El director de “Gigoló americano”, “La marca de la pantera”, “Mishima”, “Traficantes”, “Días de furia” y “El reverendo” narra la en apariencia gris historia de un apostador profesional para luego ir exponiendo algunas de las peores miserias de la sociedad estadounidense en tiempos de Donald Trump.
Por J. Alejandro Becerra González
En El contador de cartas (The Card Counter, 2021), Paul Schrader voltea a ver la vida solitaria de un apostador profesional en busca de la redención, repasando el espectro estadounidense que sus compatriotas se niegan a reconocer: la tortura hecha por su gobierno durante la llamada guerra contra el terrorismo.
Esta película comparte algunos puntos en común con al menos uno de los guiones clásicos que lo lanzó a la fama, Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), cuya figura central era un hombre alienado de la sociedad tras regresar de la guerra. El personaje de Oscar Isaac nos recuerda a esa figura incomprendida, pues también se trata de un hombre en los márgenes de la vida, solo que este es capaz de desplegar su sobrio encanto cuando así lo desea. Al contrario del afectado taxista de aquel film, este apostador, aptamente apodado William Tell (su verdadero apellido es Tillich), como el arquero que realizó el flechazo a través de la manzana sobre la cabeza de un inocente, no es un descastado por falta de talento social, sino por elección. Porque lo suyo, como nos mostrará Schrader, es la expiación de sus pecados.
Pronto descubrimos que Tell fue uno de los torturadores de la cárcel iraquí de Abu Ghraib que figuraron en las fotografías publicadas en los medios estadounidenses, tras lo cual fue dado de baja, acusado y encarcelado. Ahora, deambula de ciudad en ciudad con la modestia y la pulcritud como banderas. Sus pequeñas ganancias, su impoluta vestimenta y su manía, visible en cada habitación de motel barato que visita, tienen como objetivo el no ser recordado ni reconocido. Cuando un joven (Tye Sheridan) lo identifica durante un momento en que el mismo Tell escucha el llanto de las sirenas de su pasado, su vida da un vuelco.
Orientado así hacia un propósito no egoísta (porque su individualismo era una forma de penitencia autoimpuesta), Tell y su joven asociado se disponen a ganar un torneo de póquer con el apoyo moral y financiero de la elegante La Linda (Tiffany Haddish).
Schrader toma esta oportunidad para concretar uno de los contados exámenes de la conciencia nacional estadounidense, sobre la ahora olvidada guerra contra el terrorismo iniciada en 2002. Le bastan un par de secuencias en forma de flashbacks para traer a escena el infierno creado y sostenido por las fuerzas ocupantes tras la invasión de Irak, y son esas imágenes las que pesan sobre el resto del film, al igual que lo hacen sobre la conciencia del protagonista.
Pero no todo es infamia, pues una figura ridícula (un jugador conocido como Mr. USA) le sirve a Schader para satirizar el patriotismo ramplón tan socorrido por los estadounidenses. En más de un sentido, El contador de cartas parece un intento por parte de Schrader, director y guionista, para digerir el cuatrienio presidencial de Donald Trump. La historia nacional se vuelve historia personal, lo que le permite cuestionar la legitimidad del eslogan trumpista (“Hagamos a América grande de nuevo”), provocando la pregunta de si alguna vez fue grande y contrastando la seriedad de William Tell con la ligereza con que los episodios más recientes y vergonzosos de su país son recordados por sus compatriotas.
Este enfoque contrasta con otro intento por hacer sentido de la presidencia de Donald Trump, El juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2019), que ponía en el centro de su narrativa una alabanza a las instituciones judiciales y políticas frente al embate del entonces despótico gobierno de Richard Nixon. Schrader, al contrario, no halla consuelo en la solidez de las instituciones como lo hizo Sorkin, sino que se esfuerza por reflejar el malestar subyacente en la cultura de su país al poner en duda principios fundamentales como el enriquecimiento rápido y la búsqueda de placer a como de lugar.
A pesar de su tono solemne, en El contador de cartas asoma, al igual a lo que sucedía al final de Taxi Driver, la posibilidad de una redención, de la expiación de los pecados, al menos en el nivel microscópico.




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