BAFICI 2026: Mi diario del festival

Cinco películas, cinco días, tres sedes, el doble de colectivos. Los siguientes textos conforman un recorrido personal y crítico por el BAFICI 2026 y nacen de notas hechas en el teléfono celular en el momento en que se vieron los films, reunidos y ordenados de forma cronológica.

Por Olga Gutiérrez

Lunes 20 de abril

No sé cuánto tiene de BAFICI ni de cine independiente, pero Jorgito Porcel está dos metros a mi izquierda. Por un momento se me cruzó la idea de preguntarle a qué película vino, pero nos quedaremos con la duda.

Llovió todo el día, desde las 6:35 que salí de casa para tomar el 44 hasta ahora que son casi las 18 y estoy en el Teatro San Martín esperando para ingresar a la sala Lugones para ver Hem.

Desde la sala se escucha que sigue lloviendo. Tengo sueño y frío y la necesidad de que la película que debe empezar en cinco minutos redima este día destinado al fracaso. Ese es mi ánimo, podría levantarme e irme, pero si no lo hago es porque no quiero molestar al hombre de traje gris que desplegó un escritorio en el último banco de la fila: tiene apuntes sobre una mochila en su falda y parece corregirlos. Parece aprovechar el tiempo debajo de la línea de luz que atraviesa la sala. Es de esas personas que saben aprovechar los recursos.

El presentador anuncia que, luego de la proyección, estará presente el director —que averiguaré más tarde, en el colectivo 8—: se trata de György Pálfi, cineasta húngaro, autor de Hukkle (2002), Taxidermia (2006) y La voz de su maestro (2019), películas que se proyectaron en el festival en el marco de una retrospectiva.

En el inicio, el origen de todo: un primerísimo primer plano de un huevo saliendo, llegando al mundo de los humanos y de sus máquinas. Después del huevo, la gallina, protagonista de esta película que terminaría en la olla de una esposa griega, pero esta gallina es Tom Cruise en Misión: Imposible o Naomi Watt en Lo imposible. Y la repetición no fue intencional. Pensé primero en las acciones y luego caí en la cuenta de los títulos. La gallina vivirá en el imposible mundo de los humanos.

Esta gallina corre tan rápido como sus patas anisodáctilas se lo permiten. No vuela, pero no teme soltar desde el techo de una estación de servicio. ¿Cómo llegó ahí? Esa no es la pregunta. Come lo que encuentra: en la ruta, en la tierra, entre manifestantes y el cordón de policía. Esta gallina no vio Tiempos Modernos pero corre, corre como Chaplin.

Desde su punto de vista podemos ver pastos verdes, un detergente derramado, un zorro agazapado. Y cuando la gallina quiere lo que quiere, ahí es Ethan Hunt: trepa por árboles, camina por angostos tirantes, se escapa por respiraderos, se esconde en las astas de un ventilador apagado. Desde arriba, con sus ojos, vemos personas adultas y niños que dicen tener hambre. Están sentados, uno pegado a otro en la oscuridad, con un haz de luz que llega de afuera. Pero un momento el alboroto despierta a otros humanos que corren por una galería y abren la puerta y escuchan sobre el hambre y vemos a un niño con un huevo en la boca y la gallina que corre. Frena y mira. No tiene lo que quiere.

Amanecemos con la gallina que camina por un tirante. La gallina no ve que llegó la policía. No ve que debajo de ella una hilera de personas caminan con las manos levantadas. Sigue caminando, llega al corral de las cabras, alcanza la rama, cruza el cajón de cervezas y llega a donde el gallo. Y la danza se renueva. Es nuestra historia de amor. Son esos ojos rojos que se ven. Son esas plumas que se enrostran. ¿Y qué tanto sabe la gallina sobre lo que quiere? Leo la historia de la gallina y el gallo desde mi fase folicular. Y lo que para mí no es, no está siendo aún, y no sé si será, quiero que sea para la gallina porque no debería ser tan difícil cuidar tus huevos, escuchar el crack milagroso, ver las plumitas salir. 

Hacía el final de la película la vemos a nuestra heroína recorrer la casa y dar pequeños picotazos, pero… ¿una gallina picotea con la misma intención una mano inerte, un portarretrato con fotos viejas, un huevo, un plato con restos de comida?

Al finalizar la proyección, se presenta el director, que es ovacionado. Cada intervención del público comienza con sus respectivas felicitaciones y expresiones de admiración. A través del intercambio con quienes se animaron a hacer preguntas, nos enteramos, para asombro general, de que no hay ni un solo plano improvisado y de que, sin intervención de IA, lograron plasmar exactamente lo que habían concebido gracias a la participación de ocho gallinas y al trabajo de un coordinador de animales.

