Cobertura especial del We Are One: A Global Film Festival (Día 10): Críticas de «Ar Condicionado», «Rosalinda» y «Nasir»

Por Alonso Castro Gutiérrez, Claudia Maricel Aguinaldo, Vanesa Berenstein y Celia Sutton

Cerramos la cobertura de películas presentadas en la muestra de YouTube con cuatro reseñas: dos dedicadas a un largometraje angoleño, una sobre un mediometraje del argentino Matías Piñeiro y la restante sobre un largo de la India.


Ar Condicionado (Angola/2020, 73′), de Fradique

Reseña 1

Una película como Ar Condicionado puede recordar a Branco sai, preto fica (2014), de Aderley Quiros; o Field Niggas (2015), de Khalik Allah, en la medida que el retrato que se hace de las comunidades afrodescendientes no cae en la denuncia simplista, ni tampoco en el relato moralista sobre las desigualdades que, por cierto, cada vez se hacen más visibles e indiscutibles. Así como en los films mencionados, por citar dos ejemplos resaltantes de la segunda década del siglo XXI, en Ar Condicionado se discute sobre las condiciones en las que viven esas comunidades, aunque -a diferencia de Branco sai, preto fica y Field Niggas– se representa a la sociedad de Angola -país del África donde se vivió bajo el colonialismo portugués hasta la década de 1970-, conformada predominantemente por personas de raza negra.

Antes de desarrollar el punto que suscita la comparación, se puede partir de la idea que Fradique, quien encabeza el proyecto del colectivo angoleño Geração 80, nos brinda en esta película un retrato del entramado urbano de la ciudad de Luanda. Ese acercamiento no es ni realista, ni tampoco figurativo, sino que oscila entre ambos registros, y adquiere así una atmósfera particular para filmar la vida ciudadana en un contexto donde predomina el calor, el caos y la precariedad en el marco del desarrollo de un fenómeno incomprensible para quienes viven ahí: en relación con el título, los aires acondicionados se desploman de los edificios y la atmósfera caliente, donde además no hay mucha vegetación, se vuelve abrumadora sin distinción de clase social, género o etnia.

Ar Condicionado nos muestra un entorno urbano muy parecido al de ciudades latinoamericanas. Luanda -más específicamente el centro de la ciudad- es retratada de manera asombrosa para ojos foráneos. Su gente, y acá la relevancia de mencionar a las dos películas anteriores, es filmada en su vida cotidiana y sin mayor adorno, pero apelando a lo fantástico también, lo cual nos permite aproximarnos a la cotidianidad de distintos personajes que la habitan en un trance que oscila entre lo realista del retrato y la inmersión de lo figurativo, evocando a lo onírico y fantástico.

En comparación a otras películas que buscan reivindicar las luchas contras las desigualdades que vive día a día la población de raza negra en todo el mundo, en Ar Condicionado la crítica de esa realidad aplastante y desigual se percibe sin priorizar un lenguaje cinematográfico enfocado en lo discursivo. Más bien, a través de su planteamiento entre lo fantástico y lo onírico, el espectador se va insertando a un mundo desconocido al que, intuitivamente, se puede reconocer como distópico, pero al mismo tiempo se puede dar cuenta de ciertos indicios que manifiestan las inequidades estructurales como la pobreza o el hacinamiento, por ejemplo. ALONSO CASTRO GUTIÉRREZ


Reseña 2

Interesante y arriesgada propuesta para ser incorporada fuertemente no solamente en el currículum de tres debutantes en el mundo del largometraje de ficción: Fradique (también se lo conoce como Mario Bastos) como director y coguionista, Ery Claver como fotógrafo y coguionista; y Aline Frazao en la música; sino también para los que nos interesa ver un material futurista, sin ningún efecto especial y ambientado en una gran urbe periférica.

