Crítica de “Rosebush Pruning”, de Karim Aïnouz: Una película que florece en la superficie y se marchita por dentro

El director brasieño de películas como «Madame Satâ», «O Céu de Suely», «La vida invisible de Eurídice Gusmão» y «Firebrand» contó con un notable elenco (Callum Turner, Riley Keough, Jamie Bell, Tracy Letts, Elle Fanning, Pamela Anderson y Elena Anaya) para un provocador film escrito por el habitual guionista de Yorgos Lanthimos.

Por Diego León

Hay películas que quieren incomodar al espectador y lo consiguen por las razones equivocadas. “Rosebush Pruning”, lo nuevo del brasileño Karim Aïnouz con guion de Efthimis Filippou —habitual colaborador del director Yorgos Lanthimos—, pertenece a esa categoría: un ejercicio de provocación intencionada que deslumbra en la superficie y se desvanece en cuanto se le busca coherencia. Sin embargo, bajo ese barniz de escándalo hay un entramado simbólico, y es ahí donde la película, pese a sus tropiezos, merece una lectura detenida.

Con inspiración en “I pugni in tasca” (1965), ópera prima del italiano Marco Bellocchio, pero esta vez con desarrollo en una villa catalana donde una familia adinerada de Nueva York se instala tras la supuesta muerte de la madre. Edward, interpretado por Callum Turner, regresa al hogar de un clan formado por su padre ciego (Tracy Letts) y sus hermanos Anna (Riley Keough), Robert (Lukas Gage) y Jack (Jamie Bell). Son cinco integrantes y la película, sin declararlo abiertamente, parece repartir entre ellos los cinco sentidos: el padre condensa la pérdida de la visión y, por tanto, del futuro y del control; Edward, narrador y manipulador silencioso, opera desde el oído (escucha, imita, equilibra); Anna vive a través del tacto y la piel; Robert, atado a la sangre y al cuerpo, remite al gusto en su versión más básica e instintiva; y Jack, el único que percibe el aroma de lo que hay más allá del rosal, representa el olfato, pero esta vez como deseo de fuga. Es una simetría a través de la cual la película organiza silenciosamente sus obsesiones.

El título mismo funciona como declaración de intenciones: una persona es como una rosa, una familia es como un rosal, y todo rosal necesita poda. El rosal es, a la vez, un símbolo de pertenencia, donde cada rosa surge de un mismo tronco y no puede entenderse por separado; y, cuando lo hace, sucumbe inevitablemente al marchitamiento que conlleva la promesa de libertad. Aïnouz y Filippou llevan esa metáfora hasta un terreno inquietante al convertir el propio rosal en objeto de excitación, un jardín no solo genealógico sino erótico, de modo que podar deja de ser solo un gesto de cuidado para volverse, también, un eufemismo de deseo y de la violencia que hace falta para satisfacerlo. La sangre —menstrual, de heridas autoinfligidas, de sacrificio— recorre la película con esa misma ambivalencia: es lo que une a la familia por linaje y, simultáneamente, lo que la excita y, al final, lo que la libera de sí misma.

Visualmente, la cinta se apoya en una paleta saturada de rojos, rosas y verdes artificiales que remite de inmediato al Pedro Almodóvar de “Los abrazos rotos”, “Volver” o “La flor de mi secreto”, aunque aquí el color no acompaña la emoción sino que la sustituye: todo brilla, incluso el horror. En el mismo sentido, el diseño de producción da sus propias pistas: a la entrada de la vivienda de la familia, las estatuas de unos ciervos, animales simbólicos del sacrificio, son preludio de lo que la trama tardará en confirmar: en esta familia alguien debe ser inmolado para la supervivencia de los demás.

Edward termina descubriendo el secreto que su madre (Pamela Anderson), devorada por lobos, había confiado en Jack y, así, el omnipresente narrador, el jardinero de la metáfora familiar y, a la vez, su verdugo, urde un plan de poda, de eliminación, que busca la libertad y que, sin buscarlo, desembocará en el marchitamiento del clan. El plan desata una cadena de muertes tan vertiginosa como arbitraria que inicia bajo la premonitoria, evidente y explícita letra de “Paninaro”, de Pet Shop Boys, una canción que funciona como resumen irónico de una familia que confunde el consumo con el sentimiento. Al final, quienes sobreviven, libres del rosal, lo hacen mientras la película cierra con un silencio cargado de aullidos de lobo, como si la naturaleza reclamara la última palabra sobre la poda humana.

La acumulación de giros, fingimientos, suplantaciones de voz y episodios incestuosos pesa más de lo que la historia puede sostener. El reparto, no obstante, se entrega sin reservas: Keough vuelve a demostrar el magnetismo que ya lució en “American Honey· y en la miniserie “Daisy Jones & the Six”; Letts encarna a un patriarca odioso y a la vez extrañamente magnético; y Pamela Anderson, en su papel materno, confirma que su reinvención como actriz de cine independiente tras “The Last Showgirl” no es un golpe de suerte.

“Rosebush Pruning” se inscribe en una tendencia cinematográfica que empieza a tener genealogía propia: la de las películas que desnudan y exponen la intimidad de los ricos convirtiéndola en espectáculo grotesco, desde “Parasite” y “Triangle of Sadness” hasta “The Menu” y “Saltburn”. Deslumbra más de lo que profundiza, y confía en este estilo para disimular que su crítica social llega más diluida de lo que su ambición sugiere. Aun así, la coherencia de su simbolismo floral y sanguíneo, sostenida con inusual disciplina de principio a fin, le da a la película la sensación de que, debajo del escándalo, hay realmente un jardín diseñado con intención, aunque su poda final resulte más caprichosa que necesaria.

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