En su incursión en el documental, el director de «Liberté» y «Pacifiction» consigue un film tan deslumbrante como inquietante y provocador con el universo de la tauromaquia como eje.
Por Richard Kevin Bejar Pacheco
¿Qué es lo que hace distinto al documental, considerado por algunos como la hermana menor de la ficción? Por su propio peso cae otra pregunta: ¿Qué es una ficción? Para esto podemos ayudarnos con la definición dada por Juan José Saer: la ficción es aquello que no es verificable, mientras que la non-fiction sí lo es. Y lo paradójico es que una ficción, a pesar de narrar mentiras, es capaz de revelar grandes verdades.
Entonces, si nos atenemos a lo verificable del documental “Tardes de soledad”, observaremos que todo lo que ocurre en la arena de la plaza no es solamente real: es verdadero. Y lo que hace el documental es dotar de una estética diáfana a la tauromaquia, alejándose de cualquier toma de posición sobre los toros e invitando al espectador a situarse entre dos categorías: el placer o el dolor.
Para encontrar la verdad, Albert Serra recurre al documental y narra la faena colectiva liderada por Andrés Roca Rey, considerado por muchos como el más importante “matador” de nuestros días. La película seguirá de cerca a la cuadrilla durante varios días en tres distintos espacios: el auto, la plaza y el hotel. Cada uno de estos espacios registrará diferentes momentos del torero, ya sea como una antesala del espectáculo taurino, la lidia en la plaza o la privacidad en el hotel.
Será una apuesta recurrente en el auto el plano fijo para narrar el antes y el después. Allí se encontrará toda la cuadrilla, estando Andrés en el medio de todos. Esta forma de registrar busca recrear cierta quietud antes de la batalla en la arena; o, cuando termina la lidia y la cuadrilla retorna al vehículo, este se convierte en un lugar de refugio, donde la mirada se centra en Andrés y el estado de su cuerpo después de la corrida. El hecho de permanecer en el centro del encuadre no solamente realza su figura central en la corrida, sino también la idolatría de su equipo hacia él. Sus colegas saben o asumen que comparten el viaje con una leyenda viviente en el mismo auto.
En cambio, cuando la mirada está puesta en la arena, se percibe una fascinación del director sobre el cuerpo del torero. Como si quisiera registrar cierta plasticidad que se asemeja por momentos a una coreografía ante la muerte. Como si los movimientos de Andrés quisieran darle teatralidad a un hecho violento. Y sumado a todo esto está el sonido de la respiración. La respiración es la intensidad de la vida que está a punto de extinguirse. La respiración funciona como una antesala de la batalla que está a punto a comenzar y de la que nunca se sabe como saldrá librado el torero: el azar como verdad.
Aquí la sangre juega un papel crucial, puesto que no solamente es algo que emana del cuerpo del toro o del torero, sino que también pareciera reflejar la evidencia de la verdad. Incluso hay un momento donde ya no es posible distinguir a quien le pertenece la sangre cuando es embestido Andrés. Y es en la arena donde comienza el debate sobre si lo que se presencia es arte o crueldad. Y, si fuese crueldad, ¿el hecho de que esté filmado como un documental lo convierte en arte? ¿Ha sido el cine el filtro capaz de separar el arte de la crueldad? ¿O se trata de una forma de crueldad tolerable?
Ahora bien, cuando mencioné la posibilidad de encontrarse entre el placer y el dolor, me refería al hecho de que la película abre un debate interesante sobre la tauromaquia, puesto que, para aquellos que nunca vimos una corrida de toros, este espectáculo representa una forma arcaica de crueldad hacia los animales. No solamente los toros son los “sacrificados” en la arena, sino también están los caballos que atestiguan la faena y que también reciben un daño colateral. Son los animalistas, sobre todo, los que se ubican en el dolor ante este espectáculo.
Y en la otra orilla están los taurófilos, que ven en Andrés a un héroe que sale victorioso de la batalla en la arena utilizando toda su técnica y destreza para reducir al toro. Aunque no todas las veces logre salir ileso, el torero termina imponiéndose ante la muerte, dejando su propia sangre como evidencia de realidad, como un sacrificio dispuesto a pagar para retribuir al taurófilo en un pacto tácito por compartir una misma pasión.
Pero, entre el placer y el dolor, hay también una ética en la mirada del director a la hora de decidir qué se muestra en la película. Nunca se quita la mirada del animal, incluso cuando el toro está agonizando, a punto de caer desfallecido. Se le ve en el suelo, lleno de sangre y arena, convulsionando y, de pronto, aparece un cuchillo que corta el sufrimiento innecesario del animal. Son instantes de una crudeza que ponen al espectador frente a la muerte. El plano parece decirnos que no hay vida más allá, que todo lo que queda después de la batalla es arena y sangre, sangre que se mezclará con el polvo, recordándonos nuestro destino común: memento mori.
Hay otra mirada también en el mismo documental. Esta se da cuando Andrés está en el hotel, alistándose para ir al ruedo. Allí lo veremos con su asistente, quien le apoya para colocarse su traje. Los colores de las prendas, el corte de cabello y un rosario en el cuello del torero serán los elementos que dotarán al “matador” de una androginia impensada en este oficio. La verdad como intimidad.
Si el film hubiese sido una ficción, seguramente su poder de persuasión habría sido menor al considerarla como una mentira. Pero como estamos frente a un documental, nos quedamos sin argumentos para cuestionar lo que estamos presenciando. “Lo real es lo imposible de destruir, lo que resiste, siempre y para siempre. Solo se hace obra si se tiene la impresión de medirse contra esa resistencia”. Esta cita pertenece a Alain Badiou y refleja exactamente cómo opera el documental de Serra. El “matador” que se mide ante el toro; el espectador que se mide ante la verdad.




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