El director de «Grissinopoli» (2004), «Elsa y su ballet» (2011), «Salud rural» (2014) y «Vicenta» (2020) aborda desde diversas perspectivas la problemática de la adopción y la dura realidad que atraviesan niños y adultos por igual.
Por Fabrizzio Trujillo
“Esa mirada, una mirada medio perdida, medio que no entendía, pero a la vez pidiendo que lo mires”. Esa es una de las primeras frases que escuchamos en este documental que expone una verdad incómoda acerca de los niños que, por diferentes razones, se encuentran bajo un sistema de protección que cumple con el deber de cuidarlos, pero no con un derecho fundamental: tener una familia.
A través de un “collage de imágenes” como enuncia el film en su descripción, Darío Doria nos sitúa en diferentes locaciones en las que la cámara se posa sobre espacios mayoritariamente vacíos, lugares que entendemos deberían ser habitados por los propios menores, cuyas historia son la que escuchamos a través de los adultos que describen tanto su experiencia personal como las ajenas en el marco de un sistema que cumple la difícil tarea de encontrarles un hogar a estos niños, como así cuidarlos durante la espera.
Es menester mencionar que los niños jamás son vistos en pantalla durante todo el film, limitándonos a escuchar sus voces en el fondo, como si nosotros, los espectadores, también nos situáramos en estos lugares aguardando a conocerlos por primera vez, al igual que ellos respecto de sus posibles padres. Solo tenemos vistazos del mundo que los rodea, de sus juguetes, sus piezas, sus dibujos en las paredes, objetos que indudablemente nos reflejan un intento de infancias que buscan florecer a pesar de la realidad adversa que se cierne sobre ellos.
Y es que, dentro de este abanico de situaciones, conoceremos relatos de chicos que pudieron encontrar familias que los integraron a sus vidas; que hicieron un gran esfuerzo para mejorar sus existencias. Pero también nos acercaremos a casos de personas que, por distintas circunstancias, se vieron obligados a dejar a sus hijos en estos hogares de niños, con la esperanza de ofrecerles un futuro mejor; o de quienes nunca tuvieron la oportunidad de ser adoptados y se vieron obligados a insertarse en la sociedad ya como adultos al dejar de estar amparados por la protección de la ley.
Los testimonios aquí presentados por los adultos varían entre el optimismo y la tragedia, pero todos parecen coincidir en algo; que existe -en nuestro país al menos- un deber de proteger a los más débiles, a quienes no pueden valerse por sí mismos ni comprender del todo su situación. Pero debe trabajarse arduamente para que este panorama se vea modificado, permitiendo que miles de niños no solo encuentren un espacio de contención, sino también un lugar para ser ellos mismos, donde puedan crecer y entender mejor el mundo que los rodea, y que así estén adecuadamente preparados para manejarse cuando inevitablemente crezcan y deban valerse por sí mismos.
En lo personal, quien escribe estas líneas ha tenido la fortuna de contar con una madre que, a pesar de las dificultades, supo sostener la crianza de un hijo junto a una familia presente. Dicha experiencia hace que muchas de estas realidades se den por sentadas; sin embargo, desde mi profesión y desde el lugar que ocupa el arte que nos convoca, resulta inevitable conmoverse ante estas historias y reflexionar sobre la necesidad urgente de garantizar que estos derechos sean efectivamente respetados, para que la infancia pueda desarrollarse como corresponde, por lo que espero que esa conciencia se traslade también a quienes vean este documental y logren dimensionar la crudeza de esas experiencias que, lamentablemente, no todos tienen la posibilidad de evitar.




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