Crítica de “Piso de soltero” (“The Apartment”), de Billy Wilder: Un clásico que no pierde vigencia

El director de “Testigo de cargo” (“Witness for the Prosecution”) y “El ocaso de una vida” (“Sunset Boulevard”) concreta una relato mordaz sobre el capitalismo al mostrar cómo un hombre es capaz de entregar las llaves de su propio departamento con tal de ascender en la compañía donde trabaja..

Por Augusto Denari Morrow

Atención: este texto contiene spoilers importantes sobre la película

“Piso de soltero” (1960), célebre largometraje de Billy Wilder, director y guionista de varios de los films más reconocidos del séptimo arte, se centra en Calvin Clifford Baxter (interpretado de forma magnífica por Jack Lemmon), un trabajador más dentro del engranaje de una ficticia aseguradora -con más de 30.000 trabajadores- ubicada en Nueva York, a finales de la década de 1950.

En este contexto, “Buddy” (como se hace llama) Baxter descubre que, permitiendo a sus superiores pasar la noche con sus amantes en su propio domicilio, llegará más rápido a los puestos jerárquicos (¡“Quid Pro Quo”, en su máxima expresión!).

Lo que en principio parece un arreglo beneficioso para ambas partes, Wilder comienza a exponer con gran maestría indicios sobre que, en realidad, el trato es mucho más beneficioso para quienes ostentan mayor poder.

A medida que avanza la película, y con cierto reminiscencias del cuento corto “Casa tomada”, de Julio Cortázar, el protagonista comienza a notar cómo va perdiendo el control de su propio hogar, llegando incluso a tener que dormir en el banco de una plaza -en plena tormenta de nieve- con tal de congraciarse con uno de los directivos de la empresa.

Luego de esta situación extrema, tras la visita de sus jefes en su flamante despacho -obtenido gracias a sus cuestionables métodos- intenta recuperar las llaves de su edificio, pero, para su sorpresa, en lugar de empatizar con su situación, lo amenazan para que mantenga el status quo ya no solo para mantener su posición jerárquica, sino directamente si quiere conservar su empleo.

Por si eso no fuera suficiente, también descubre que uno de los principales ejecutivos de la aseguradora (Jeff Sheldrake, interpretado por Fred MacMurray) está llevando a su departamento a Fran Kubelik, ascensorista de la compañía de seguros de quien Baxter está profundamente enamorado.


Esta revelación se da gracias a una secuencia filmada con gran destreza, en la cual se resalta que el espejito de mano que lleva consigo Kubelik (personificada de forma notable por Shirley MacLaine) es el mismo que encontró Baxter en su hogar y que devolvió unos días antes a Sheldrake para que le entregue a su amante.


La doble vara de la moral estadounidense

En este punto del film, la trama se torna cada vez más oscura, pasando de un tono satírico, con los vaivenes del protagonista por encajar ante sus colegas, a uno bastante más dramático y con una profunda crítica social hacia el capitalismo y a cómo las personas deben aparentar ser algo que nos son para obtener un supuesto beneficio o pertenecer a las grandes esferas de la sociedad, algo muy habitual en las películas de Wilder (como con el personaje de Audrey Hepburn en “Sabrina”).

Un escenario similar sucede, por citar otros dos ejemplos de su filmografía, tanto en “La comezón del séptimo año” (“The Seven Year Itch”), largometraje que catapultó a la fama a Marilyn Monroe y que la inmortalizó en la mítica escena en la cual una ráfaga de aire caliente, que se desprende de una alcantarilla, levanta su blanco vestido; como en “Una Eva y dos Adanes” (”Some Like It Hot”) prácticamente todos los hombres simulan tener una “vida perfecta”, ya sea con esposa, hijos y/o rodeados de bienes materiales de lujo.

Sin embargo, en cuanto tienen la oportunidad, intentan seducir a otra mujer, sin importarles el dolor que pueden infringir a sus otras parejas o familias. Esta situación también está presente en “Piso de soltero” cuando la secretaria personal de Sheldrake le comenta a Fran, en la fiesta de fin de año de la oficina, que él no tiene intenciones de divorciarse de su esposa y que es un mujeriego que siempre hace las mismas falsas promesas a sus otras amantes.

Tras esta revelación, Kubelik intenta suicidarse consumiendo un frasco de pastillas. Afortunadamente, Baxter logra salvarle la vida, tras encontrarla inconsciente en su cama, gracias a la ayuda de un médico vecino.

El clímax llega tras descubrir que a Sheldrake solo le interesa que la sociedad no sepa que tuvo un affaire. Ante esta situación de individualismo absoluto, en la que ni siquiera muestra empatía por la vida de la joven, ambos protagonistas deciden cortar toda relación con él.

Por un lado, Fran lo abandona, mientras que Baxter renuncia en una escena muy lograda en la que, tras simular devolverle al personaje de Fred MacMurray las llaves de su edificio, en realidad le entrega las del baño de ejecutivos, en una clara muestra de ironía por parte del director.

Si bien pareciera tener un clásico final feliz, en el que la pareja protagónica termina junta, se insinúa en el cierre del film que no será un camino sencillo, dado que ambos se encuentran desempleados y obligados a conseguir un nuevo hogar en una economía compleja como la que plantea el protagonista al inicio de la película.

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