Sobre la filmografía de Rosendo Ruíz: Dilemas de un cine en gestación

Este ensayo crítico propone un minucioso análisis de este director -referente de lo que alguna vez se conoció como Nuevo Cine Cordobés- que rodó películas como “De caravana” (2010), “Tres D” (2014), “Maturità” (2016) y “Casa propia” (2018).

Por Astor Ballada

Difícil, en la Argentina de hoy, referirse a una carrera autoral en desarrollo sin hacer referencia a la situación de la Cultura y del INCAA. Teniendo en cuenta (o desde) la delicada situación actual es que se tratará de abordar una filmografía en proceso y loable como la de Rosendo Ruíz (San Juan, 1967), la cual, podría decirse, está atravesada por lo que algunos llaman la década ganada del kirchnerismo, hace pie en el macrismo y se transforma en un enorme signo de pregunta en los tiempos actuales.

Sin dudas, a lo largo de la última década, el director -referente del Nuevo Cine Cordobés, pese a su lugar de nacimiento- ha estableciendo un estilo con rasgos autorales. Eso es algo que se evidencia tanto en sus licencias para evitar prejuicios (el mainstream) como afectaciones (aquello del querer ser antes que ser, tan propio del cine Independiente).

Para tratar de entender de qué va su impronta, se hará foco en el análisis de cuatro de sus films: “De caravana” (2010), “Tres D” (2014), “Maturitá” (2016) y “Casa propia” (2018).


Aventuras con tonada

El debut en las grandes ligas de Ruíz fue más que prometedor. “De caravana” tuvo alguna repercusión en festivales, pero fue la sordina del boca a boca cinéfilo la que pidió prestar atención a la película y a lo que desde ahí podía generar su hacedor. Si el cine de Raúl Perrone nos permitía adentrarnos en las historias mínimas de los márgenes del tejido urbano y suburbano bonaerense, “De caravana” hacía la traducción cordobesa, pero agregaba un plus: con menos solemnidad, podía celebrarse y hasta generar aventura en clave de género (y en “Casa propia”, hasta intimismo dramático). El cine se ampliaba, desde Córdoba capital, a partir de una narración ágil en torno a las peripecias de un joven fotógrafo burgués que, de carambola, termina empatizando de la ex novia de un bardero barrial de poca monta y muy celoso, así como con el círculo de amistades de ella: un dealer/policía entrañable y una cínica y simpática novia travesti (por esa época estábamos llegando al auge del: “celebremos la diversidad que se puede”).

El hecho movilizador de la trama es un recital de la Mona Giménez y en los acontecimientos que a partir de allí se suceden podemos apreciar, en parte gracias al Parkinson controlado de la cámara (en parangón, casi, con las tomas de diálogos en el Mumblecore), la vitalidad de la movida cuartetera. En tanto, a lo largo del guion se irá plasmando un rasgo formal que podría definirse como libertad para correr el punto de vista subjetivo desde el cine mismo: la imagen que vemos en el cine de Ruíz puede ser lo que se nos muestre o lo que se le muestre al protagonista, en registro de foto o en testimonio documental, como se resaltará con más énfasis en “Tres D” o en “Maturitá”.


Ficción que documenta

Tal vez el largometraje más arriesgado de esta filmografía en formación sea “Tres D”, donde se establece una suerte de posicionamiento meta-discursivo respecto del estado de situación del cine en la Argentina y el mundo cuando promediaba la década pasada. Al enfrentar tamaño desafío (que podría desde el vamos entenderse como algo soberbio, pero que, sin embargo, desde la reflexión honesta, resulta todo lo contrario), el director pierde en el camino algo del pulso narrativo que había comenzado a insinuar en “De caravana” (discutía ese lugar en aquel momento con la paraguaya “7 cajas”, de 2012, a cargo de Tana Schémbori y Juan Carlos Maneglia), pero bien valía correr ese riesgo al proponer un guion ambicioso (nuevamente a cargo del propio director). El desafío no era poco: una comedia romántica atravesada por distintos tipos de ideas sobre la razón de ser del cine.

