Crítica de “La chimera”, de Alice Rohrwacher: El fin de una era

La directora de «Corpo celeste», «Las maravillas» y «Lazzaro felice» bucea en el pasado para analizar el presente y construye un film que en varios sentidos parece el cierre de una etapa en su cine.

Por Alejandro Pereyra

“Cosas que ya han sido vistas por muchos ojos”, le dice Arthur (Josh O ´Connor) a Italia (Carol Duarte) cuando ella le pregunta por esas vasijas y utensilios rotos que amontona en la humilde casilla donde pernocta. Uno podría pensar que se encuentra ante una premisa opuesta a la famosa consigna herzogiana según la cual habría que cavar un pozo muy profundo o ir hasta zonas abisales del océano para encontrar una imagen nueva, primigenia, no contaminada; que se trata aquí de ponderar o redescubrir aquello que la humanidad ha valorado una y otra vez, o de extasiarse ante la belleza del tiempo acumulado en los objetos. Pero estamos ante algo más sutil.

La mirada “arqueológica” de Alice Rohrwacher pretende articular en la puesta en escena esos momentos en los cuales el devenir humano tuerce su rumbo hasta al punto de sabotear su condición de tal (resulta interesante, en este aspecto, confrontar esta sutileza con la arbitrariedad catártica de Quentin Tarantino acribillando a Hitler o salvando a Sharon Tate, por ejemplo).

En una de las escenas siguientes, Italia se reirá al ver cómo la bifurcación (y elijo la palabra exprofeso) de dos ramas de un arbolito “parece una persona plantada boca abajo”, como si la figura del ser humano invertido fuera la consecuencia de un desvío olvidado. Más adelante, una turista francesa, Melodie (Lou Roy-Lecollinet), al percibir que su pretendiente italiano ha dejado de escucharla, mira a cámara —lo que implica un acoplamiento de la voz de la directora con la del personaje— para decir: “Es como dice mi tía: tal vez si los etruscos todavía estuvieran aquí no habría tanto machismo en Italia”. Rohrwacher intenta siempre volver a esos puntos de las relaciones humanas o de la historia en los cuales un malentendido ha crecido hasta taparlo todo. Aunque haya puntos que ya no puedan ser revisitados.

Las experiencias comunitarias, la relación hombre-mujer, una idea de familia que cuestiona las jerarquías, responsabilidades y posesiones, la espiritualidad que se institucionaliza antes de llegar a ser y las injusticias de la sociedad capitalista son algunos de los temas que intenta poner en escena Rohrwacher, esos puntos donde su idea de humanismo le hace suponer que un camino se ha perdido. A grandes rasgos, en «Corpo celeste» (2011) el nudo del conflicto es el momento en que una niña empieza a hacerse mujer y se topa con la moneda falsa de la religión; en «Las maravillas» / «Le maraviglie» (2014), la relación entre las ideas de familia y comunidad se desperdiga en sus contradicciones; en «Lazzaro felice» (2018), Rohrwacher establece la mayor distancia para ilustrar estos conflictos mediante el personaje de Lazzaro, un joven de una inocencia y una bondad a prueba de cualquier contaminación; en el otro extremo, la iniquidad rural del medioevo evoluciona hacia la dinámica cruel de la sociedad urbana capitalista.

En el inicio de «La chimera», Arthur vuelve a la campiña toscana melancolizado, sucio, desentendido de su ser, su salud, su alimentación. Es un muerto buscando una tumba, parece sugerir Rohrwacher. La banda de tombaroli, esos ladrones de tesoros funerarios que se han aprovechado —en un pasado impreciso— del don del inglés para encontrar antiguos sepulcros, lo intercepta apenas baja del tren e intenta convencerlo de volver a las andadas y venderle lo usurpado a Espartaco, un comerciante inescrupuloso que falsifica los documentos de los objetos para revenderlos a coleccionistas. Pero Arthur sólo piensa en su amada Beniamina (Yile Yara Vianelo, aquella púber de «Corpo celeste», ahora mujer) y sueña con ella. Para evocarla un poco, visita a la madre de Beniamina, Flora (Isabella Rossellini), quien está en silla de ruedas y vive en una casa antigua, majestuosa pero descuidada. Cada tanto, Flora recibe la visita de sus muchas hijas, múltiples avatares de posibles identidades femeninas que ni siquiera se sacan el abrigo mientras visitan a su madre. Allí Arthur se topa con Italia, una mujer joven (personaje que se nos presenta enfrentado al de Beniamina, ya sea por real, presente o viva) a quien Flora enseña canto a cambio de encargarse de las tareas domésticas.

