El autor alemán regresó a Japón y, con el retrato de un hombre sencillo que limpia baños públicos en Tokio, recuperó también varias de las mejores facetas y aristas de su filmografía.
Por Juan Negri
El estreno en salas porteñas de “Días perfectos”, la última película de Wim Wenders, coincidió con algunos eventos recientes que tuvieron como protagonista al director alemán. En primer lugar, a fines del año pasado la plataforma de cine del Instituto Goethe lanzó un ciclo de Wenders donde se pudo volver a ver clásicos como, entre otros, “El amigo americano” (1977) y “Las alas del deseo” (1987). Adicionalmente, la sección “rescates” del BAFICI de este año tuvo a “Paris, Texas” (1984) entre su repertorio. Así, los espectadores atentos a estos esfuerzos culturales tuvieron la oportunidad de asistir a una suerte de retrospectiva informal de la obra del realizador.
Así, con una mirada de largo plazo de su obra, es posible reencontrarse en “Días perfectos” con algunos de los intereses artísticos y, sin duda, de la técnica cinematográfica de Wenders. De esta manera, el espectador podrá reconocer en la película el tono característico del director en el desarrollo del argumento. “Días perfectos” es una exploración minuciosa, artesanal y cuidadosa de la vida de Hirayama, un limpiador de baños públicos de la ciudad de Tokio. El film se define por esa mirada pausada, expresiva y por momentos lánguida que recuerda a alguno de los momentos más minimalistas de “Las alas del deseo”. Lejos de las estridencias que definen a buena parte del cine de hoy en día, y lejos de cualquier pretensión de sofisticación o elaboración argumental, la película de Wenders nos plantea una mirada a esa vida minimalista buscando solamente generar intimidad y empatía con la vida rutinaria de Hirayama en el espectador dispuesto a aceptar la propuesta y el ritmo del director.
Como en algunas de sus películas anteriores, Wenders parece interesado en una exploración existencial y profunda del alma de sus personajes más que en cualquier otro elemento artístico. El director nos propone además una mirada muy global, cosmopolita de esa exploración. Así, somos testigos de las angustias, preocupaciones, obsesiones y pequeñas gratificaciones de habitantes comunes de este planeta, sin distinción de su origen. Puede ser un artesano alemán en Hamburgo a punto de morir o un solitario desaliñado y extraviado en Texas; en esta oportunidad, es un trabajador japonés que hace de la rutina su obsesión. En todos los casos la construcción emocional del protagonista es fundamental en la obra, ayudado siempre por actores que logran captar la necesidad interpretativa que propone el director. Este caso no es la excepción, y justifica el premio a mejor actor que Kōji Yakusho obtuvo en el Festival de Cannes en 2023. En esta oportunidad, la película utiliza más que en otros films anteriores planos cercanos y frontales para capturar los gestos y emociones del protagonista a lo largo de la película.
Entre los temas que trata la película sobresale el de la soledad, a esta altura una obsesión recurrente en la filmografía de Wenders. Hirayama está rodeado de gente en una Tokio siempre superpoblada, pero su vida parece igual de solitaria y melancólica como la de Travis Henderson caminando solo por las enormidades del desierto texano o la de Marion, la trapecista de la que se enamora un ángel en una Berlín llena de angustias individuales. En “Días perfectos”, Wenders construye esa soledad a partir del contraste. La camioneta de Hirayama sorprendentemente sola en una autopista llena, su silencio frente a la locuacidad excesiva de su compañero de trabajo o de su sobrina no hace más que resaltar este rasgo definitorio del personaje.
Un segundo elemento temático es la referencia a traumas pasados que reverberan en el presente, cuyos detalles en esta oportunidad Wenders (a diferencia de lo que sucede en otros films suyos) decide no revelar completamente. En este punto es interesante observar una evolución en el director hacia un cine más sugerente y sutil. En “El amigo americano” el personaje de Bruno Ganz está por morir y la angustia de dejarle algo a su familia atraviesa la película desde el comienzo; en “Paris, Texas” esa angustia está en primer plano, pero sus detalles se irán develando a lo largo de la película. Aquí Wenders nos ofrece destellos que permiten inferir que Hirayama nos esconde algo (una hermana distanciada, la referencia a un padre enfermo, la sugerencia de que hay una decisión deliberada en dedicarse a limpiar baños, el llanto aislado del protagonista en algún momento, la presencia de algunos sueños), pero el espectador nunca lo sabrá.
La música también aparece como una temática recurrente en la obra. En otras películas de Wenders, juega un papel importante, estableciendo contrastes (otra vez) entre el ritmo pausado de la narración y el de la propuesta sonora. En “Las alas del deseo” Nick Cave tiene un lugar importante en el argumento. En esta oportunidad, Hirayama es un devoto seguidor de músicos y bandas que parecerían estar más a tono con las carreteras estadounidenses de “Paris, Texas” que en la rutina laboral del protagonista.
Al final, es la música la que nos ofrece alguna explicación de la vida de Hirayama y el mensaje del film. Hirayama parece feliz haciendo el trabajo de categoría más baja posible. No parece cuestionarse su ubicación en un rango bajo de la escala social, lo escueto de su vida ni que los habitantes de Tokio lo ignoren o a veces lo desprecien. La película en ningún momento atisba a una crítica social en este sentido; lo que puede incomodar a miradas progresistas que vean en esa actitud un conformismo inaceptable en los tiempos que corren. La escena final de la película (y la música que la acompaña) nos da una pista. Un sonriente Hirayama escucha “Sintiéndose bien”, de Nina Simone, y “Día perfecto”, de Lou Reed. Hirayama parece estar feliz de estar vivo. “Días perfectos” es sobre aquellas pequeñas cosas y la alegría de vivir, que no parece mucho, pero sin dudas no es poco.




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