Crítica de “Yannick”, de Quentin Dupieux: Cine (y teatro) del absurdo

Esta película de 2023 disponible en la plataforma de streaming MUBI resulta una de las más directas y eficaces de la prolífica filmografía del siempre provocador director de «Mandíbulas», «Increíble pero cierto», «Fumar causa tos» y la reciente «Le deuxième acte»

Por Vladimir Soriano

Repetimos esta obra como 60 veces. El director no puede estar aquí todas las noches.

Cinco películas en los últimos tres años es lo que nos viene regalando el director, escritor y músico Quentin Dupieux, cuyo trabajo fílmico alcanzó la fama mundial en 2010 con «Rubber», un slasher que esconde mucha más sustancia de lo que su premisa sobre un neumático asesino sugiere. Entre policías ineptos, interrogatorios bizarros, camperas que hablan y moscas gigantes, la carrera de Dupieux se ha desarrollado siempre bajo la libertad del absurdo, de una comedia negra más marciana que sádica. Para bien o para mal, sus inquietudes a través de su filmografía son similares, usualmente hablando de la meta-textualidad y nuestra relación con las historias que creamos y nos contamos. En esta última línea, es donde «Yannick» (2022) se presenta como una de sus obras más concisas y directas, dentro de lo que son sus propias reglas y personalidad.

Tras unos breves créditos de inicio, asistimos a una obra teatral titulada “Le Cocu” (“El cornudo”). La cámara nos pone desde ya del punto de vista de nuestro protagonista en medio de una audiencia que ocupa apenas un tercio de la capacidad de la platea. La obra es una comedia que genera risas escuetas en el público. Los tres actores en escena son interrumpidos por el mentado Yannick del título, quien en voz alta les reclama por la baja calidad de lo que está viendo, y que este espectáculo no le está haciendo olvidar sus problemas cotidianos de guardia de un estacionamiento. Sumado a esto, recalca el hecho de que les está entregando su tiempo, no solo el de la duración de la obra sino también la hora de viaje que le ha tomado llegar, además de que ha debido acomodar sus horarios.

El actor principal, Paul Rivière (Pio Marmaï), le ofrece que hable con el director (por teléfono, ya que no está presente, lo que enfurece aún más al hombre) e incluso devolverle su dinero. Pero él no acepta nada de esto, pues ya le han hecho perder el tiempo. Bajo amenaza de Paul, Yannick abandona el auditorio, pero -tras pedir su abrigo- regresa al escuchar que los actores se están burlando de él e imitándolo. Ofendido, saca un arma y toma de rehenes a todos los presentes, mientras escribe una obra que se le ocurre sobre la marcha.

Ya lo decía el policía al inicio de «Rubber»: el cine es una celebración del no-reason. A partir del punto que Yannick sube al escenario, los tiempos van a dejar de tener sentido, pero -como de costumbre con Dupieux- tampoco es el punto: Aquí le estamos dedicando una hora de nuestro tiempo a ver cómo un hombre frustrado (y peligroso, valga decir) decide tomar las riendas de su único día libre. Después de todo, ¿qué es asistir a una función, sea de teatro o cine, sino ponernos de rehenes del tiempo? Con todas las opciones que se nos ofrece en casa, suena anticuado tener que ir a ver una película u obra a una hora determinada, no poder pausarla o reclamarle a los responsables creativos, de ser el caso.

Dicho esto, en una primera capa nos encontramos con el discurso sobre la relación espectador-artista. ¿Qué tanto estamos dispuestos a exigir de una obra? ¿Se nos debe algo como asistentes? Podríamos decir que no, que el artista se debe únicamente a su arte y a lo que quiere expresar a través del mismo. Por supuesto, tampoco vemos lo suficiente de la puesta en escena de “Le Cocu”, apenas si unos minutos, como para poder juzgar la verdadera calidad de la misma. Estamos sujetos a la opinión de Yannick, del mismo modo que un lector que no ha visto la película está sujeto únicamente a la opinión de quien escribe.

Pero, como es costumbre con este director, hay mucha tela de donde cortar. En un punto, Yannick conversa con diferentes asistentes a la obra y obtenemos algunos perfiles dignos de recalcar: una pareja de esposos sin mucha chispa, una madre y su hijo medicado por ansiedad, dos chicas jóvenes que empatizan con su secuestrador. Los propios intérpretes sobre el escenario no se quedan atrás, pues sus inseguridades se verán expuestas en medio de esta situación bizarra. Especialmente con el personaje de Paul, cuyo momento de crisis mental es, a todas luces, el verdadero clímax emocional de la película. La complicidad final (creador-actores-audiencia) a la que asistiremos es absolutamente satisfactoria.

Más allá de lecturas sobre el poder del espectador, lo que en el fondo Yannick realmente nos regala es una reflexión sobre el manejo de nuestro tiempo para libre para la creación artística. Ciertamente Dupieux no ha perdido tiempo después de pandemia, regalándonos película tras película, exactamente seis títulos desde 2020 hasta la fecha. Un ritmo laboral que domina con creces, además que las cortas duraciones siempre juegan a su favor. Toca pues, adentrarse nuevamente en el fascinante, absurdo y a veces exasperante mundo del siempre interesante Quentin Dupieux.

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