El director húngaro estuvo en Buenos Aires para acompañar un foco dedicado a su filmografía, que incluyó a este, su más reciente y provocador largometraje.
Por Javier Valdez
La última película del húngaro György Pálfi es una propuesta audaz que pone a una gallina en el foco de la historia. Hen (Kota) inicia de una forma muy estilizada, con tomas preciosistas de un criadero industrial destinadas a la (re)producción masiva, con la particularidad de que una nace distinta: en ese mar de color amarillo un pollito negro intenta sobrevivir torpemente en esa uniformidad genética y visual. Ya desde este principio, el director asigna un carácter de paria o diferente a nuestra protagonista, condición que la convierte en producto de descarte para el fin industrial, pero no para el consumo doméstico.
En medio del proceso de derivarla posiblemente al caldero de uno de los peones, esta escapa y encuentra refugio en una granja particular a cargo de una familia que la adopta entre la desconfianza y el cariño, pero que enseguida es destinada al corral con otras aves listas para producir huevos caseros. La gallina desarrolla un vínculo afectivo primario con sus huevos que son sustraídos sistemáticamente para uso comestible cada vez que los «pare»; así, en cada ocasión, ella los mira a través de la ventana, fritos en una sartén. En este gesto antropomórfico, el animal opera como catalizador de los conflictos humanos centrados en la Grecia actual, que se tejen en segundo plano: ilegalidad, crisis migratorias y tráfico de personas.
Es notable la factura técnica con que se filma al animal, sosteniendo la mirada casi siempre a la altura de la gallina (sin recurrir a la cámara subjetiva). La historia es observada todo el tiempocon una carga de peligro constante, convirtiéndonos en testigos de la vulnerabilidad no solo del ave sino también de los humanos: los desplazados aparecen siempre sentados o acostados en el piso de un tráiler, escondidos o tirados en el suelo de una casa.
Pálfi es un director que maneja la crueldad y la ternura con la misma pericia formal. Recordada es Taxidermia, que se presentó en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2006, por su audacia narrativa dentro de una estructura surrealista de horror corporal que, a través del grotesco, trazaba una alegoría sociopolítica del pasado fascista, el período comunista y el presente capitalista de Hungría. Esa misma osadía se ve claramente en Hen, pero trasladada a un manifiesto animalista que dialoga con los problemas del tráfico humano.
Al llegar a esta confluencia, Hen delata la metáfora con una premisa enunciativa que explica además las intenciones humanas en el relato. La ternura del apartado animal desemboca hacia el final en una violencia explícita donde la crueldad del humano es evidenciada de manera cruda y roza el mensaje moralizante que dificulta el debate sobre el problema sociopolítico que enuncia.
Sin embargo, es importante señalar esta decisión como algo intencional del director; la película fue filmada íntegramente en Grecia por la imposibilidad de rodar en Hungría debido al bloqueo político y financiero que sufren Palfi y otros autores críticos por parte de las instituciones estatales de su país. Este hecho lo obligó a recurrir al apoyo de entidades públicas de países europeos como coproductoras, adoptando una estructura de guion más universal y clásica por encima de su sello autoral de denuncia y que le permita circular en un ambiente político que le es hostil. De todas formas, lejos de apaciguar su mirada crítica, esto resulta en una jugada maestra: aunque el subtexto no ensamble perfectamente en su cruce simbólico, Hen se consolida como una comedia entrañable que apela a la sensibilidad del espectador y nos regala una historia bellamente filmada con una visión que no solo se disfruta con los ojos, sino -principalmente- con el corazón.




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