El dilema no es hacer cine, ya que con los medios tecnológicos actuales la cuestión se allana, sino “para qué” hacerlo, reflexionará Nicolás Prividera en uno de los tantos fragmentos que podría ser utilizado para componer un documental, pero que mediante distintas estrategias y recursos Ruíz logra hacer convivir con la ficción. Pero hay más, ya que en el contexto de una edición del Festival de Cosquín, con las típicas peripecias en hoteles sin pretensiones, donde confluyen los distintos actores del mundo de la cocina del cine (productores, periodistas con cámara, directores, técnicos de distinta índole, actrices, turistas, etc.), Ruíz se las vale también para regalarnos una entrañable comedia romántica, y eso no puede pasarse por alto. Aunque los personajes principales se muestren sin muchos matices (principalmente el interpretado por Matías Ludueña, nuevamente un burguesito de mediana edad), la historia zigzagueante nos llevará a comernos más de una curva respecto a una resolución amorosa que resulta tan efectiva como (tal vez un poco exagerado, pero va por ahí) poéticamente sincera y simple.

En paralelo, entre inserts callejeros donde desfilan perros ídem, vendedores ambulantes y chicos jugando a la pelota (no dejar de lado esta fisonomía urbana como contexto desde sus nichos vitales que podría ser otra marca de autor), la película le la da voz a compañeros generacionales de Ruíz. Así, tal cual el caso de Nicolás Prividera, tenemos opiniones relativas al cine a cargo de, entre otros, Gustavo Fontán y José Celestino Campusano. Este último, con un registro ficcional sobre sí mismo que no termina de funcionar (igual se celebra el riesgo) responde a los cuestionamientos que suele haber sobre su cine: si trata de violencia, manifiesta que mientras el cine mainstream estadounidense parte de la estabilidad a la tensión lo suyo tiene una fórmula inversa, ya que en un clima hostil (bonaerense) sus personajes buscan templanza; en tanto, pese a lo que se cree, las escenas de violencia tienen poco minutaje en sus films. No tan bien se defiende a la hora de responder sobre las actuaciones acartonadas de sus films, manifestando que es un fenómeno extendido en muchas películas (mal de muchos…), pero que se suele pasar por alto. También pensemos que, y esto ya no lo dice Campusano, si se pasan de largo las actuaciones tal vez esto sirva para enfatizar palabras, sonidos, músicas, ideas, imágenes, y allí radique, por caso, la escasa crítica sobre las actuaciones que tienen las películas de Martín Rejman, con sus elogiados personajes chatos y apáticos. Valen entonces los sentidos, los sentimientos más allá de la psicología, en una lógica emparentada, podría decirse, con la literatura modernista/surrealista de César Aira (“Prefiero una narración que fluya rápido. Pongo el peso en la historia, no en los personajes. Los personajes son como muñequitos que están ahí para representar esa historia”, manifestó alguna vez el oriundo de General Pringles).


Experiencia comunitaria

En 2016 es el turno de “Marutirá”, en una suerte de coming of age consecuencia del trabajo colectivo entre Ruíz y alumnos y docentes de la escuela Dante Aligieri de Córdoba, lo que nos habla de la búsqueda de nuevos horizontes en lo que refiere a producción. El guion colaborativo no impidió al director dar cuenta de uno de sus sellos: el punto de vista cambiante, que desafía al espectador, a riesgo de fastidiarlo (admitámoslo). Y, aunque sin ser protagonista, el varón joven-adulto burgués, confundido -medio goma- vuelve a decir presente, esta vez con el ropaje de un profe progre de secundario que tiene una historia prohibida con la protagonista, una alumna segura de sí misma con un rol activo en el centro de estudiantes. La transgresión aquí es que la relación se manifiesta horizontal entre ambos, y en ese rasgo superador se nota el clímax del pañuelo verde: la mujer ya no es víctima de la seducción, sino que elige los tiempos y espacios de la relación.

