Luego de varios multipremiados cortos y de una auspiciosa ópera prima como «Matar a Dios» (2017), el catalán Casas ratifica con este segundo largometraje que es una de las más interesantes apariciones dentro del cine de género español.
Por Heraldo Pastor
A pesar del diminutivo en el título, que se refiere a algo en apariencia inofensivo, insignificante, «La mesita del comedor» (2022) bien podría incorporarse en la categoría de película maldita. Esto, por meterse con un tema muy sensible, casi prohibido para un espectáculo popular. Es de esas obras que cuesta recomendar: por un lado, se disfruta por tener una narración con sus virtudes; pero, a la vez, la historia narrada se sufre, sin concesiones, hasta el último fotograma, incluso hasta los créditos finales acompañados por una canción que suena a macabra por el contexto. Es lo que ocurre ante obras notables pero duras como «El Hombre Elefante» (1980), «Irreversible» (2002) y «The House That Jack Built» (2018); o bien otras que coinciden en el tópico de los niños y la violencia: «Tras el cristal» (1986), «Lady Macbeth» (2016), «1922» (2017), «Bruno Reidal» (2021) y muchas otras que el cinéfilo podrá agregar.
El afiche ya hace una advertencia (quizá también una disculpa) cuando dice: «Una cruel película de Caye Casas«. Este realizador venía filmando algunos cortos, siempre en colaboración con otro director. En 2017, presentó el notable largometraje, también codirigido, «Matar a Dios» (muestra de que a Casas no le gusta recorrer caminos rutinarios); y con «La mesita del comedor» debuta en solitario. Es en gran medida un drama familiar con toques de melodrama y comedia negra, y sobre todo incursiona en el terror. Esta categorización la podemos hacer (con la prudencia que requiere esto, dada la flexibilidad de los géneros) si tenemos en cuenta que se articula sobre uno de los miedos de cualquier familia, miedo que el mismísimo Stephen King trató de exorcizar a través de una de sus novelas más populares, «Cementerio de animales» (1983). Se trata de la fractura de un grupo social, en particular el núcleo familiar, como paso necesario para el ingreso del mal, temor burgués sobre el cual el género hace centro con frecuencia.
El discurso de Casas, quien trabajó el guion con Cristina Borobia, presenta varias sutiles referencias al terror; como por ejemplo la mención de la serie «Stranger Things» que hace uno de los personajes, o un póster en una habitación con la clásica imagen de Boris Karloff como Frankenstein y una niña (James Whale, 1931), una ironía brutal del horror que impregna la trama. Hay una gran escena en la que la protagonista, con su carcajada burlona, es representada casi como cualquier bruja de relato de espantos. La escena de epílogo, con los sobrevivientes aturdidos, parece sacada del acto final de un slasher. El almuerzo que comparten los hermanos y sus esposas parece un festín gore. El espectador, como suele suceder en la recurrencias de un género, sabe más que los personajes, va por delante de los acontecimientos; por lo que las palabras del vendedor de la mesita («les va a aportar felicidad al hogar») resuenan nítidamente como una ironía o indicio de una encubierta maldición. La película está sembrada de frases irónicas: «Sonríe a la vida», «No bad days».
A pesar de participar del terror, Casas evita algunas rutinas y se maneja con lo sugerente y ambiguo. Hay muchas películas de la categoría «objetos malditos» u «objetos poseídos» (camas, teléfonos, ascensores, vehículos, colgantes, anillos, electrodomésticos varios, etc.) que presentan un prólogo en el que aparece una víctima previa de ese objeto. El guion de Casas y Borobia lo evita; no obstante, por todas las referencias que mencionamos, siempre campea la idea de lo sobrenatural, tal vez como una posible explicación (paradójicamente tranquilizadora) al horror que vamos a presenciar, aunque de forma sesgada. El relato no nos enfrenta con ello de forma directa; el terrible accidente núcleo de la trama queda fuera de campo; se nos muestran secuelas, efectos (abundante sangre –como en el afiche–, fragmentos de vidrios, rostros desencajados de los personajes, sonidos y silencios) y deja que nuestra imaginación (que puede ser más implacable que una narración explícita) complete y le dé forma al espanto. El realizador español se permite incluso la crueldad de jugar con nuestras esperanzas; y así hay un momento, ya cerca del acto final, en que –como si lo desarrollado hasta entonces no fuera suficientemente conmocionante– retuerce aun más la pesadilla.
El componente trágico
«La mesita del comedor» tiene algo de tragedia clásica, y quizá esto explique la mencionada seducción de una trama tan desgarradora. Uno de los protagonistas, Jesús (nombre para nada casual, seguramente, y no es el único aquí), como el héroe del teatro griego antiguo cree poder escapar del destino. Compra la mentada mesita, a pesar de ser más bien “cutre” (como dicen en España), porque es una forma de imponer su voluntad dentro de un matrimonio en el que su esposa siempre decide todo. No es difícil que nos sintamos identificados con él y los otros personajes (ayudados por la impecable labor del elenco), y hagamos catarsis. En este sentido, uno de los mejores momentos es cuando se produce la mencionada risa burlona de la mujer, y nos posibilita reírnos también, como una forma de desahogo en medio del agobio.
Hay un par de subtramas (la niña vecina, el vendedor que reaparece) que enriquecen el relato; complicaciones que aportan al costado de comedia incómoda que integra la propuesta y aumentan el estupor general, aparte de habilitar otras lecturas. En particular, la intervención de la vecinita Ruth permite identificar una idea que ronda todo el film, de que los hijos no son la bendición que suele predicarse popularmente; no es casual que el parto sea representado como algo perturbador.
El género en su esencia se complace en cuestionar lo establecido. Por eso, estas obras repiten preguntas acerca del sentido de la vida, del sufrimiento, la injusticia y el papel de Dios (muy claro en la mencionada «Matar a Dios»), su plan, el grado de incidencia que pueda tener en el mundo. Cierta coincidencia en los finales de estas dos películas de Casas hacen pensar en una mirada pesimista, una falta de salida ante el dolor, lo cual es lo que hace complicado recomendar una pieza notable como «La mesita del comedor».




Deja un comentario