Festival de Cannes 2026: Crítica de “Fjord”, de Cristian Mungiu, ganadora de la Palma de Oro: La película que la izquierda odiará y la derecha malentenderá

Renate Reinsve y Sebastian Stan protagonizan este controvertido film que el sábado obtuvo el máximo premio de la edición 79 del principal festival del mundo, el segundo para el director rumano luego de la Palma para «4 meses, 3 semanas, 2 días» en 2018.

Por Miguel Ángel Leija Cruz, desde Cannes

¿Puede el cine atreverse a señalar los excesos de la izquierda con la misma valentía con que durante décadas ha señalado los de la derecha sin caer en una postura radical anti-derechos? Esta es la apuesta que Cristian Mungiu instala en el centro de «Fjord», su nueva película, y de las mejores que hemos visto en este Cannes 2026.

Nos encontramos con Mihai y Lisbet Gheorghiu, una pareja rumano-noruega que se instala con sus cinco hijos en un remoto pueblo del norte de Noruega, la tierra natal de ella. Su educación es estricta: oraciones diarias, sin videojuegos, sin YouTube, sin música moderna. Un día, una funcionaria escolar descubre heridas en el cuerpo de Elia, la hija mayor, y lo que pudo haber sido un malentendido (bien podrían ser marcas de las clases de lucha libre impartidas en el propio colegio) desencadena una maquinaria institucional imparable. Así, lo que inicia como una denuncia protocolar, se transforma en una pesadilla judicial que termina por arrancarle a la familia hasta al bebé que Lisbet aún amamanta.

Hay que decirlo desde el principio: «Fjord» es una película que ciertos sectores van a malinterpretar de manera deliberada, y eso es preocupante aunque seguro fue tomado en cuenta. A simple vista, la trama parece construida para defender a una familia evangelista ultraconservadora contra un Estado progresista (y en ese resumen superficial hay algo de verdad), pero quien llegue a esa conclusión sin más habrá perdido exactamente lo que Mungiu ofrece: una crítica tan despiadada hacia el fanatismo religioso como hacia la sobreactuación burocrática de las instituciones escandinavas. Nadie se salva. Ni los padres que imponen su fe con una rigidez que roza el abuso, ni el aparato estatal que necesita castigar para justificar su propia existencia. La película se burla de ambos extremos con una inteligencia que escasea en el cine contemporáneo, y el resultado es incómodo de la mejor manera posible: es una radiografía social a la que siempre se podrá volver para estudiar.

«Fjord» usa a una familia rumana en noruega como excusa para hablar de algo más fundamental: la imposibilidad de que cualquier institución humana (la iglesia, el Estado, la comunidad) administre la realidad con objetividad. Todo juicio pasa por individuos con sesgos, prejuicios y agendas propias. Todo el conflicto se desencadena cuando una maestra ve marcas en el cuerpo de una de las hijas. El proceso avanza sobre suposiciones, protocolos y formularios mientras las víctimas reales de todo esto, los propios hijos, nunca son preguntados directamente por dichas marcas.

Lo que hace que todo esto funcione con tanta precisión quirúrgica son dos cosas. La primera: la fotografía de Tudor Vladimir Panduru, que convierte los fiordos noruegos en algo que va mucho más allá de la postal turística. Cada toma de la naturaleza actúa como un contrapunto bien interesante frente al caos institucional que se desarrolla en primer plano: todo lo que vemos es una construcción social. Ningún discurso es objetivo, la naturaleza sí lo es.

La segunda: Sebastian Stan y Renate Reinsve, contenidos como pocas veces los hemos visto porque nos tienen acostumbrados a actuaciones al límite, construyen personajes complejos que nos generan empatía y distancia en proporciones iguales.

El final es de los que no se olvidan fácilmente. Hay algo en ese cierre que recuerda al desenlace de «Breaking the Waves», de Lars von Trier: esa sensación de que la verdad es algo completamente inalcanzable para el ser humano. Para eso sirve la utopía…

En conclusión, «Fjord» es la confirmación de que Mungiu sigue siendo uno de los cineastas más valientes e inteligentes de su generación: capaz de construir una película que nadie podrá reclamar completamente como suya, porque los ataca a todos por igual. En tiempos de trinchera desde el celular, eso es un acto político en sí mismo.

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