Esta película estrenada en 1979 por el reconocido guionista y director neoyorquino funciona como una reversión de “Más corazón que odio”, de John Ford, y como un lado B de “Taxi Driver”, film que Schrader escribió para Martin Scorsese.
Por Mariano Viza T.
Tres años después del estreno de “Taxi Driver”, la película que lo consolidó como uno de los grandes guionistas del cine estadounidense, Paul Schrader escribió y dirigió “Hardcore” (“¿Dónde está mi hija?” fue el título de estreno en América Latina). La cinta retoma varios de los temas presentes en el universo de Travis Bickle y, una vez más, remite a “The Searchers” (“Más corazón que odio”, 1956), de John Ford, una obra fundamental para la gestación de ambos films.
En “Hardcore” seguimos a Jake VanDorn (George C. Scott), un hombre profundamente religioso que vive inmerso en una burbuja de nieve, madera y fe. No tiene necesidad alguna de salir al mundo exterior ni de enfrentarse a esa ciudad que tantas películas presentan como la tierra prometida de la prosperidad y el éxito. Él lo tiene todo en orden: su familia, su hija y su trabajo ¿Qué más podría pedir un hombre de fe y buenos modales? Quizá que nada altere ese equilibrio. Pero es precisamente eso lo que ocurre. Su hija, aún menor de edad, desaparece durante una excursión escolar y aquel engranaje perfectamente aceitado se desmorona. El padre no solo abandona su hogar y lo que hoy llamaríamos su zona de confort, sino que descubre el mundo tal como es: sucio, egoísta y banal.
Schrader sigue entonces la misma estructura de “The Searchers”: adentrarse en un mundo completamente opuesto a las propias creencias para que, durante el trayecto, la esencia del protagonista y sus valores se erosionen poco a poco y, finalmente, intentar rescatar a la dama en peligro. Porque ni siquiera puede hablarse de una verdadera victoria. Schrader deja de lado a los comanches, las pistolas, los sombreros de vaquero y los caballos para convertir a su protagonista en un supuesto productor de cine pornográfico, hacerlo entablar amistad con una prostituta y obligarlo a romper con todo aquello que había conocido a lo largo de su vida. Su fe cristiana permanece intacta en su afán por encontrar a su hija, pero nada le garantiza que la mujer que halle sea la misma que perdió.
Es así como “Hardcore” convierte a Los Ángeles en el infierno mismo. La pornografía, el sexo y la lujuria presentes en cada escena no son un mero elemento de provocación, sino una forma de obligar al protagonista a romper el molde del hombre de familia que siempre ha sido. Eso lo lleva a infiltrarse en ese mundo. Ya no se trata solo de observar aquello que considera indeseable, sino de mimetizarse con su entorno. Se viste como uno de ellos, con una peluca y un bigote falso; incluso prepara un discurso en el que presenta el negocio del cine pornográfico como una inversión más. Sin embargo, es justamente en esos escenarios donde el padre desesperado por rescatar a su hija deja ver su verdadero rostro. Evita pronunciar la palabra «sexo», intenta mantener las formas y, si puede, reducir al mínimo cualquier contacto físico. Baja la mirada cuando una mujer se le acerca. Pero no son únicamente sus modales puritanos los que afloran, sino también una profunda amargura.
Schrader juega entonces con la dualidad de su protagonista y la pone constantemente en cuestión. Jake no es solo un hombre cristiano ejemplar que se levanta temprano y entiende el sexo únicamente como un acto destinado a la procreación. También es alguien que, ante la menor contrariedad, responde con una violencia desmedida. Ocurre cuando golpea brutalmente al actor porno que logra localizar tras una ardua búsqueda y también cuando abofetea a Nikki, la prostituta con la que termina aliándose, por no compartir su manera de afrontar la situación.
Así, el supuesto hombre perfecto deja al descubierto sus propias grietas y, quizá, las razones que llevaron a su hija a abandonar el hogar, del mismo modo que lo hizo su esposa, a quien procura mencionar lo menos posible. Jake no es una persona ejemplar, sino un hombre profundamente fallado. Su rutina, su rigidez moral y su estilo de vida excesivamente estructurado han terminado por alejar a quienes lo rodean. Mientras él permanece aferrado a la fantasía de un hogar ideal, el mundo continúa avanzando sin él, dejándolo aislado en esa casa enclavada en un pequeño pueblo del interior de Estados Unidos.
Es precisamente esa incapacidad para comprender a los demás la que también se manifiesta en su relación con Nikki y, sobre todo, con su hija. Antes de emprender el tramo final de su búsqueda, Andy Mast —interpretado por Peter Boyle, quien había dado vida a Wizard en “Taxi Driver”—, una especie de gurú que funge como detective privado que conoce los códigos de la ciudad y el mundo que Jake desprecia, le advierte que, cuando encuentre a su hija, probablemente ya no se topará con la joven que perdió, sino a otra persona.
Y eso es exactamente lo que ocurre. Jake atraviesa un descenso progresivo a los infiernos: del cine pornográfico convencional pasa a los circuitos más sórdidos, rozando el snuff, como si cada etapa de la búsqueda exigiera una prueba más extrema que la anterior. Cuando finalmente encuentra a su hija, comprende que el verdadero rescate ya no es posible. La joven que tiene frente a él no es aquella a la que crió, sino una mujer que rechaza el mundo rígido y moralista al que su padre, de una u otra forma, la había condenado. Es acá cuando el protagonista entiende todo y vuelve a casa con su hija. No es una victoria sino un nuevo comienzo.
“Hardcore” no solo funciona como una reversión de “The Searchers” o como un lado B de “Taxi Driver”, sino que anticipa y consolida el mito del hombre schraderiano, una figura que posteriormente reaparecería en películas como “Light Sleeper” (“”) y, décadas más tarde, en la llamada trilogía “Man in a Room” (“First Reformed” / “El reverendo”, “The Card Counter” / “El contador de cartas” y “Master Gardener” / “El jardín del deseo” / “El maestro jardinero”). Schrader relee al personaje de John Wayne desde un contexto urbano y moderno, demostrando que ese conflicto moral trasciende el western y sigue siendo vigente. Es, al fin y al cabo, el hombre que abandona su cueva para descubrir el mundo tal como es: sucio, egoísta y banal.




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