Crítica de “Proyecto Fin del Mundo”, de Phil Lord y Christopher Miller: Ciencia ficción luminosa en tiempos oscuros

La nueva película de los directores de «Lluvia de hamburguesas» (2009), «La gran aventura LEGO» (2014) y la saga de «Comando especial» (2012 y 2014) consiguió un poco frecuente consenso al recibir el apoyo de la crítica, los influencers y creadores de contenido cinéfilo, así como del público de todo el mundo.

Por Carlos Pineda

Basada en la novela homónima de Andy Weir, autor también de Misión Rescae / The Martian —que tuvo una muy buena adaptación dirigida por Ridley Scott—, llega ahora Proyecto Fin del Mundo / Project Hail Mary, esta vez en manos de Phil Lord y Christopher Miller, dueños de una carrera marcada por la comedia, justamente la vena que también atraviesa esta película.

Ryan Gosling parece la elección ideal para liderar esta aventura espacial. Un actor cada vez más alejado de los papeles taciturnos o sombríos, y más enfocado en explotar su simpatía y carisma, como ya vimos en Barbie y Profesión Peligro / The Fall Guy. El propio Gosling ha comentado que ya no acepta roles como los de Drive o Blade Runner 2049 por razones familiares, buscando mantenerse lejos de lugares oscuros. Y ese puede ser un punto central de Proyecto Fin del Mundo: su luminosidad.

Alguna vez escuché que los mejores documentales son las películas más comerciales, porque permiten observar el estado de la sociedad a través de lo que muestran. Y este parece ser un caso evidente. Uno de los comentarios que más se repite es: “esta es una película necesaria”. ¿Qué significa eso? Vivimos en un tiempo de desconexión y violencia instantánea amplificada por las redes sociales, donde una película tan didácticamente moralista alcanza este nivel de aclamación. Y eso resulta un poco triste, ¿no? Que sea tan visible esa necesidad… o más bien esa urgencia por conectar.

Proyecto Fin del Mundo es una película de ciencia ficción que bebe de 2001: odisea del espacio, pero… ¿qué película espacial no lo hace? El film de Stanley Kubrick es fundacional para cualquier obra del género. Desde la secuencia inicial, donde Ryan Gosling despierta de lo que parece un sueño inducido —de esos que en la ficción sirven para viajar largas distancias sin envejecer—, vemos la estética de la nave: un diseño retro en sus colores, en la ropa e incluso en las pantallas.

Como advierte la propia nave, o el software que la administra mientras los humanos duermen, es posible sufrir pérdida temporal de memoria al despertar. Y eso es exactamente lo que le ocurre a Ryland Grace, nuestro protagonista. A partir de ahí, mientras explora la nave, tendremos continuos flashbacks: recuerdos que emergen para explicar por qué está allí. El recurso por momentos se siente repetitivo o demasiado explicativo. Creo que, a partir de cómo actúa Grace, uno ya puede ir entendiendo su personalidad sin necesidad de tanta aclaración. Ahí se nos van unos 30 minutos de una película que dura dos horas y media.

Dentro de esos flashbacks aparece Sandra Hüller interpretando a una burócrata que lidera el proyecto Hail Mary. Tiene una de las escenas más bonitas de la cinta, una que quizá no suma demasiado más allá de recordarnos que incluso un personaje calculador puede tener corazón. La actuación de Hüller, como ya es costumbre, es impecable.

La verdadera conexión emocional de la película llega cuando Grace se cruza con una nave alienígena y con otro tripulante que, como él, también está solo. Sería una sorpresa si no apareciera ya en los tráilers. En ese momento, la película se transforma en una historia de compañeros, o como dirían algunos, en un “bromance”. Antes ya habíamos visto a Grace interactuar con un trapeador, en un guiño a otro náufrago célebre del cine: Tom Hanks con Wilson. Pero con la llegada de Rocky —como bautiza a su compañero de otra especie— todo cambia.

La influencia de La llegada / Arrival también se hace notar, y buena parte del metraje se centra en explicar cómo Grace y Rocky logran comunicarse. La fotografía corre a cargo de Greig Fraser, con un trabajo más que destacado. Sus antecedentes en Duna y The Batman hablan por sí solos. Es aquí donde la película encuentra sus momentos más divertidos, donde Gosling despliega mejor su carisma y donde la relación con Rocky funciona con mayor naturalidad. Sin embargo, también es la parte donde la película parece obsesionarse con deslumbrar visualmente, sin sumar demasiado más allá del espectáculo. Eso, sumado a los varios finales que parece tener, hace que el metraje se sienta un poco largo. Finalmente, Proyecto Fin del Mundo viene a decirnos que debemos ser empáticos por más diferentes que seamos. Si buscan una película sobre eso, quizá sea mejor volver a Enemigo mío, aquel film de1985 dirigido por Wolfgang Peterson con Dennis Quaid y Louis Gossett Jr.

Nos vemos en el cine.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