La acción se sitúa en Luanda (capital de Angola), donde un día, sin razón aparente, los aires acondicionados dejan de funcionar y abruptamente comienzan a caer, ocasionando lesiones y hasta muertes. Esa es la información que nos brinda una radio mientras Zezinha (una carismática empleada doméstica interpretada por Filomena Manuel) se traslada en un trasporte público para ir a su trabajo, donde la espera un tranquilo guardia de seguridad llamado Matacedo (José Kiteculo), y un malhumorado patrón. De allí en más se comienza a desarrollar una historia entre lo absurdo, el humor y la profundidad del sentido de la vida.

Resalta el hecho de que cada uno de los personajes, en este mundo apocalíptico, no realiza ningún acto heroico de salvataje a la humanidad, cada cual se encuentra abocado a su tarea: Matacedo con su peculiar toque de solidaridad siempre presente, Zezinha y hasta Mr. Mino, el dueño del taller de reparación devenido en el loco científico que tiene la respuesta a lo que está sucediendo en la ciudad.

Poder presentar en imágenes la vida de muchos anónimos en una gran ciudad no es tarea sencilla, pero hay dos elementos que lo hacen factible en este film, sin caer en un relato de crítica social: la fotografía y la música. En cuanto a la primera se permiten planos interiores que se vuelven tan oscuros como los seres que viven confinados en ese edificio y causar así una sensación claustrofóbica y de ritual de la muerte, al escuchar lamentos y llantos mientras Matacedo recorre los interminables pasillos. La misma fotografía nos lleva a volcarnos en una luminosidad sin enceguecernos, porque el sol jamás brilla en su plenitud, dando el marco de libertad para que el mismo Matacedo comparta en plena vereda una partida de yote o se tome un descanso en la azotea.

La música es el otro disparador esencial. Su construcción despliega las tradiciones del jazz junto al uso de instrumentos tradicionales poco conocidos, posibilitando un viaje onírico. Mientras que el sonido de un rap que nos habla sobre “esa tierra de explotados”, haciendo alusión a la historia de Angola, nos interpela sabiendo que en las figuras de Matacedo y Zezinha y sus tiernos diálogos, están los seres anónimos que nos instan a seguir avanzando por más que sigan desprendiéndose de las paredes los aires acondicionados. CLAUDIA MARICEL AGUINALDO



-Rosalinda (Argentina-Corea del Sur/2010, 42’), de Matías Piñeiro

“Todo el mundo es un escenario,
Y todos los hombres y mujeres meros actores:
Tienen sus salidas y entradas;
Y un hombre en su tiempo puede representar muchos papeles”

Rosalinda, presentada en el We are One por el New York Film Festival como parte del programa de cortos A Passion For Film, es la auspiciosa primera de las películas del director Matías Piñeiro basadas en las comedias de William Shakespeare.

Las “Shakespereadas”, como las da en llamar el realizador argentino, se iniciaron a partir del encargo del Jeonju International Film Festival de Corea del Sur. En una entrevista de 2016 para The Criterion Collection, Piñeiro explica que en realidad estas no son adaptaciones de las obras de Shakespeare, sino que toman algunos pocos elementos como punto de partida, prestando particular atención a los personajes femeninos en un intento por equilibrar la forma en que la gente se acerca habitualmente, enfocándose en las tragedias y en los grandes hombres en lugar de los pequeños pero complejos personajes femeninos.

Un grupo de jóvenes actores está reunido en una isla del Tigre para ensayar la comedia Como les Guste (As You Like It), aquella conocida por el monólogo “Todo el mundo es un escenario”. En el comienzo descubrimos a Luisa, la actriz que interpreta a Rosalinda, finalizando una charla por teléfono celular con quien suponemos es su pareja, llanto incluido.

Rápidamente, y sin anuncios previos, comienza el ensayo y de a poco van apareciendo los personajes-actores que se van sumando mientras se trasladan entre la frondosa vegetación, la orilla del río, los botes a remo, o la galería de la casa, al tiempo que se van sucediendo con agilidad y frescura, los enredos amorosos, los encuentros y desencuentros.

