Crítica de “La luz incidente”, de Ariel Rotter: Un ángel para tu soledad

El director de «Sólo por hoy» (2000), «El otro» (2007) y «Un pájaro azul» estrenó en 2015 este delicado e inteligente film con Erica Rivas, Marcelo Subiotto y Susana Pampín.

Por Mariana Dimant

1- Unas fotos misteriosas

El director Ariel Rotter confiesa que no conseguía alejarse lo suficiente del material reunido para su película, ya que estaba ligado a su pertenencia. La idea original partió de unas fotos de familia, de las que nadie quería hablar, y producían angustia e inquietud cuando intentaba averiguar la historia que tenían detrás.

La capacidad del arte, y en este caso del cine, de inventar ficciones posibles para lo no develado o impedido de narrar es su “realidad”.


2- El duelo como encrucijada

Una de las posibles definiciones del proceso de duelo -en versión cinéfila- sería el pasaje al fuera de campo de algo que fue visible y su resurrección imaginaria a través de los recuerdos. Lo que muere o se pierde quedará como fantasmas de la memoria o como percepciones distorsionadas de una presencia ya imposible.

La tercera película de Rotter tras Sólo por hoy y El otro muestra la pausada progresión dramática, a través de la cual Luisa (Érica Rivas) transita su sorpresivo duelo y el intento de rearmado de su vida. Ha quedado viuda recientemente, a causa de un accidente donde murieron su marido y su cuñado. Su madre y una amorosa mucama la ayudan con la crianza de sus dos bebas mellizas, ya que Luisa está habitada por la angustia y la desolación de la pérdida. El director se ocupa de hacernos intervenir en el espacio privado de la familia, un ambiente íntimo marcado por el dolor y la añoranza. Gracias al ritmo aletargado, los silencios sostenidos y los sutiles movimientos de cámara, nos vemos inmersos en una atmósfera propia de un hogar que aloja una función ausente: marido y padre.

El contexto histórico es la década de 1960, época en la que las pautas sociales y especialmente los mandatos determinaban que una viuda joven debía “rehacer su vida”; es decir, conseguir un segundo esposo que cubra el espacio vacío y funcione como figura paterna y sostén económico para la madre y sus hijos. El pretendiente se corporiza en Ernesto (el excelente Marcelo Subiotto), un encantador soltero que rápidamente ansía tener un lugar definitivo en el deseo de Luisa y sus hijas. La madre (Susana Pampín, genial) representando la pauta socioeconómica y ética, verbaliza que Luisa y sus nietas “necesitan una estructura» y parece apresurar la decisión de su hija. El núcleo dramático -al que Rivas interpreta con admirable solvencia- es un deseo que empuja en direcciones opuestas: perderse en el duelo y la remembranza del marido perdido o reprimir el dolor y acercarse a la propuesta de una reconstrucción familiar.


3- El deseo detenido

Es de destacar la cámara del director de fotografía Guillermo «Bill» Nieto, que captura las escenas como si la mirada de un espectador fuera un ojo presente pero no visible. Más que un voyeur, se podría pensar que es la manera en que el esposo ausente (¿la presencia “incidente”?) se materializa desde algún punto de vista. El espacio se configura, entonces, en interiores de ambientes cerrados, con encuadres dominados por los marcos de puertas y ventanas, o paredes y pasillos que parecen limitar los movimientos de los personajes, en una paleta en diferentes tonos de blanco y negro. La claustrofobia psíquica del duelo reflejada espacialmente. A su vez, la concepción del tiempo parece estática o cíclica; como si Luisa estuviera suspendida en un limbo entre objetos que la llaman desde el deseo de su pasado que retorna a su marido: su ropa, sus pertenencias, el recuerdo aferrado a una dimensión de atemporalidad.

El empuje social y familiar se trasluce en su lucha de sostener la voluntad para aceptar el presente, a través de las visitas sorpresivas de su candidato, que obsesivamente irrumpe como una propuesta casi obligada, que insiste y avanza con curiosas estrategias.


4- El sonido de la pérdida y la música del presente

A partir de lo anteriormente indicado y otros logros que mencionaremos, el film es una pieza de efectiva sugestión: hay un sutil equilibrio entre el penoso clima de pérdida más el reclamo de Luisa por su derecho al duelo y los breves pasajes de un humor incómodo, a causa de la ansiedad conquistadora del nuevo pretendiente. Gracias a ello, la película respira y se aliviana, pero también revela el profundo desconcierto y la inadecuación de todos frente a una tragedia inesperada. A la puesta de cámara ya aludida, se suma un especial tratamiento del sonido: no hay ruidos ajenos a la trama; los diálogos son casi susurrados y los silencios -siempre en consonancia con el clima introspectivo general-, construyen el espacio sonoro del duelo de manera más contundente que otras manifestaciones.

La notable música de jazz acompaña dos fiestas, únicos eventos sociales de toda la película. Estilísticamente impecable, se destaca una elegancia virtuosa en todos los rubros técnicos, que ayudan a que la narrativa esté puesta al servicio de generar significado y lograr expresividad en la imagen, más que en la explicitación de los diálogos. Dicho de otra manera, un bello entendimiento de las posibilidades de relación entre los personajes, los objetos y la cámara.

La luz incidente es una película inteligente, una gema rara construida con una delicadeza clásica en su puesta en escena, que la aleja de tanta espectacularidad pretenciosa que ya desde la pasada década invade las carteleras locales y extranjeras.

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