o no?

Podríamos interpretar a Edward simplemente como un mentiroso. Sin embargo, la película propone algo más complejo. Edward no necesariamente inventa su vida: la transforma cuando la cuenta. Y Will tarda prácticamente toda la película en comprender ese lenguaje.


CONFLICTO PADRE / HIJO

Una de las reflexiones mas intensas de esta película es cómo una misma historia puede cambiar completamente dependiendo de la manera en que se cuenta.

El conflicto central de «El gran pez» no está exactamente entre la verdad y la mentira, se sitúa mejor entre dos maneras diferentes de relacionarse con la realidad. Edward construye un mundo en el que todo tiene una dimensión épica. Las personas que conoció se vuelven personajes extraordinarios, fantásticos y los acontecimientos de su vida adquieren una escala mucho mayor.

Will recibe ese relato de otra manera. Lo que para su padre es una forma de compartir su vida, para él se convierte durante mucho tiempo en una forma de ocultarla. Las historias de Edward terminan funcionando como una especie de barrera entre ambos.

Podríamos relacionar esto con «La vida es bella», de Roberto Benigni. En esa película, el padre inventa un juego para que su hijo pueda atravesar una situación terrible sin comprender completamente el horror que lo rodea. En los dos casos aparece un padre que transforma la realidad para proteger a su hijo, pero la diferencia es importante.

En «La vida es bella», Guido (interpretado por el propio Benigni), modifica la realidad para proteger a su hijo de algo externo y terrible. Edward, en cambio, transforma acontecimientos de su propia vida. Sus amigos existieron, sus aventuras tuvieron una base real y las personas que aparecen en sus historias realmente formaron parte de su vida. Lo que cambia es la manera de contarlas.

Ahí aparece una de las cuestiones más interesantes de la película: las historias de Edward también funcionan como una forma de justificar su ausencia. Es como si cada relato intentara decirle a Will: “Esto es lo que estaba haciendo mientras no estaba con vos”. La aventura puede funcionar entonces como una compensación por aquello que no pudo explicar de otra manera. Se desliza la idea de que valió la pena la ausencia, para traer todas estas historias increíbles.

Edward no parece haber elegido deliberadamente el mundo por encima de su familia. Más bien parece ser un hombre que vive todo de una manera exagerada, sin demasiada medida. Los campos de narcisos que planta para Sandra, las casas que arregla para otras personas, su relación con Karl o con los habitantes de Spectre muestran esa manera desbordada de relacionarse con los demás.

Hay algo contradictorio en él: puede estar ausente y, al mismo tiempo, demostrar una enorme capacidad de entrega. Su forma de amar no siempre es práctica ni sencilla, y justamente por eso Will tiene dificultades para comprenderla.

El cambio comienza cuando otras personas empiezan a aportar información sobre la vida de su padre. El médico le cuenta a Will cómo fue realmente su nacimiento y qué ocurrió con el pez que Edward atrapó ese día. Ese relato es mucho más sencillo que las historias que él acostumbra contar, pero justamente por eso resulta importante.

A partir de ahí, Will empieza a entender que quizás él y su padre no son tan diferentes como pensaba. Los dos necesitan contar. La diferencia está en qué consideran importante de una historia.

Josefina (Marion Cotillard), la esposa de Will, parece entender esto antes que él. Su disposición a escuchar las historias de Edward demuestra que existe otra manera de relacionarse con él: no necesariamente creer literalmente cada detalle, sino dejarse llevar para entender qué hay detrás de lo que está contando.


SANDRA, LA MUJER A LA QUE LA CÁMARA NUNCA LE PREGUNTA NADA

Si Will representa la resistencia frente al mito que construyó su padre, Sandra (interpretada por Alison Lohman de joven y por Jessica Lange de adulta) representa algo diferente: la persona que decidió aceptar y acompañar ese mundo.

Burton la presenta como una mujer profundamente amorosa, como la gran esposa y la gran madre. Pero hay algo que resulta interesante y que la película prácticamente no desarrolla: cuánto le costó a Sandra esa manera de acompañar a Edward.

Sandra aparece en dos tiempos diferentes. En el pasado, dentro de las historias de Edward, es casi la mujer idealizada: el objeto de su búsqueda y el motivo de algunas de sus mayores hazañas. En el presente, en cambio, es quien permanece junto a él y quien intenta acercar a padre e hijo.

Pero en ninguno de esos momentos Sandra tiene realmente una escena en la que podamos conocer qué piensa ella de todo lo que está ocurriendo. La película la muestra principalmente desde la mirada de Edward. Eso no es necesariamente un error del film. Puede ser coherente con la lógica del relato: si todo lo que vemos está atravesado por la manera en que Edward recuerda y cuenta su vida, entonces también tiene sentido que Sandra aparezca como él la recuerda: perfecta, paciente e incondicional.

