Crítica de “Rebeldes del dios neón”, de Tsai Ming-liang

El debut del director taiwanés deslumbró al universo cinéfilo y fue clave en el posterior furor de la producción de ese país en el circuito de los principales festivales.


Por Guido Maffezini

Las películas de adolescentes sin rumbo y con altas dosis de incomprensión parental existen desde hace mucho, desde que el “rebelde sin causa” James Dean declaró que se opondría a lo que sea que le ofreciesen. Pero ninguna juventud se sintió tan perdida como la de los ’90, empobrecida a causa de las políticas neoliberales y sumergida en el vacío posmoderno de líderes e ideologías.

El odio (1995) en París, Los dueños de la calle (1991) en Los Angeles y Pizza, birra, faso (1998) en Buenos Aires, son algunas de las películas que retrataron esa alienación juvenil en la época; a las que podemos sumar, mucho más a oriente en una lluviosa y sombría Taipei, a la ópera prima del director taiwanés Tsai Ming-liang, Rebeldes del dios neón (1992).

“¿No tienes nada mejor que hacer contigo mismo?”, es una de las primeras frases que recibe, por parte de su madre, el más joven de los Rebeldes, Hsiao-Kang, interpretado por Kang-sheng Lee, actor recurrente en la filmografía del director. Sin amigos a la vista, maneja solitario un scooter mientras vive con sus padres y concurre desganado a un centro educativo de preparación para el ingreso a la universidad, el cual pronto abandonará sin decirle a su familia y quedándose con el dinero de la matrícula. La secuencia de un aula repleta de alumnos, indistinguibles unos de otros, en una clase a la que Hsiao-Kang llega tarde y toma su lugar en el pupitre, representa con precisión y simpleza el sentimiento de falta de identidad del protagonista, como otro ladrillo en la pared.

Unos años mayor que él es Ah Tze (Chao-jung Chen), quien parece ser el futuro posible de Hsiao-Kang si continúa descarriándose. Ya sin contención familiar, habita un departamento sucio y permanentemente inundado con un hermano mayor que nunca está. Con su amigo Ah Kuei (Yu-Wen Wang) manejan motos más veloces e intimidantes y transcurren sus días cometiendo pequeños robos para sustentarse. Además de una referencia a la mitología china, el Dios de Neón del título parece remitir a la luminaria que abunda en el lugar que los muchachos visitan frecuentemente y que congrega a su generación, la casa de video juegos, donde luces y ruidos embriagantes sedan por un rato la ansiedad adolescente.

Un violento encuentro callejero entre ambos personajes, en el que Hsiao-Kang verá a Ah Tze a bordo de una moto deportiva y acompañado de la atractiva Ah Kuei (Yu-Wen Wang) humillar a su padre taxista, generará una impresión poderosa en el joven estudiante, que a partir de allí enfocará todos sus días en perseguirlo para vengarse.

Esta repentina misión sacudirá el presente apático de Hsiao-Kang, cuyos acercamientos a Ah Tze y su entorno mostrarán paulatinamente que bajo la motivación superficial vindicativa se esconde una mucho más visceral, el deseo de amistad y, sobre todo, de una figura de identificación que no encuentra en sus padres, ni en sus clases, ni en ningún otro lado. Como la podredumbre acumulada en el fondo de un desagüe recién destapado, de a poco saldrán a flote las pasiones ocultas de los aparentemente inexpresivos personajes, pero así también surgirán y deberán afrontar las consecuencias de sus malas decisiones.

Con este sentido y certero retrato de época, iniciaba su carrera cinematográfica el director Tsai Ming-liang, quien junto con Hou Hsiao-hsien y Edward Yang, entre otros, se erigió como uno de los directores más representativos de la llamada Nueva Ola Taiwanesa, la cual en los años ’80 y ’90 puso al cine de la pequeña isla oriental en las grillas de los festivales más importantes y en las preferencias de cinéfilos de todo el mundo.


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