BAFICI 2026: crítica de “Los vencedores”, de Pablo Aparo (Competencia Internacional)

Este documental rodado íntegramente en las Islas Malvinas es un retrato tan incómodo como valioso sobre los kelpers, que ofrece múltiples aristas para la polémica.

Por Sebastián Sasson

“A la Nación Argentina y a su pueblo: serán bienvenidos a nuestro país cuando abandonen su reclamo de soberanía y reconozcan nuestro derecho a la autodeterminación”, enuncia un cartel en la puerta de un bar de las Islas Malvinas que marca el tono de Los vencedores, el documental de Pablo Aparo.

En la escena de apertura nos adentramos en la isla a través de un juego interactivo en 3D de realidad virtual. Durante décadas, las Malvinas fueron para los argentinos una especie de imaginario: algo lejano y distante, pero profundamente arraigado a la cultura del país. Un territorio que la Junta Militar aseguraba había que retomar —cuya recuperación incluso ya se anunciaba como un hecho—, y que también se enseñaba en la escuela como algo que nos pertenece y nos fue quitado.

Aparo busca romper con esa lógica: va al lugar de los hechos, pisa el territorio, pregunta y, sobre todo, escucha. No para volver a contar la guerra, sino para desarmar el relato argentino desde adentro y abrir el conflicto a otra perspectiva: la de las personas que viven allí.

En su visita a las islas —Malvinas para nosotros, Falklands para ellos— Pablo (una presencia que no vemos, pero sí escuchamos) se encuentra con un territorio donde el argentino es tolerado, pero no del todo bienvenido. La advertencia llega incluso antes de aterrizar: no se permiten insignias ni menciones que contradigan esa otra identidad.

En ese marco, el director avanza como puede, construyendo el relato a partir de voces que aceptan hablar, isleños sin nombre, pero con una posición clara y un fuerte sentido de pertenencia con el territorio que habitan y que obliga al espectador argentino a enfrentarse con una mirada que no suele escuchar. En este intento por correrse del relato argentino, termina construyendo otro igualmente cerrado.

La única excepción a esa aparente neutralidad aparece en un breve pasaje donde se introduce una referencia al presente argentino, con la mención al gobierno de Javier Milei y a ciertos discursos negacionistas sobre la dictadura. Es allí donde, por primera vez, se deja entrever con claridad la posición de Aparo.

El recorrido encuentra su punto más interesante cuando aparece Mat, un campesino que vive en el interior inhóspito y alejado de la isla, malhumorado, armado, dueño de grandes extensiones de tierra y atravesado por un rechazo explícito hacia los argentinos. En él, el documental deja de ser solo observación para concentrarse en un vínculo donde el enemigo toma forma humana.

Pero en esos encuentros se instala una idea incómoda: el verdadero enemigo de los soldados argentinos no era el británico, sino la propia dictadura que los envió. “Los argentinos no querían estar acá. Estaban tan asustados como los británicos… Fueron los oficiales y la basura política el problema”, afirma Mat. Otra voz recuerda: “Eran solo unos niños. Sentíamos mucha pena por ellos… les dábamos comida porque estaban sucios y muertos de frío”. Incluso, aparece la confusión inicial: “Pensaban que nos estaban liberando… pero nosotros queríamos que se fueran y nos dejaran en paz”.

En ese contraste, la película también deja ver algo más perturbador: mientras en Argentina la figura del militar todavía genera miedo, pero sobre todo rechazo, en las islas ocurre lo contrario. La presencia militar es constante y no genera desconfianza, sino una sensación de resguardo frente a una amenaza que perciben activa del otro lado: Argentina.

Pese a convivir durante meses y entablar una relación con un argentino que se metió en su intimidad —en su casa y en su mente—, Mat no modifica su postura. La sintetiza en una frase que funciona casi como cierre de ese vínculo y de la propia película: “Perdieron. Supérenlo. Abandonen el reclamo de soberanía y vamos a estar lo más bien”. Una afirmación que, más que abrir el diálogo, expone el límite de la mirada isleña.

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