Crítica de “Cerrar los ojos”, de Víctor Erice: La vida en el cine y el cine de la vida

Este pormenorizado análisis del esperado regreso del director de «El espíritu de la colmena», «El sur» y «El sol del membrillo» muta sobre el final hacia la exposición de una experiencia personal que, de alguna manera, avala eso de «los milagros del cine».

Por Juan Andrés Rodríguez



En el cine los muertos vuelven como presente, vuelven del mundo de las tinieblas, del más allá, retornan y se presentan de nuevo con su voz, sus gestos, sus ademanes y demás, pero son fantasmas”
Víctor Erice

“Los milagros verdaderos ya no existen en el cine desde que Dreyer murió”, dice Max (Mario Pardo), un consagrado editor de películas, a su amigo Miguel (Manolo Solo), un director retirado, quien le ha pedido traerse a cuestas el cine en el baúl del auto a un pueblo remoto en la costa española con la fe de que el cine, en medio de una sala abandonada y con un proyector maltrecho, pueda volver a hacer milagros, especialmente uno por el que es conocido: la resurrección.

Este es el inicio de los momentos finales de “Cerrar los ojos”, de Victor Erice, el icónico pero no prolífico director que después de treinta años regresa al largometraje con la que probablemente sea su última película, una que parece un milagro en sí misma y no solo por su existencia, de por sí extraordinaria, sino porque en ella ha logrado algo que poco se ve estos días: un nuevo cine.

Ya sé que esto podrá sonar exagerado, en especial porque en su forma la película no tiene nada extraordinario: una dicotomía de plano y contraplano en los términos más sencillos que se puedan imaginar. Se establece desde la apertura con el encuentro entre dos sujetos: Monsieur Levy, un hombre adinerado, y Monseuir Frank, un investigador privado, contratado por el primero con la esperanza de que pueda encontrar a su hija y la lleve a su lado antes de morir. Es una conversación en varios idiomas que dicta el ritmo de la secuencia con sus divagaciones sobre la muerte, la soledad y el olvido, de un carácter tan poético y premonitorio que sólo pueden pertenecer a la ficción. El dispositivo es revelado con el anuncio de que esta es la primera secuencia de “La mirada del adiós” la última película de Miguel, que nunca pudo ser completada porque en medio del rodaje Julio Arenas (José Coronado), el protagonista y mejor amigo de Miguel, desapareció sin dejar rastro.

De aquí la historia salta en el tiempo treinta años, detalle que deja en claro que se trata de un asunto personal para Erice (como siempre debería ser el hacer una película). Se mantiene firme en estos códigos, depurando la puesta en escena y el ritmo de casi toda elaboración cinematográfica, con excepción de una: el close-up, aquella expresión del cine con la que Dreyer hizo milagros como “La pasión de Juana de Arco” (1928). Solo hay dos secuencias que rompen esta dinámica: las del cine y las de la imaginación. Tan solo en ellas se hace evidente la intención de una composición estética del plano y con este gesto Erice nos deja claro la diferencia entre retratar la vida en el cine y hacer un cine de la vida.

Es aquí donde surge esa nueva forma, ese cine de la vida, con la que se propone al espectador adentrarse en la escena desde el escuchar con atención, mucho más de lo que nos piden las grandes películas en cartelera, para poder conectar con el relato y la reflexión sobre lo que el cine y el arte provoca en la vida. “El cine tiene esa cosa tan rara, ves a un personaje que te dicen que es tu padre. Lo ves de cuerpo entero, con su voz. Era su voz lo que yo mejor reconocía, no su imagen, sino su voz”, dice Ana (Ana Torrent) (1), la hija de Julio, a Miguel. Habla de un padre que nunca llegó a conocer, un sujeto que ha intentado descifrar desde recuerdos vagos de la infancia, a pesar de que varias versiones del mismo se transmiten casi a diario por los televisores.

Efectivamente es muy raro del cine retratar a una persona, en el celuloide o los metadatos desde el paso al digital, con su rostro y forma que no tienen igual, pero que al mismo tiempo no es quien dice ser, porque otro, así sea por un momento, ha usurpado el lugar de ese cuerpo en el mundo. Aún más raro es que cuando ese cuerpo solo sea polvo y cenizas tengamos más certezas que aquel sujeto que no fue en realidad, en vez del propietario de la carne y los huesos.

Pero eso pasa con todas las imágenes, en ellas se ve a alguien que dice ser un padre, madre, hijo, amante, amigo o incluso nosotros mismos, pero de poco valen esas afirmaciones si estas no despiertan en su observador un recuerdo que duerme en su subconsciente, trayendo consigo el resto de imágenes detrás de esa instantánea y entre fragmentos dar forma a aquel individuo. Por eso, no está mal decir que en el cine habitan los fantasmas, entes de semejanza similar a alguien que una vez perteneció a este mundo, pero que ahora entre las tinieblas de una sala y la luz de un proyector recrean la forma de algo indefinido.

