Luego de su elogiado debut detrás de cámara con «La hija oscura» / «The Lost Daughter» (2021), la directora duplica la apuesta con un muy ambicioso regreso al universo de Mary Shelley.
Por Ariel Giniger
El doctor Henry Frankenstein, convencido por el doctor Pretorius y por El Monstruo —a quien conocemos comúnmente como Frankenstein—, se encuentra en un castillo abandonado a punto de darle vida a otro cuerpo, con el fin de que la famosa criatura tenga por fin su acompañante. «Le ponemos el corazón ahora», dice Henry, y Pretorius junto a sus secuaces obedecen. Órgano colocado y tormenta acechando. Los preparativos comienzan: los colaboradores en la terraza y los doctores en la sala disponen todo lo necesario para jugar a ser Dios. La tormenta estalla y con ella arranca el experimento: suben el cuerpo hacia la terraza con un pararrayos conectado, el rayo impacta y lo bajan de vuelta a la sala. «¡Está viva!«, exclama Pretorius, y no le falta razón. Frankenstein llega, la observa, se acerca y la reclama; pero la criatura, apenas lo ve, pega un grito. Los doctores la alejan y la calman, aunque Frankenstein insiste y la respuesta, lamentablemente, es la misma. Esto lo enfurece y decide —salvando primero a Henry— destruir el castillo entero.
Así transcurren los últimos diez minutos de La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935), de James Whale. Una Maggie Gyllenhaal ya adulta se encontró viendo el film y se preguntó qué tendría para decir. Así nació su película más reciente, ¡La Novia! (The Bride!).
El film cuenta con un elenco estelar: Jessie Buckley como La Novia, Christian Bale como Frankenstein, Jake Gyllenhaal como Ronnie Reed y Penélope Cruz como Myrna Malloy. La historia comienza con el fantasma de Mary Shelley —autora de Frankenstein— apoderándose de una chica llamada Ida, mientras se despliega un divertido juego entre su nombre y el del mafioso villano «Lupino», guiño a la célebre actriz y directora. De allí nos trasladamos a Chicago, donde conocemos a Frankenstein, que nos pedirá que lo llamemos Frank. Este se encuentra en el consultorio de la doctora Cornelia Euphronious, a quien le solicita que le cree una pareja. Ella se niega en un principio, pero al ver la soledad en que vive el famoso monstruo, accede, y juntos dan vida a La Novia. Una vez «nacida», ella y Frank comienzan a conocerse, y una noche, a las afueras de un boliche, él le salva la vida. A partir de ese momento, emprenden juntos una aventura al más puro estilo Bonnie and Clyde, huyendo de una pareja de policías y de un mafioso con cuentas pendientes, mientras La Novia recorre su propio camino tratando de descubrir qué quiere y, por sobre todas las cosas, quién es.
Maggie Gyllenhaal se muestra demasiado ambiciosa en su manejo de los géneros, saltando de uno a otro de forma constante. El terror fantástico aparece con el fantasma de Mary Shelley; la comedia screwball, en la manera en que Frank se relaciona con La Novia y percibe el mundo; el policial, en el dúo conformado por los personajes de Penélope Cruz y Peter Sarsgaard; y el drama político-feminista, en el movimiento que inicia La Novia entre las mujeres contra sus abusadores, con Lupino como principal blanco. Si bien todo esto puede resultar valioso o incluso entretenido, la película nunca logra encontrar su eje ni su esencia: el cambio permanente de registro impide que cualquiera de estos géneros se desarrolle o profundice como merece.
Con todo, hay destellos que demuestran el potencial desperdiciado, como la presentación de los policías o la notable escena dentro del salón de baile. Lamentablemente, estas ideas van decayendo a lo largo del film, lo que no hace más que sumar a la decepción general.
La película propone también otros juegos de interés parcial. Uno de ellos es el vínculo entre el cine y su espectador, explorado a través de Frank y su relación con el cine —tanto como espacio físico como experiencia fílmica— y con sus estrellas, Ronnie Reed en particular, en las cuales él se irá transformando a medida que las contempla. A lo largo de la historia, Frank irá ocupando lugar en la pantalla en múltiples momentos, aunque no todos con el mismo peso: al principio se limita a imitar a quien admira y ve cómo un ser feliz y resuelto, pero luego será su propia vida y su historia de amor las que acaparen el relato.
Otro juego es el de la voz y la identidad, tanto de Ida como de Mary Shelley. A lo largo de la película, esta última aparece como una especie de Tourette en medio de las palabras de Ida, apoderándose casi por completo de ella para enunciar las supuestas grandes verdades e incomodidades que nadie quiere decir. Este recurso, sin embargo, nunca termina de estar bien resuelto: no logra tener un impacto real ni en Ida ni en su relación con Frankenstein, y donde sí consigue mayor influencia —en el vínculo de Ida con el policía y con el movimiento feminista que se gesta—, la conexión resulta completamente superficial, ya que en ningún momento interviene en el desenlace de esos personajes.
La película sostiene, en cambio, varios puntos muy sólidos. Las actuaciones son uno de ellos: Christian Bale construye un Frank entrañable que logra meternos en la historia incluso en su primera parte, donde el manejo de cámara y encuadre parecen deliberadamente destinados a repeler al espectador. Jake Gyllenhaal, hermano menor de la directora, suma una actuación impresionante a su repertorio: en un papel secundario, consigue ser a la vez divertido e hipnótico. En definitiva, Maggie Gyllenhaal continúa el camino trazado por La hija oscura / The Lost Daughter con una película que, pese a sus ideas y propuestas genuinamente interesantes, termina tan perdida como su protagonista.




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