Con cinco largometrajes, el realizador de «Temporada de patos» (2004), «Lake Tahoe» (2008), «Club Sandwich» (2013), «Olmo» (2025) y la reciente «Moscas» se consolidó como uno de los autores más interesantes del cine mexicano de las últimas dos décadas.
Por Diego León
Las películas de Fernando Eimbcke casi siempre duran un día y se llaman como un objeto. Un cuadro de patos, una calcomanía en un carro, el plato de un menú, unos insectos que nadie invitó. Sin embargo, esa modestia no es real: detrás de cada título hay una familia que se está deshaciendo o, mejor, rehaciendo, y hay alguien que aprende, sin darse cuenta, a sostenerse solo.
Eimbcke nació en la Ciudad de México en 1970 y estudió dirección en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su trabajo, que inicia con videoclips y cortos, desemboca en una filmografía corta pero coherente. De una película a otra cambian los personajes y los paisajes, pero el modo de mirar y la forma de retratar las emociones permanecen.
El tiempo y el espacio
El cine de Eimbcke (te) comprime. Una transformación que, bajo la óptica de otro director tardaría años, cabe en un domingo, en una tarde de vacaciones, en la jornada que sigue a un choque vehicular, en una visita a un hospital. Es una estructura casi joyceana, una odisea doméstica donde lo épico se mide en pizzas que llegan tarde o en repuestos que no aparecen.
El espacio es igual de reconocible. Apartamentos de clase media, multifamiliares, calles de pueblo con tiendas desocupadas, balnearios en temporada baja. Eimbcke nos muestra esta arquitectura de manera casi documental, sin miseria ni idealización. La casa no es un simple escenario sino un sistema, casi un organismo que vive, se enciende, se apaga y se llena de habitantes.
Dentro de ese marco, la historia casi siempre es un rito de iniciación. Sus personajes están en el umbral: adolescentes que todavía juegan y ya desean, niños que esperan a una madre, adultos que deben aprender a soltar. El coming of age de Eimbcke no se resuelve en una gran revelación sino en un pequeño desplazamiento, un roadtrip que se hace con el carro averiado.
La mirada
La cámara de Eimbcke casi no se mueve. Prefiere los planos fijos, largos y frontales, que permiten a los personajes entrar y salir del cuadro, dejándonos en claro que es un espacio que existe antes y después de ellos. Más singular todavía es el lugar desde dónde mira; en reiteradas ocasiones el plano se realiza desde el televisor, desde el interior de un horno, desde un cuadro colgado en la pared. Son puntos de vista desde los objetos, como si la casa observara a sus habitantes pasajeros, efímeros, con la paciencia que ellos no tienen. Esta elección de enfoque ubica a los espectadores de sus películas en una situación de testigos discretos de la acción, de acompañantes de los protagonistas.
Abundan los planos silenciosos de lugares abandonados o detenidos: fachadas descascaradas, andenes con maleza, piscinas en reposo, pasillos y estacionamientos vacíos. En blanco y negro o en color, la imagen tiene algo de naturaleza muerta. El vacío no es decorativo; es el reflejo exterior de un duelo, una separación o una espera que los personajes no saben nombrar.
Silencio y ruido
En el cine de Eimbcke se habla poco y se escucha mucho. Los silencios no son pausas entre diálogos, sino el insumo esencial: miradas que no se sostienen, respuestas que no llegan, personajes que comparten una habitación sin decir nada y aun así se entienden. Eimbcke respeta a sus espectadores o, mejor aún, los trata como sus amigos y confía en que se hagan partícipes activos de estas pausas, que nunca son absolutas porque siempre están los ruidos de la vida doméstica haciendo sentir que el tiempo verdaderamente pasa: el ronroneo de la heladera, el timbre de un horno, un motor que no arranca, el zumbido de una mosca.
Objetos
Los títulos de Eimbcke son objetos que condensan el conflicto de su película en algo que se puede tocar: un cuadro que los padres se disputan en el divorcio, una calcomanía en el auto familiar que guarda un recuerdo, el plato de un menú de hotel convertido en ritual entre madre e hijo, unos insectos que invaden una casa. Estos objetos, o bien unen a los personajes, porque son lo que comparten, lo que los ata a una historia común; o terminan dando cuenta de su separación, porque disputarlos, perderlos o dejarlos atrás marca el paso a la independencia. El objeto tótem es, en el fondo, un termómetro del vínculo.
Familias
En el mundo de Eimbcke los personajes intercambian favores, hacen tratos, ceden un poco para obtener otro poco: quién se queda con qué, quién cuida a quién, quién paga, quién espera. Esas transacciones del día a día sustituyen a los grandes conflictos dramáticos, y revelan cómo las relaciones se sostienen a base de acuerdos frágiles.
La familia es el terreno de esa negociación y casi siempre está incompleta. Hay padres que se divorcian, que mueren, que inventan para sus hijos un mundo ideal que los proteja. Y sobre todo hay madres: madres rotas por el duelo, madres trabajadoras que sostienen solas un negocio y un hijo, madres que no quieren soltar, madres ausentes que esperan en un hospital.
No obstante, nadie crece solo: los jóvenes, que se refugian en dinámicas de juegos y fantasías, siempre pueden contar con la amabilidad de los extraños —un repartidor de pizzas, un mecánico, una vecina, un inquilino—, extraños que terminan ocupando el lugar que la familia dejó vacío. Es la lógica de las aves que migran y se relevan para aguantar el viaje.
El cine de Eimbcke es un sistema de pocas piezas usadas con enorme precisión: un tiempo comprimido, un espacio de clase media, una cámara que observa desde las cosas, un silencio poblado de ruidos y un objeto que significa.
Su apuesta fílmica es un acto de coherencia y de resistencia: Eimbcke reivindica la épica de un día cualquiera. Sus personajes no salvan el mundo; apenas aprenden a soltar, a pedir ayuda o a abrir una puerta, pero en ese gesto mínimo, en ese relevo silencioso entre personas que se necesitan, está todo lo que su cine tiene para decir sobre lo que significa crecer.




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