Del miedo infantil a las criaturas aterradoras a una carrera entera dedicada a humanizarlas en películas como «El laberinto del fauno», «La forma del agua» y «El callejón de las almas perdidas»: las obsesiones de un director mexicano y mundial.
Por Mikhail San Martino
Los monstruos y la humanidad detrás de ellos siempre fueron el corazón de las historias que nos ha narrado Guillermo del Toro a lo largo de su filmografía. No importa si está contando un cuento de fantasía oscura o una historia de amor imposible: en su cine los monstruos no son solo criaturas, sino espejos de nosotros mismos.
Del Toro contó en varias ocasiones que, cuando era pequeño, todas las noches veía monstruos en los pasillos y en su habitación. Tenía tanto miedo que no podía salir de la cama para ir al baño. Hasta que un día, en un acto puramente inocente, les habló y les dijo: «Si me dejan ir al baño, les prometo que seremos amigos». Y, así, lo que empezó como un pacto entre un niño y sus miedos se transformó en una filosofía de vida. Una manera de mirar a los monstruos diferente a la usual o hasta incluso clásica.
Desde entonces, Del Toro no volvió a huir de los monstruos en sus películas: los abrazó. Aprendió a ver en ellos la belleza, la tristeza y la humanidad que muchas veces los humanos olvidamos tener. Esa fascinación quedó plasmada en toda su filmografía: «El laberinto del fauno», «La forma del agua», «La cumbre escarlata», «Hellboy», «El callejón de las almas perdidas», etc. Cada una es una ventana distinta a su universo, en el que la ternura y el horror coexisten. Su mensaje es siempre el mismo, aunque cambien los escenarios: «Los monstruos tranquilamente podemos ser nosotros».
Es precisamente por eso que su cine conectó tanto con espectadores de todo el mundo: esa mirada sobre los monstruos fue el hilo temático que atraviesa la gran mayoría de sus películas, en las que también aparecen referencias constantes al cine y a los productos de la cultura popular con los que creció. Esa doble herencia (temática y cultural) se nota también en su estilo de producción.
Del Toro se destaca en su producciones por la confianza permanente en los efectos prácticos. Es una persona que confía en el ojo del público y en la capacidad que tiene de reconocer lo real de lo falso, por lo que, desde producciones más comerciales como «Blade II» hasta obras más personales como «La forma del agua», prioriza los efectos prácticos por sobre lo digital para dar esa sensación de realidad en los monstruos y en todo lo demás que vemos en pantalla.
También se destaca por la oportunidad que siempre encuentra para explorar la búsqueda de pertenencia de los monstruos, su necesidad de ser aceptados, o la de humanos que, al conectarse con lo monstruoso, buscan la forma de convivir con eso y seguir transitando como personas normales. Algo que puede verse ya en su ópera prima, «Cronos», pasando por adaptaciones de excelentes cómics como «Hellboy», o hasta incluso en películas que ni siquiera tienen monstruos en su historia, como «El callejón de las almas perdidas», que muestra el nivel de monstruosidad al que puede llegar el hombre por ambición o por la pérdida de su propia humanidad.
En definitiva, todo el cine de Guillermo del Toro puede leerse como una extensión de aquel pacto infantil: en lugar de huir de lo monstruoso, decidió convivir con eso, entenderlo y, finalmente, filmarlo. Por eso, sus criaturas nunca son solo espectáculo, sino la parte de nosotros que preferimos no mirar de frente. Y no es casual que haya elegido los efectos prácticos para darles cuerpo: si el mensaje es que los monstruos somos nosotros, tenían que ser tangibles, físicos, reales, no una ilusión digital que los mantuviera a distancia. Del niño que le pidió amistad a sus miedos al director que construyó una obra entera a partir de esa promesa, Del Toro no dejó de hacer lo mismo: mirar de frente lo que asusta, hasta encontrar ahí algo profundamente humano.




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