Pero, más allá de seguir y acompañar el clima de época, Ruíz siempre pareciera querer asumir algún riesgo. Y en esta película es hacerse cargo de la política coyuntural, algo muy raro en el cine actual (por caso, el peronismo atraviesa la realidad de la vida argentina pero no del cine nacional). Así, las elecciones que finalmente ganará Mauricio Macri son el telón de fondo de la trama. De hecho, hasta se fuerza un debate entre representantes locales (siempre estamos en la Córdoba urbana) de las tres fuerzas con posibilidades de ganar: Frente Renovador, Frente para la Victoria y PRO. La corrupción y el rol del Estado son los tópicos que se tratan en una ráfaga y de manera algo esquemática, pero que en eso de hacerse cargo de la realidad política nos remite a la famosa frase: “di algo de izquierda, di algo”, de Nanni Moretti ante la TV en “Aprile” (1998).

Esa aspiración de independencia sin bordear lo experimental tiene como sello el bajo presupuesto, y eso puede generar un estancamiento si se trata de perfeccionar la forma. Sortea dicho peligro el naturalismo de las actuaciones, que encuentran mejor forma que en “Tres D”, y eso es algo que se celebra. Sobre el final la película se sostiene en las decisiones fuertes de la protagonista, cerrando con la inminencia del acto electoral que llevará al poder a la centroderecha.


Llegando la motosierra

El hombre burgues, de 35/40, culpógeno y procrastinador, vuelve a tomar el protagonismo en “Casa propia”. Con un tono decididamente intimista (que en el cine argentino suele estar reservado a las clases acomodadas de las cuales no sabemos de qué viven), nos encontramos con una historia de búsqueda de independencia; pero esta vez no la tracciona un adolescente sino un profesor de materia humanística de un colegio público secundario, que vive con su madre y tiene una novia con hijo (de ella) de diez años.

En conflicto con sus relaciones más cercanas, y mientras va de aquí para allá en colectivo, Alejandro tiene un solo anhelo: ser inquilino para poder vivir solo. Más allá de los créditos UVA, ser dueño se va confirmando como una quimera inalcanzable desde esos años en los que comienza a cristalizarse eso de que tener un sueldo en blanco puede significar estar debajo de o en la base social de ingresos. En ese derrotero debe destacarse la gran actuación del protagonista, Gustavo Almada (su versatilidad y solvencia queda evidenciada en el hecho de que es el mismo actor que le da vida al Laucha en “De caravana”, donde resulta igual de convincente), continuando la línea naturalista trazada por el director en la película anterior.

De ubicarla dentro de un género, “Casa propia” sería una comedia dramática; en teoría un registro menos riesgoso formalmente, en el que Ruíz se prueba las pilchas del mainstream y sale airoso. Los perros callejeros, los colegios y hospitales públicos siguen desfilando entre o durante las escenas, cobrando ahora otra fuerza dramática, menos colorida si se quiere. Los cameos lentos, los primeros planos en diálogo con los segundos, todo nos habla de una búsqueda de equilibrio desesperada, donde lo que parecía un cobijo (el colegio, la casa materna, el hospital, el geriátrico, la pareja con cama afuera) se transforma en agobio.

Esas ansias por retomar el rumbo podrían reflejar el devenir posterior del director. Con su productora El Carro avanzó sin prejuicios en proyectos independientes tan edificantes como alejados del marco profesional. Así todo, se las ingenió para filmar en 2023 “La Zurda”, de inminente estreno. Según se anuncia, será un policial cuartetero, en el que parecería retomar la vivaz impronta de su primer film destacado.

Si se trata de cine y realidad, el escenario dado sobre el que se reflexionaba con algo de pesimismo en “Tres D” y que estaba al borde del precipicio en “Casa propia”, se ha caído definitivamente. En el caso específico del cine, parecía que había cuestiones a definir: la distribución, la relación con las plataformas como potencial fuente de financiamiento, el tipo de fomento para películas de festivales, el dilema de las películas con pocos espectadores (pero necesarias), la falta de una filmoteca nacional, así como una política consistente en lo relativo a la restauración de películas. Esos temas, entre otros, no están encontrando un cauce concreto o quedaron para otro momento; o un poco de cada cosa, quién sabe. La urgencia ahora parece ser el encontrar la forma de sobrevivir, entendiendo ese sobrevivir como continuar con una carrera. Veremos de qué manera condiciona ese devenir a autores como Ruíz, Prividera, Campusano, Fontán o Demián Rugna. Es de esperar que esa fatiga necesaria para atravesar estos tiempos no los merme ni mucho menos los apague.

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