Presenciamos dos juegos de situaciones cuyos límites son ambiguos, las que atraviesan a los personajes de la puesta teatral por un lado y las interacciones de los intérpretes por otro. Las cuestiones sentimentales van entremezclándose y los puntos de pasaje entre el teatro y la vida personal en los momentos de descanso no están definidos claramente.

En palabras del propio Piñeiro con motivo de su estreno en el BAFICI 2011: “casi no hay trama, es muy sencilla. El acento está dado por los dos ritmos contrastantes, el del personaje, Rosalinda, y el de la actriz, Luisa. Dos ritmos diferentes en un mismo cuerpo. El primero el de una actriz y el segundo el de su personaje: Luisa y Rosalinda comparten el mismo cuerpo, pero no el mismo ritmo”.

El día de trabajo termina, los amigos están reunidos jugando a las cartas. El juego elegido, no casualmente, es uno de roles, identidades intercambiables e interrogantes a resolver. Una vez más nos enfrentamos con la multiplicidad de personajes que pueden convivir dentro nuestro… ¿Cuántos papeles podemos representar al mismo tiempo en el escenario de la vida? VANESA BERENSTEIN



Nasir (India/2020, 85′), de Arun Karthick

Basado en una historia corta de Dilip Kumar, Nasir -segundo largometraje de Arun Karthick- se presentó este año en el Festival de Rotterdam y forma parte de la selección que participa en el festival en línea We Are One.

Con un ritmo pausado y reflexivo, Nasir relata un largo y agotador día en la vida de un empleado de una tienda de Saris en un tianguis de Coimbatore, ciudad natal del director, y núcleo de violentos disturbios acaecidos en septiembre de 2016 contra las minorías musulmanas por parte de los movimientos de ultraderecha que promulgan al hinduismo como la única religión legítima del país.

La película se toma su tiempo para comenzar y nos introduce de a poco en el espacio en el que, desde una toma cenital y con iluminación en tonos rojizos, observamos a quien será el protagonista de la historia yaciendo dormido, mientras en off escuchamos un canto oriental sumamente afligido que impregna de melancolía el arranque de la película.

Karthick, con un ojo sensible y hábil para crear encuadres equilibrados, buscando la belleza en lo simple y cotidiano, incluso en los piezas y utensilios que no son precisamente bellos, logra formar cuadros memorables, fotogramas en los que destacan el contraste y el color. Por unos momentos los velos y las telas invaden los planos, obstruyen la mirada y dejan vislumbrar apenas lo que acontece detrás de ellos. Por otros, el agua estancada en charcos o en piletas funciona como espejo para que las imágenes nos lleguen a través de su reflejo.

Asimismo, los planos detalle de las manos entrelazadas, de los tejidos de las telas, los acercamientos y planos cerradísimos de objetos y partes del cuerpo, que de un corte a otro van construyendo un día de la existencia de Nasir y su familia, su esposa y un hijo con cierta discapacidad, nos dejan apreciar algunos rasgos de su sensible y afable personalidad.

Las tomas de los cientos de saris apilados son verdaderamente atractivas; Karthick y Saumyananda Sahi, el director de fotografía, saben sacar provecho a la inmensa variedad de brillantes colores que ocupan los estantes de la tienda.

Ahí dentro somos testigos de algunos fragmentos de conversaciones, de ciertos detalles, de situaciones que van hilando el argumento, y aunque los diálogos son pocos nos ayudan a comprender la problemática tanto económica como familiar del personaje. Pero es sobre todo la hostilidad por la intolerancia religiosa lo que subyace en el centro de la trama, y será su inminencia y consecuencias lo que quedará rondando en la mente del espectador golpeándolo con toda su fuerza, incluso bastante tiempo después de haber visto el film. CELIA SUTTON

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