El realizador español regresa con un film que es fiel a los temas que recorren toda su obra, pero que se ubica lejos de sus mejores trabajos.
Por Alejandro Copertari
“El cine tiene algo de premonitorio”, le dice Elsa (Bárbara Lennie), la protagonista de “Amarga Navidad”, a su novio Bo (Patrick Criado), bombero y stripper, en una sala de observación de un hospital en la que ha quedado internada en 2004 y en la que había filmado una película una década antes. Ellos son los personajes principales que desde el presente de 2026 crea Raúl (Leonardo Sbaraglia), un escritor y director, probable alter ego del propio cineasta español con 20 años menos.
Premonitorio fue que, al escuchar las primeras palabras de Raúl, en esa media lengua que no es ni el castellano de algún lugar de España ni el acento rioplatense, ya se veía venir el problema de siempre. Al igual que con Darío Grandinetti en “Hable con ella” o “Julieta”, esa indeterminación transmite una artificialidad que le quita fuerza dramática a los personajes: la tensión resulta forzada y la comedia pierde casi toda su gracia. En el caso de Raúl es aún peor: en ningún momento del film se aclara su nacionalidad, con lo que la referencia termina siendo la del propio actor argentino. El contraste es más evidente si se lo compara con Cecilia Roth en “Todo sobre mi madre”, donde más allá de algún modismo hablaba con acento argentino.
“Amarga Navidad” aborda dos de los temas clásicos de la filmografía almodovariana: el duelo y la separación. Elsa es una cineasta que hizo dos películas de culto, pero que trabaja hace ya muchos años en publicidad y atraviesa un duelo desde hace un año, cuando conoce a Bo en un show de striptease y se ponen de novios luego de que lo invite a filmar un comercial de calzoncillos. En el medio del rodaje, le comunicarán una pérdida que será uno de los ejes del largometraje.
Elsa tiene una amiga, Patricia (Victoria Luengo), que en una escapada de fin de semana largo de Navidad cree descubrir que su marido la engaña. Convencida de la traición, se queda sola, sufriendo el desamor, en lo que es tal vez el mejor tramo de la película. No es casual que sea allí donde aparece la voz de Chavela Vargas: el título mismo del film es una ranchera de José Alfredo Jiménez que ella canta, y con eso Almodóvar le rinde homenaje a la artista a la que más recurrió en su cine. Ya lo había hecho con “En el último trago”, en “La flor de mi secreto”; con “Luz de luna”, en “Kika”; y con “Somos”, en “Carne trémula”.
En el presente Raúl nos cuenta el guion que está escribiendo y que va compartiendo con Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su agente desde hace 20 años. Casi como una confesión o una premonición de lo que será la película, la muerte de un niño que ocurre en el presente y que Raúl traslada al guion será el motivo de un conflicto un tanto inverosímil con Mónica. Es que las piezas de la película no parecen encajar como en el pasado y, sin embargo el dispositivo es el mismo: el director que se desdobla en el personaje que escribe. Con “La ley del deseo”, “La mala educación” y sobre todo “Dolor y gloria” como antecedentes, donde Salvador Mallo, el personaje de Antonio Banderas, era el propio Almodóvar enfermo y en repliegue. Raúl es heredero de aquel Mallo, pero lo que en “Dolor y gloria” era un retrato exacto, en “Amarga Navidad” es apenas el esqueleto de una película.
Lo más almodovariano del film está en otra parte: en los duelos. El luto de Elsa dialoga con una genealogía que va de “Todo sobre mi madre” a “Volver”, de “Julieta” a “Madres paralelas”: en todas, el dolor se hereda por la línea materna, en pérdidas que vuelven.
Filmada con la maestría de siempre, con virtuosismo en el manejo de la cámara y con una puesta impecable en cada plano, la última obra del realizador español, si bien no está a la altura de sus obras mayores, supera de todas formas a la media del cine contemporáneo.




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