Este film del argentino Matías Szulanski, uno de los tres suyos que se proyectaron en esta edición del BAFICI, tiene una manufactura bastante simple pero efectiva, fue rodado en blanco y negro, y emula al cine de Eric Rohmer en un metraje de menos de 80 minutos. Así como al director al que hace referencia, explora la relación entre tres jóvenes argentinos de una manera bastante cotidiana y graciosa.
Por Mariano Viza T.
En La amiga de mi amigo seguimos a Juan, que ha vuelto de España a la Argentina y se queda en casa de su amiga Laura, de quien está enamorado. Por azares del destino, se cruzan con la particular Paula, que gusta de Juan, pero pone celosa a Laura. Es así como se desata un juego de idas y venidas, de celos y de situaciones incómodas donde los personajes, en lugar de decir, callan. Lo que propone Szulanski no es entonces una comedia cualquiera —si es que se le quiere encasillar en un género—, sino mostrar cómo son las complejas relaciones entre las personas.
No es gratuito el uso del título, que busca hacer referencia al cineasta francés Éric Rohmer y su película L’ami de mon amie (El amigo de mi amiga, 1987), donde se forma un intercambio de parejas entre conocidos que empieza como una aventura prohibida llena de deseo y pasión, con un final cómico donde todo lo negativo no era tan malo ni incorrecto, dentro de todo. Es en su cine que seguimos a jóvenes de unos 30 años deambulando por la ciudad, acompañados de paisajes bellísimos, mientras se enamoran o cuestionan sus sentimientos.
Acá, por el contrario, los seguimos por las calles en planos que parecieran repetirse y que nunca terminan porque solo caminan y caminan, en el transporte público y hasta en el cine. Pero es ahí donde mayor valor se encuentra. Szulanski los muestra como seres tímidos y toscos que simplemente dicen lo que piensan, pero nunca se retractan de ello. Mentir es una opción bastante más cómoda que decir la verdad, y en ese juego todo resulta como una danza donde los pasos que se dan se repetirán en algún momento.
No importa tanto cómo termina el vínculo de estos tres personajes, ni qué tan fidedigno a la realidad puede ser. Importa más bien verlos atravesar este camino de mentiras, silencios y vergüenzas, mientras rondan espacios comunes, se cruzan con la gente y de vez en cuando se vuelven algo toscos. El uso de la música y la decisión de romper la propuesta en blanco y negro con el uso de una handycam a color o las cámaras de seguridad proponen que, en la realidad misma, una aventura así podría suceder.




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