La popular película de los creadores de «Yo presidente» (2004), «El artista» (2008), «El hombre de al lado» (2009), «El ciudadano ilustre» (2016) y «Competencia Oficial» (2021) trabaja en sus sketches con arquetipos torpes y apela a una mirada paródica y vulgar para sintonizar con ciertos «valores» de nuestros tiempos como la burla y la crueldad.
Por Sebastián Mateo
Alguna vez, Max Weber, el sociólogo alemán, introdujo el concepto de los «tipos ideales». Se trata de una herramienta conceptual que exagera rasgos básicos de fenómenos sociales para analizarlos y compararlos con la realidad. Hay una versión vulgar de este concepto: el estereotipo. La diferencia entre un tipo ideal y un estereotipo es que uno es un ejercicio teórico hecho para dar cuenta de lo real (el tipo ideal), mientras que el otro es un ejercicio ideológico creado para encasillar la realidad según preconceptos. Uno echa luz sobre lo social y el otro echa tierra.
El cine de Mariano Cohn y Gastón Duprat se asienta sobre esta distorsión teórica. En ese sentido, desde un punto de vista dramático, construye sus personajes sobre esta suerte de mala sociología. En otras palabras, perpetúa arquetipos architrabajados por la cultura, como el del pueblerino ignorante, el político corrupto o el progresista que no cree realmente en lo que dice.
El último film de la dupla de cineastas, “Homo Argentum”, tiene además otro condimento que le da un valor distinto al del resto de su filmografía: es el magnum opus del humor de una era, una radiografía perfecta de cierto clima de época dominante. El arrollador éxito que tuvo en términos de audiencia no hace más que desnudar que la película tocó una fibra íntima del aparato ideológico de un nuevo tipo de humor contemporáneo, que bien podría llamarse «humor argentum».
Así como “Pizza, birra y faso” consiguió como ninguna otra mostrar la precariedad y la falta de fe en el futuro de la juventud marginal de la década de 1990, y del mismo modo en que “Apocalypse Now” captó la esencia del fin de los grandes relatos heroicos en torno a la política imperialista estadounidense, “Homo Argentum” encarnó de manera ineludible el pulso de una nueva era en el humor argentino, a tono con una política de la burla y un goce generalizado con la simplificación estereotípica.
En términos formales, la obra es una antología dividida en pequeños sketches que siguen bastante los códigos de los programas de humor televisivos. Quizás el más representativo de lo que es la obra en general sea el del director de cine hipócrita (desde un punto de vista estético, una suerte de parodia vulgar de Pedro Almodóvar). Se trata de un director de cine homosexual que filma una película sobre pueblos originarios y posa de progresista en público, cuando en realidad los odia y maltrata en privado. Hay otros similares en estructura: un cura villero que aparenta ser empático, pero en el fondo solo le interesa bajar línea; una familia italiana que parece contenta de reencontrarse con un pariente perdido, pero solo quiere estafarlo, y la lista podría seguir.
El de “Homo Argentum” es un humor sustentado en la burla de la otredad. La clave es la construcción de arquetipos exagerados e inverosímiles del otro (hombres de paja) para luego humillarlos. La risa tiene que ver con el desenmascaramiento de la hipocresía de cualquiera que haga (o intente) hacer el bien. A estas personas hay que mostrarlas siempre como falsas, es decir, que no se trata de atacar sus ideas o creencias, sino su carácter. El truco es mostrar que nadie que sea, por ejemplo, director de cine y que se preocupe por alguna causa social lo hace por convicción, sino por algún tipo de interés o para ganar prestigio. Acá hay una arista importante del humor argentum: la falta de imaginación política para defender una mirada del mundo, una opinión, un pensamiento.
Esa carencia de imaginación política se encubre desestimando la honestidad de quienes se arriesgan a soñar con otro mundo posible. En el fondo, es un humor de la resignación, de la impotencia, que como no puede cambiar el mundo decide reírse de aquellos que lo intentan, a quienes caricaturiza. En cuanto a la argentinidad, el film no acepta que haya un modelo del ser nacional que no comulgue con la misantropía y la indecencia como axiomas vitales, y por eso representa a todos aquellos que se desvían como falsos o cínicos.
De algún modo, el humor argentum necesita inventar estereotipos como estos porque no puede (quizá por pudor) reírse abiertamente de lo que quiere sin culpa. Para ser más claros: Cohn y Duprat quieren reírse de los curas villeros, de los directores de cine con consciencia social, de los putos y de las feministas, pero no se animan a hacerlo sin rodeos; por ende, deben primero construir un estereotipo de un director de cine puto que filma a los aborígenes que en secreto odia, para entonces, ahí sí, poder burlarse sin culpa. En esencia, el humor argentum actúa como fuerza normalizadora.
Curiosamente, un contrapunto interesante para pensar otros tipos de humor a lo largo del tiempo es el de Almodóvar, característico del retorno de España a la democracia. Es un humor plural y reflexivo, que pone el ojo en el yo en lugar del otro. El humor democrático o postdictatorial en España, por ponerle una etiqueta analítica, es el humor que se ríe de sí mismo. Por eso, implica un acto de introspección y una pérdida del ego que necesariamente traen tramas más complejas y, además, un efecto sanador.
Reírse de uno o de los que son como uno permite entender mejor a las personas. Explorándonos a nosotros mismos podemos encontrar algo de lo universal en lo personal. Almodóvar era un trolo que se movía en la escena under junto a otros trolos, travas y lesbianas, y por eso sus primeras películas son comedias que retratan con ironía los mundillos de trolos, putas, travas y lesbianas. De forma paradójica, hubiera estado más cerca Almodóvar de encontrar el gen español (si algo así existiera) filmando esos submundos marginales —pero reales— que Cohn y Duprat de encontrar el gen argentino haciendo lo que hicieron en Homo Argentum; es decir, filmando mundos ficticios llenos de arquetipos de la miserabilidad. No obstante, el valor de la obra de los prolíficos directores argentinos no está tanto en lo que quisieron hacer, sino en lo que efectivamente lograron: crear un producto que ejemplifica como ninguno la escala de la degradación del humor de esta era.




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