Por Gabriel Cabot
Un televisor Sharp de 20 pulgadas en plenos años 80, la llegada de una videocasetera, un VHS y un descubrimiento que cambiaría la pasión por el cine para siempre.
Década de 1980. Yo era unos de esos pibes de salir poco. Entre niño y adolescente, lo que más esperaba por esos días eran los viernes para jugar esos partidos interminables y a muerte en el «Suda» y después, con mi viejo, transportar la televisión de la cocina a la pieza que compartía con mi hermano “El Frula” para enganchar alguna película en Canal 11.
La tele la habíamos comprado en Uruguayana en 1982, en un viaje junto a mi Avi y mi Yaya que no tuvo desperdicio (será parte de otra historia). Era una Sharp de 20 pulgadas que no se cansaba de andar, que emitía sus imágenes dependiendo de una antena de esas que se conectaban en el techo y tenía el privilegio de ser el único, ya que por aquel entonces solo existía un televisor por casa.
Es decir, fulbito y después acostarse a ver alguna de acción. El cine y la lectura me fascinaban (aún lo hacen). Mi cabeza era un combo de películas más todas las historias que imaginaba con formato de cine. Por aquel entonces fanático de Julio Verne, Ray Bradbury y Stephen King, era una máquina de disfrutar y soñar.
Creo que, a causa de estas pasiones, y de que no salía los fines de semana, mis viejos hicieron un esfuerzo y solicitaron a mi tío José Luis que le pidiera a una comandante de vuelo que me consiguiera una videocasetera para poder ver las primeras películas en casa, sin tener que esperar los viernes al viejo Canal 11.
Los videoclubes eran un negocio que florecía en los barrios y yo iba al de “Chiche”. Tres películas para todo el fin de semana que veía dos veces cada una. Recuerdo como si fuese hoy la primera elección que hice: Gremlins, Apocalipsis Now y Scarface. Imaginen…
Fue así como un viernes me senté en la cocina (ese era el lugar de “la video” que apoyábamos en un silla de caño y tapizado cremita) y puse el VHS que cambiaría mi vida para siempre.
Estaba solo en la cocina, me acomodé y le di Play. Fue un shock. De inmediato la historia me atrapó, me condujo por donde quiso, me hizo parte de ella. Me enamoré, vi porno, ejercité, me corte el pelo, practiqué frente al espejo, me pregunté: “Are You Talking To Me?” y recorrí las calles de Nueva York en ese taxi amarillo, esperando a que la lluvia llegara un día y limpiara las calles de esa porquería. Sabía que me estaba preparando para la lucha, subí las escaleras del hotel de cuarta y sentí el desenlace en todo mi cuerpo, un baño de sangre. Creo que nunca más tuve la sensación de recibir a través de la pantalla tamaña demostración de violencia.
Extasiado, sin sacar el VHS -se rebobinaba automáticamente-, volví a ver Taxi Driver.
Así comencé definitivamente mi camino en la cinefilia.




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