A 25 años de su estreno original, el retrato sobre Jim Morrison sigue luciendo como una auténtica rareza entre tantos retratos banales, superficiales y condescendientes sobre estrellas de la música.
Por Santiago González
Resulta un ejercicio un tanto divertido e interesante comparar esta biopic de Jim Morrison, estrenada en 1991, con los actuales retratos de estrellas musicales que siguen la estela de Bohemian Rhapsody: La historia de Freddie Mercury (2018), de Bryan Singer), más ancladas en ser un recuento de datos de Wikipedia, con conflictos alrededor de la familia, pocos hallazgos visuales y, sobre todo, condescendientes para con sus figuras, como si fueran fans haciendo cine para fans como demuestran Quiero bailar con alguien: La historia de Whitney Houston (2022), de Kasi Lemmons; Bob Marley: La leyenda (2024), de Reinaldo Marcus Green);y la flamante Michael, de Antoine Fuqua. Podría decirse que se trata de un un cine que no corre riesgos, aunque por supuesto hay algunas excepciones como Better Man: La historia de Robbie Williams (2024), de Michael Gracey, en el que el cantante pop británicos es interpretado por… un mono (digitalizado).
The Doors fue dirigida por Oliver Stone, quien venía de filmar Pelotón (1986), Wall Street (1987) y estrenaría JFK también en 1991. Contó con una estrella en ascenso como Val Kilmer, cuyo parentesco con Jim Morrison es impresionante, quien le otorga intensidad, inocencia y locura a un personaje embullido por la época.
La película se llama The Doors, pero para el director Morrison era la banda; por eso, el resto de los actores que interpretan a sus compañeros musicales (los cuales también aportaron al sonido emblemático quedan desdibujados) quedan bastante desdibujados. Una pena porque entre ellos están Kyle MacLachlan como Ray Manzarek y Kevin Dillon como John Densmore. Stone prefiere enfocarse en cómo su Morrison se entrega con placer a los excesos y en la relación tóxica con su pareja Pamela Courson, interpretada por Meg Ryan, la novia de América que acá es el reverso de esa imagen, un personaje utilizado y maltratado por su novio.
La imagen de Morrison dista de ser atractiva para los fans del músico y el público casual. No hay un conflicto con la familia (apenas es mencionada) ni tampoco hay redención posible. El retrato del cantante es el de un personaje pretencioso, un idiota, pero también un poeta maldito que buscaba, mediante el arte del performance, la revolución del público sin medir consecuencias.
Stone entrega secuencias inolvidables: Desde aquella primera incursión de The End ante un público que no comprendía esa canción, hasta el montaje que muestra el éxito de Light my Fire y el escándalo con Ed Sullivan al negarse a cambiar la frase “I get high”. Pero, ante todo, es una película dinámica gracias a la música de la banda (una verdadera aplanadora de hits), la recreación de una época y el compromiso de los actores con la tónica del material. Así, volver a ver The Doors en una pantalla grande se siente como una anomalía en esta época de biopics sin riesgo.




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