Salimos de la sala el Bolero de Ravel y yo. Googleo antes de olvidarme el epígrafe del inicio. Es un haiku que dice:

Es de rocío
el mundo de rocío
y sin embargo…


Afuera sigue lloviendo, pero por suerte la parada del 8 está a dos cuadras. Nada de esto es grave. Pero pienso en las historias en paralelo de las que escribí poco: la historia de inmigrantes que intentan sobrevivir. La historia del viejo que intenta escapar de su propia historia, pero estamos en Grecia y el pasado sigue sus propias reglas.

Recuerdo Matadero Cinco, la novela que Kurt Vonnegut tuvo 20 años en su cabeza antes de encontrar la forma de contar la tragedia de Dresde. Su protagonista, Billy Pilgrim, no dice nada luego del bombardeo. Solo escucha a las aves. ¿Y qué dicen?

-¿Pío, pío, pío?

Martes 21 de abril

Cuando salí a la calle, llovía. Tomé el 44 en la parada de siempre, a 50 metros de mi casa. Pero el 44 siguió por Rivadavia en lugar de doblar por Morelos. “Con la lluvia todo puede pasar”, me dijo el chofer. No supe por qué el cambio de ruta, pero quedé con el presagio.

En los auriculares sonaba Eu Sou Lia Minha Ciranda Preta Cirandeira porque al mal tiempo y a la mala cara, escuchar ciranda:

Eu sou Lia da beira do mar
Morena queimada do sal e do sol
Da ilha de Itamaraca


Al mediodía, un sol tibio había aparecido. Comenzaba a hacer calorcito. En el almuerzo, una colega nos recordó la poesía de Prevert en la que el obrero ante la puerta de la fábrica nota la belleza del día y se pregunta si no sería una burrada regalárselo al patrón. Lo es.

Llegué a la sala 2 de Cinépolis Plaza Houssay con dos minutos de sobra para ver Sciatunostro, de Leandro Picarella, en su premiere latinoamericana y que participa en la Competencia Internacional. La sala está llena. Mientras me acomodo, repaso las visitas a las casas que hicimos. Pensé en lo insensible y volátil que es el mundo de las inmobiliarias. En la carrera de obstáculos que supone caminar por las veredas de Av. Córdoba, en la hora que dimos vueltas para no conseguir estacionamiento, en las vallas y la basura que no vimos en Coghlan, en el silencio que había en Coghlan, en el patrón de la poesía que viviría en Coghlan. En el cura que crucé. Un cura al estilo de Fleabag. En el presagio del chofer.

El presentador anuncia que estará el director y dice que la película es de las más lindas del festival. Comienza con este epígrafe: “Quedemos a la sombra, hay demasiado sol”. Al segundo, un plano general del mar.

La película es un viaje nostálgico y luminoso por Sicilia, la infancia y lo que ya pasó. Acompañamos a dos amigos, Ettore y Giovani, que estiran sus tardes lejos de los turistas. También aparece Pino Sorrentino, un vecino del lugar, cuyo archivo personal —fotografías y videos ordenados por años y estaciones— le da espesor al relato al conectar la memoria íntima con la colectiva.

Las calles se vuelven protagonistas: el verano es, ante todo, el afuera. En ellas vemos a Ettore y Giovani jugar, y, en un gesto de montaje, esas mismas calles se abren a otras capas del tiempo: aparecen los registros de Pino, donde otros niños juegan, otros adultos bailan, en otros veranos. El espacio se repite, pero los cuerpos cambian; la calle funciona como un puente donde distintas épocas se superponen y dialogan. Pero Pino no es solo archivo: en la película también se integra al presente, sumándose a la historia de los amigos. La música, compuesta por el propio director, recupera canciones populares de veranos pasados, muchas de ellas presentes en las grabaciones de Pino.

Una vez finalizada la proyección, el director se presentó ante el público, que también lo ovacionó. Contó que es una película que quiso hacer para sí mismo. Que, al descubrir el archivo de Pino, no solo reconoció su valor estético, sino que también volvió sobre su propia vida: se reconoce en quien registra, en quien se va, en quien intenta suspender el tiempo.

Cuando salgo, salgo al ruido soleado. Un policía tiene un pibe de no más de 15 años demorado. En la parada del 132 hay una fila de 10 personas. A kilómetros de distancia, hay mundos con árboles y con mar. En mi bolsillo, un ticket de Sciatunostro que alguien había tirado en la sala.

Miércoles 22 de abril

Crucé miradas con un perro de hocico canoso. En sus ojitos noté un poco de vergüenza y otro poco de resignación. Llevaba un chalequito rosa, con flores violetas. Sé que en otra vida había corrido autos sobre calle de tierra, o masticado huesos a la vuelta de una parrilla o caminado cuadras y cuadras con su jauría o mordido tobillos a incautos motociclistas. Pero aquí estamos. A metros de Cine Arte Cacodelphia, con el Obelisco de fondo. Su humana lo llamó: “¡Roque!”. Le di una última caricia y lo dejé seguir con sus pasitos lentos y torciditos a la derecha.

La ópera prima de Simón Vélez, Piedras preciosas, comenzó a las 18:50 con la mitad de la sala cubierta. Las butacas son altas, podés tener diez años y mover los piecitos como tu yo que pedía helado de crema del cielo.