Pero justamente ahí aparece una pregunta interesante. Edward la ama profundamente, pero también la convierte en un personaje de su propia historia. La Sandra que pudo haber tenido sus propios conflictos, deseos, dudas o decisiones queda bastante escondida detrás de la imagen que él construyó de ella.

Hay un detalle visual que no pasa inadvertido: el tapado rojo que Sandra lleva en el funeral de Edward. Durante gran parte de la película su vestuario se mantiene dentro de una gama neutra y discreta. Ese rojo aparece justamente en el momento del duelo y le da a su presencia una fuerza diferente. Puede leerse como una decisión consciente de puesta en escena, como una forma de darle visibilidad a Sandra en el momento en que deja de ser solamente la esposa de Edward y aparece, por fin, como una mujer en duelo real.


EL MITO Y SU ESCALA REAL

Uno de los momentos más interesantes desde lo narrativo y visual aparece en el funeral de Edward. Durante toda la película conocemos a las personas a través de las historias que él cuenta. Las vemos convertidas en gigantes, personajes misteriosos o figuras casi fantásticas. Sin embargo, cuando llegan al funeral aparecen en su verdadera escala.

Karl, el gigante aterrador de las historias, es mas bien un hombre grande y tímido. Las gemelas tampoco tienen la misma dimensión mítica que tenían en los relatos de Edward. Esto no significa que Edward haya mentido necesariamente. Lo que hace la película es mostrar que su imaginación no inventaba personas sino que las agrandaba, las encantaba. Les daba una importancia que quizás él sentía que tenían, aunque la realidad cotidiana no mostrara esa dimensión.

En ese sentido, el funeral funciona como un punto de encuentro entre los dos mundos. El mundo fantástico y el mundo real dejan de estar separados. Las personas de las historias de Edward existen y están ahí para despedirlo.
Eso termina modificando también nuestra mirada sobre él. Las historias podían estar exageradas, pero debajo de ellas había personas reales, vínculos reales y experiencias que realmente formaron parte de su vida.


EL PEZ MÁS GRANDE DEL RÍO

La película comienza y termina vinculada al agua. No funciona solamente como un elemento decorativo. El agua aparece asociada a diferentes límites: entre la vida y la muerte, entre la realidad y la fantasía, y entre aquello que una persona fue y aquello que los demás recuerdan de ella.

La historia del pez que Edward cuenta al principio también puede leerse como una representación de su propia vida. El pez más grande del río es imposible de atrapar y termina muriendo en el mismo lugar en el que nació. El pez puede representar a Edward, y el río, el paso del tiempo. Los anzuelos que aparecen en la toma submarina pueden entenderse como todas aquellas cosas que podrían haberlo desviado de su recorrido (las piedras en el camino).

Esta historia funciona como una pequeña versión de toda la película: un relato dentro de otro relato que termina hablando del propio protagonista. La pregunta entonces sería si Edward realmente fue el pez grande del río o si, en algún punto, terminó viviendo dentro de una pecera construida por sus propias historias ¿Su vida fue realmente una aventura o fue la manera que encontró de transformar su vida cotidiana en una aventura?

La respuesta esta, al menos en parte, en el funeral. Las personas que aparecen allí confirman que detrás de las exageraciones había una vida verdadera. Edward quizás agrandó las historias, pero no inventó los vínculos que construyó.


A MODO DE CIERRE

Burton no intenta decirnos quién fue realmente Edward Bloom. Lo que hace es plantear una pregunta más difícil: ¿qué significa realmente conocer la vida de otra persona?

Quizás una vida no se construye solamente a partir de los hechos que podemos comprobar. También está formada por la manera en que cada persona recuerda, interpreta y cuenta aquello que vivió.

Will necesita durante mucho tiempo comprobar la verdad detrás de las historias de su padre, pero finalmente comprende que quizás la verdad no estaba escondida detrás de esas historias, sino dentro de ellas.

«El gran pez» termina siendo una película sobre la necesidad de contar y sobre la dificultad de aceptar que no todas las personas cuentan su vida de la misma manera. También nos muestra que a veces los vínculos mas cercanos son los mas complejos de abordar.

También, resulta interesante pensar qué ocurre con Will. Él eligió la verdad verificable, el periodismo y una vida aparentemente más cercana a lo concreto. Sin embargo, termina comprendiendo que también necesita contar la historia de su padre, de la manera que su padre lo hubiera hecho y acá es donde comparten una cierta complicidad y donde Will entiende como funciona la forma de contar las historias, como lo hacía su padre.

¿Es Will, entonces, el pez de la piscina, el que eligió una vida más limitada porque necesitaba tener todo bajo control? La película no responde directamente a esta pregunta, pero deja algunas pistas.

La secuencia final en el río vuelve a poner en escena aquello que estuvo presente desde el comienzo: el agua, el pez, el movimiento y la transformación de una vida en relato.

Quizás, al final, no se trata de creer en los mitos de Edward. ¿O acaso creer y entender por qué los contaba terminan siendo, en el fondo, la misma cosa?

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