El Centro de Experimentación Audiovisual de Avellaneda proyectó recientemente este film de 1986 con David Bowie y Jennifer Connelly en el marco de un ciclo de cine fantástico, por lo que es una gran oportunidad para recuperar (y reivindicar) las claves de la película de Henson.
Por Mikhail San Martino
La historia nos presenta a Sarah, una joven harta de la vida con su nueva madrastra y su hermanastro. Cansada de las reglas del hogar y de los llantos del bebé, accidentalmente invoca al rey de los Goblins para que se lo lleven a su reino. Pero, tras arrepentirse, se verá obligada a adentrarse en el gran y confuso laberinto para rescatar a Toby.
Podríamos decir que esta fue la obra en la que Jim Henson más tomó elementos pertenecientes a los cuentos clásicos con los que creció y que se representan en la habitación de Sarah: vemos referencias a “Donde viven los monstruos”, de Maurice Sendak, cuyo diseño de criaturas sirvió de inspiración para los seres que pueblan el laberinto y a las primeras películas animadas de princesas de Disney, con sus protagonistas abandonadas o en conflicto con figuras maternas.
El laberinto que se nos presenta no es el clásico espacio cerrado que genera sensación de encierro y presión. Es uno donde nada tiene sentido y, según la simpática oruga que conversa con Sarah, tampoco tiene que tenerlo. Su función es poner a prueba a la protagonista y llevarla a un aprendizaje sobre madurar y crecer. Al inicio Sarah aparece como una apasionada por la actuación y la fantasía, pero su realidad y sus responsabilidades como hermana mayor le exigen dejar la infancia atrás. Todo el viaje puede leerse como una metáfora del proceso de crecer y el aceptarlo.
En su estructura, la película sigue el clásico camino del héroe: el llamado a la aventura que se rechaza, los aliados que se construyen en el camino y el gran duelo final. Otro elemento de las historias que amaba Henson y que aquí encuentra una de sus expresiones más logradas.
Los trabajos de Jim Henson siempre se destacaron por su capacidad de lograr que las marionetas generen una conexión genuina con el espectador. Uno sabe, desde un lugar racional, que las criaturas que ve son marionetas, animatrónicos o personas disfrazadas, pero el nivel de detalle y la habilidad de caracterización de los marionetistas es tal que toda esa magia logra sentirse real. Es un trabajo que hoy, en la era del CGI, cuesta todavía más valorar en su justa medida.
La actuación de David Bowie es probablemente la más icónica de lo que fue su carrera cinematográfica y también una de las más recordadas de su historia como artista en general: no solo participó en la banda sonora sino que además compuso e interpretó las canciones del film. La joven Jennifer Connelly tampoco se quedó atrás. Para ser su primer gran papel, su trabajo es notable y logra transmitir la inocencia y la ternura de un personaje que debe interactuar con todos esos seres mágicos de manera convincente.
Esta fue la última película de Jim Henson (1936-1990) como director. Si bien había cosechado grandes éxitos con sus series de televisión como “El show de Los Muppets” y en el cine con “El cristal encantado” (1982), “Laberinto”, pese a contar con George Lucas en la producción y con David Bowie en el elenco, fue un fracaso en taquilla. Afortunadamente, con el paso de los años se convirtió en un clásico de culto y en uno de los mayores exponentes del cine de fantasía de la década de 1980.




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