Son este tipo de meditaciones sobre la memoria, el recuerdo y el olvido, que circulan a lo largo de la película en forma conversacional, lo que convierte este relato en algo excepcional. No son perfectas, algunas se extienden al punto que pueden sentirse repetitivas y por momentos melodramáticas, pero aun así son muy envolventes y esto es es gracias a la depuración de la forma cinematográfica. Con tan solo rostros iluminados por los reflectores de un estudio, el fuego de una chimenea, el sol y los destellos de un proyector, Erice y su elenco nos transportan y absorben a este mundo que no parece tener nada extraordinario, pero aún así lo es en una ironía propia de lo cinematográfico.

Es un cine que con su sencillez desarma incluso al cinéfilo más curtido (aunque le deja uno que otro detalle) porque nos recuerda cómo es volver a experimentar el cine desde la emoción. Aquí no hay momento que incite la curiosidad o el asombro sobre el cómo fue filmado, no hay fotogramas que por su abundancia de elementos inviten a ser descifrados, pero esto no significa una ausencia de belleza, sino todo lo contrario. Hay una delicadeza simple pero conmovedora, que en los últimos momentos se vuelve sobrecogedora y trae a la piel la sensación de estar viviendo algo que solo el cine puede darnos: un momento de revelación y conexión que solo puede ocurrir en una sala con la luz en la pantalla, el sonido del proyector mezclado con la música y el poder de una mirada a cámara.

Tal vez la mejor forma para expresar ese impacto es hablar de cómo la película trasciende su metraje y visionado, pero no me refiero a su relación con la vida y obra de Erice. Antes de empezar la función, a la cual asistí solo sin necesariamente planearlo y a pesar de encuentros inesperados, ya andaba preocupado con cómo iba a identificar elementos sobre los cuales podría armar una reseña posteriormente. Es un asunto molesto que puede resultar familiar para quienes se dedican al oficio de la crítica y uno muy recurrente en mis últimos visionados: una sobrecarga que lleva al punto donde olvido con frecuencia cómo es experimentar una película desde el asombro, en vez de verla como objeto de estudio. Cada vez es más difícil encontrar películas que hacen de la escritura algo necesario como medio de desciframiento para un manojo de emociones e ideas y no exclusivamente como un medio de análisis.

Eso era lo que estaba ocurriendo en este caso, la película me estaba desarmando y sorprendiendo al decantar todo artificio visual del relato, dejando que el mismo se expresara como lo haría en la vida misma. Pero me sorprendió aún más cuando en plena función la persona sentada a mi derecha, un hombre anciano al cual no le había prestado mayor atención al sentarme por llegar cuando ya habían apagado las luces, se inclinó un poco a mi lado y subiendo el volumen de su voz empezó a comentar lo que ocurría en pantalla. No eran críticas o reproches, sino validaciones de lo que se estaba retratando, a veces describiendo lo que veía y en otras declarando lo acertada que era esta historia sobre como, en el crepúsculo de la vida, lo único que realmente vale son los recuerdos de lo que se ha compartido con un ser querido.

Este acto, que en cualquier otro escenario hubiera encontrado molesto, resultó ser un regalo de lo que algunos llaman “los dioses del cine” o una coincidencia muy afortunada, porque al finalizar la función, bajo el efecto de la película, me anime a voltear el rostro y ver directamente a los ojos a Don Carlos, quien no podía contener las lágrimas mientras me comentaba de cómo sentía aquel relato de forma personal. Su memoria a los 65 años ya empezaba a fallar de a poco, como la incertidumbre de su futuro era atemorizante, pero también un motivo para compartir más en el día a día, compartir con quienes se cruzaran en su camino una parte de sus conocimientos y sus historias porque así dejaba una parte de sí mismo. No le hice preguntas de por qué estaba ahí solo o qué sería de él, tan solo apreté su mano y le agradecí aquel momento que quedará por siempre grabado en mi memoria, hasta que esta con la edad empiece a nublarse.

En resumen, lo que Erice ha logrado aquí es un cine milagroso. Un cine que pretende poco y logra mucho, que sin una forma peculiar es sobresaliente, sencillo pero profundo, y cuyo visionado se siente revelador. Un cine que con el tiempo habrá de resucitar a quienes en sus cuadros habitan, con sus gestos y ademanes, cuya forma espectral se asemeja a muchos otros fantasmas que habitan en las cintas y los discos duros. Un cine que tal vez, en muchos años, iluminará mi mente sumida en el olvido y traerá la imagen de dos dos extraños solitarios conectando de forma insospechada gracias a una película que, al dirigir la cámara hacia el olvido, encontró algo maravilloso y dotó, así sea por instante, el mundo de una gracia propia de la vida en el cine, a partir de un cine hecho desde la vida.

Tal vez, a pesar de lo que digan, los milagros en el cine sí existen después de que Dreyer murió. He aquí uno de ellos.

Nota:

(1) Protagonista de “El espíritu de la colmena” (1974), primera película de Erice y otro de los guiños a su carrera.

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