El plano inicial muestra de manera general un campo que está siendo trabajado. Una cámara fija sigue al tractor hasta llegar a la calle y esperar a un hombre que carga sobre su hombro un balde que le pesa: lo vemos en la fatiga de su rostro. Se trata de Machado, el protagonista de este heist film contemplativo y, como lo anticipa el título, preciosista.

El protagonista avanza en la acción a pasos lentos, practica Tai chi, siente las flores, dibuja aves. Lo vemos en planos que se acercan a las pinturas de Georges Seurat y, aunque el mundo de las piedras preciosas parece ser igual de pesado que el de Diamantes en bruto, se ubica en las las antípodas del ritmo frenético de Josh y Benny Safdie.

La trama se desarrolla con planos sostenidos en la naturaleza o en la máquina. Y en el medio las personas. Así contemplamos desde árboles, nubes, pájaros, arroyos, caminos arbolados, mercados a cielo abierto, cajeros automáticos, destornillador, tijeras. Las personas en roles marcados por el mundo del trabajo: carnicero, policía, peluquero, barbero, moza, piloto, vendedor ambulante, joyero, un cura, dos curas. Pero el hábito no hace al monje, Roque. Si vieras la película lo entenderías.

Jueves 23 de abril

En 1964 se publicó la novela de Clarice Lispector, La pasión según G.H. La protagonista, G.H, perteneciente a una clase social alta, entra a limpiar una habitación y se encuentra con una cucaracha que desencadena un trance existencialista entre lo grotesco e incómodo.

La pasión según G.H.B, de Vinícius Couto y Gustavo Vinagre, cumple en el efecto incómodo. Sobre todo si te acercás, como yo, a la película sin mucha más información que la referencia a la novela. La película dialoga con el libro en una adaptación queer y libre, tan libre y explícita como se pueda en un departamento de São Paulo.

Está compuesta en tres partes: la primera, en la que el protagonista, Matías, es el anfitrión de un encuentro de chemsex. Término que googleé en el 132, mientras volvía, y trataba de pensar en lo que había visto, salir del asombro y desterrar mi lado naif o pacato. Chemsex es el uso intencional de drogas químicas para intensificar los encuentros sexuales grupales. Sin embargo, notamos a los minutos que los tabúes se trastocan. Lo que es moneda corriente en el cine mainstream, como el consumo de drogas ilícitas, totalmente legitimado, acá es invisibilizado y puesto como artificio. Y se muestra, en cambio, con naturalidad el sexo entre hombres. Considero que esta es la apuesta más provocadora y valiosa de la película pero supongo que es mejor el efecto si el espectador está avisado. El postporno no es para todos, creo. Esto explicaría porqué muchos espectadores, sobre todo mujeres, se levantaron y se fueron a mitad de la función.

En uno de los momentos más grotescos de la película, mientras el encuentro sexual se desarrollaba, uno de los personajes lee La pasión según GH: “El infierno es la boca que come y muerde”.

La segunda parte es el aporte de realismo mágico y el enlace más directo al texto de Lispector. Matías, dialoga con G.H. que lo escucha primero cual psicoanalista. Es el hallazgo de la cucaracha, la caída, el bajón, la contracara de la soledad. Escuchamos sobre la dificultad de sostener la amistad, para amar, para sentirse amados.

En la tercera parte aparece el testimonio real de Jessé, un joven que atravesó prácticas de chemsex y cuyo relato expone las idas y vueltas del consumo, la oscuridad y el impacto en su salud.

Ya en el 132, mientras buscaba información sobre lo que acababa de ver, una señora reparte unos papeles. Me saco los auriculares para escuchar de qué se trata.

—Es una parte de la Biblia, ¿la querés?
—…
—Gracias, Dios te ama.


Y no digo que esto signifique nada. Una atea como yo no podría sugerirlo. Pero tampoco voy a negar que, a veces, los movimientos de la vida tienen un sentido del humor bastante preciso.

Viernes 24 de abril

Es viernes y Obsoletos (Sobre ruinas y vestigios), de Cristian Pauls, no lo sabe. Pero quizás solo se trate de mi incapacidad para lidiar con, lo que creo, la nostalgia porque sí. Asistí a la función de las 16.10 en el Cine Arte Cacodelphia, sabía que de vuelta podía jugar a mover los pies como una niña, pero solo quise salir y pensar en el futuro para combatir la tristeza.

No pude dejar de ver el documental como un largo ejercicio de superposición de imágenes, a veces con intención, a veces solo por el azar, acompañados de intertextos que recrean el “Me acuerdo” de Perec y acertijos que aparecen casi por capricho.

La memoria puede ser destapar una caja de zapatos y pasar fotos, tomar imágenes de lugares que alguna vez significaron algo para nosotros pero que ahora son “ruinas”. Supongo que el desafío del arte es hacer que le importe o conmueva a otro.

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