El cine de Rohrwacher no es melancólico, aunque ponga su ojo de documentalista en las ruinas y los objetos del pasado, aunque insista en usar fílmico —ese notorio grano del súper 16mm ampliado a 35mm— y visite cierta mirada neorrealista. Desde la puesta de cámara, la directora apunta hacia el lado contrario de la mayoría de sus colegas nacionales, empeñados en imitar una filmografía internacional determinada por la injerencia de la industria norteamericana o las plataformas más comerciales. Si esta fiesolana, hija de padre alemán y madre italiana, mira hacia el pasado del cine de Italia, es hacia esos momentos en los cuales algunas iniciativas se desviaron o se desperdigaron en la nada. De allí la mirada que algunos calificarían de neorrealista, de allí Pier Paolo Pasolini. Cuando Arthur corre a recriminarle a sus amigos tombaroli porque supone le han robado algunos tesoros que escondía, el registro de su corrida en cámara acelerada recuerda al personaje del maravilloso cortometraje de Pasolini, «La ricotta», del film colectivo «Rogopag» (1963, codirigido con Roberto Rossellini, Jean-Luc Godard y Ugo Gregoretti,). También el protagonista de «Lazzaro felice» parece inspirado en la destacada inocencia y pureza de los personajes interpretados por Nineto Davoli en «Uccellacci e uccellini» («Pajaritos y pajarracos», 1966), «El Decamerón» (1971), «I Racconti di Canterbury» («Los cuentos de Canterbury», 1972), entre otros.

Formalmente, Rohrwacher no estiliza su mirada, los planos no se subsumen a una composición fuerte o demasiado expresiva y suelen agotar su sentido antes del corte; sólo en momentos privilegiados el significado estalla en el plano siguiente. Hay algo de Rossellini en la utilización de no actores, pero también en esa simpleza del encuadre que favorece la emergencia de sentidos más profundos. Esta sencillez general colabora incluso en resaltar algunos momentos en los que la imagen se vuelve retórica o destaca por algún manierismo, como sucede con las múltiples alusiones a la metáfora de lo subterráneo relacionado con el personaje de Arthur, ya sea cuando la cámara, siguiendo el sentido de la horquilla con la que el personaje busca las tumbas, “da vuelta sobre sí misma” para dejarnos ver al inglés cabeza abajo, desfalleciendo, como si hubiese atravesado la Tierra; o cuando le cuesta descubrir una tumba y sólo la encuentra debajo de un charco donde vemos su reflejo, por supuesto, cabeza abajo, igual a los arbolitos que la mirada inocente de Italia interpretó como una persona clavada de cabeza en la tierra.

Hay un aire de ciclo cerrado en «La chimera». Si la operación dinamizante de la filmografía de Rohrwacher consiste en replantear nudos de la experiencia humana, su último film parece abordar algunos puntos que no pueden ser revisitados, de allí la idea de quimera y de tumba, dos extremos absolutos que impiden un replanteo. El problema de Rohrwacher quizá resida en que su cine llega hasta «Lazzaro felice» (2018) y parte desde «Lazzaro felice» resignificando su filmografía anterior, pero auspiciando sólo algún posible epílogo.

«La chimera» parece un punto final de muchas cosas, y la peligrosa estratificación de ciertos rasgos de autor corre el riesgo de volverlos una etiqueta, sobre todo si abrevan en lugares comunes para un entendimiento más consuetudinario. Por ejemplo, el uso del hilo rojo para conectar a los dos amantes, o la inclusión de estrellas famosas en personajes muy pequeños, como es el caso de Isabella (por supuesto) Rossellini. Es de esperar entonces que en el futuro el cine de Alice Rohrwacher no evolucione hacia maneras autorreferenciales o se vea obligado a encontrar ese punto de desvío en el que pudo haber perdido su mirada genuina.

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