BAFICI 2026: Crítica de “Gente de la ruta”, película de Lucas Koziarski (Competencia Argentina)

La ópera prima de Koziarski (re)construye un universo femenino que tiene como telón de fondo una violencia ubicua y difusa. Con las armas nobles de un cine artesanal, el film demuestra que es posible hacer frente a las armas de destrucción masiva del cine industrial si hay algo importante que contar.

Por Sebastián Mateo

La historia tiene lugar a la vera de una ruta en la ciudad de Oberá: literalmente en los márgenes, en los intersticios que median entre la urbanidad y la ruralidad. Como toda historia que ocurre en las fronteras entre un mundo y otro, Gente de la ruta es una película de dualidades: el día y la noche, el pasado y el presente, la luz y la oscuridad.

Los personajes —esa gente de la ruta que vamos conociendo poco a poco— tienen un pie acá y otro allá. Gladys, la protagonista, deja atrás un pasado de violencia doméstica en Buenos Aires para aventurarse a un exilio junto a sus dos hijos en la precaria casa de su prima «del corazón». Con una mirada que solo alguien que ha dialogado con ese mundo puede tener, en todo el sentido de la expresión, Lucas Koziarski teje los hilos de un universo femenino que oscila entre la complicidad matriarcal de los días y la amenaza patriarcal latente de las noches.

En una película que trabaja sobre la violencia machista, casi no aparecen personajes masculinos, lo que refuerza el estado de alarma permanente. Sin enemigos encarnados en actores puntuales, los peligros están fuera de campo: en cualquier parte o, mejor dicho, en todas partes. De día, el sol de Oberá es una invitación al chisme, a la juntada de mate, a la construcción de un relato común sobre las dichas y las desdichas. Las noches, por el contrario, son de los monstruos, aunque no los veamos.

Quien lea estas líneas puede pensar que Gente de la ruta es una película sufriente, una historia del y para el dolor. Pues nada más lejos de ello. Se trata de un conjunto de personajes adorables, desfachatados, que construyen un orden en el medio del caos, que se ríen y nos hacen reír, que nos recuerdan que es tan cierto eso de que el mundo es un lugar horrible como también todo lo contrario.

En un barrio donde nunca se cambian los focos de las luminarias que se queman, la única forma de echar luz sobre ciertas cosas que le pasan a la gente de la ruta es no dejando que mueran los relatos. En la sala 2 del cine Cacodelphia y en el marco del BAFICI, al terminar la proyección, una chica le pregunta (más bien, le comenta) al director: «Al final, parece que todo termina de la peor manera que puede terminar». La respuesta fue extensa, pero la versión corta y parafraseada alcanza para cerrar esta reseña: la realidad es la que es, pero si la contamos, ya estamos haciendo algo para que cambie.

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