Tras su paso por el Festival de Rotterdam, tuvo su estreno americano en el BAFICI este audaz film brasileño que explora el consumo de drogas y el sexo casual en la comunidad gay, a partir de la novela «A paixão segundo G.H.», publicada en 1964 por Clarice Lispector.
Por Franco Révora
Son las 23 de un día de semana en el Cinépolis de Recoleta. Se proyecta una película sobre una interpretación queer de la canónica novela de Clarice Lispector, A paixão segundo G.H.B. (La pasión según G.H.B.), a sala casi llena. Una situación que solo puede brindar el BAFICI: un film pequeñísimo de Brasil encuentra una audiencia en un festival de esta alcurnia. Un largometraje en el que, según advierte el codirector Gustavo Vinagre en la presentación del mismo, tiene escenas de sexo explícito. También, señala que se hizo con mucha pasión y amor.
A paixão segundo G.H.B., película proyectada anteriormente en el Festival de Rotterdam, integra la sección Pasiones del BAFICI, marco en el cual tuvo su estreno Latinoamericano. Protagonizada por Vinicius Couto, quien también codirige junto a Vinagre, transcurre íntegramente en la habitación de un departamento en Sao Paulo.
Matías, el protagonista, acuerda una cita exprés a través de la aplicación de citas gay Grindr. Rápidamente, se asienta el eje de la película: la cultura del sexo casual y, particularmente, el chemsex, práctica sexual de gran avance en las últimas décadas en la comunidad gay que consiste en forjar encuentros sexuales motorizados por drogas sintéticas estimulantes. De ahí el nombre de la película, por el G.H.B. (ácido gamma-hidroxibutírico), droga conocida como el éxtasis líquido, que produce desinhibición y euforia.
El listado de drogas que hace el protagonista frente a su cita, describiendo su experiencia en la práctica del chemsex, es vasta: popper, MDMA y 3-MMC, que Matías destaca haber conseguido en Portugal, donde vive la mayor parte del tiempo, y metanfetaminas, a las cuales se refieren como ‘tina’. A través del largo diálogo que mantienen, se genera una intimidad rápida entre los personajes y para con el espectador. Este funciona como un buen vector para insertar el prisma desde donde se ubica el film. Se conocen, hablan por primera vez, se comentan que son VIH positivo dada su vida sexual desprovista de cuidado, se drogan con G.H.B. y 3-MMC, tienen sexo, invitan a otra persona vía Grindr, tienen más sexo, se drogan nuevamente, todo en el transcurso de una tarde hasta altas horas de la noche.
Las escenas con drogas y las de, sí, sexo muy explícito, funcionan como contrapeso entre sí. El film decide, de alguna manera, censurar el consumo de drogas, con los actores haciendo mímicas de los momentos de consumo sin utilería real (arman líneas de cocaína invisibles en un plato o pretenden mezclar G.H.B. con agua en un vaso), mientras que el sexo es mostrado en primer plano, con orales, penetración y eyaculaciones en plena pantalla grande. Este doble juego de censura y exposición es una decisión interesante que se ve algo perjudicada por la longitud y, por momentos, inconducencia de ciertos encuentros sexuales. La escala íntima está bien construída y sostenida, con largas escenas filmadas con cámara en mano, pero sufre en gran medida de reiteraciones y momentos de chatura, como así también de errores amateurs no forzados, con varias miradas a cámara por parte de los actores.
De todos modos, logra a través de un relato pequeño, con una sola locación y con pocos actores en escena, un buen ritmo y algunas actuaciones correctas, comandadas por Cuoto que hace un gran trabajo liderando el elenco y mostrando un profesionalismo superior al de sus pares, con dialogos robustos y varias capas que le dan profundiadad. La superficie de la película son los encuentros casuales de chemsex, pero lo que se expone son múltiples aristas sobre el consumo de estupefacientes en la comunidad gay, la relación con el sexo, la forma de atravesar estas experiencias en la vida cotidiana, los riesgos de la misma, la marginalidad, la soledad y la muerte.




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