Reconocido guionista de «El Increíble Hombre Araña» y «Zodíaco», Vanderbilt se basó en el libro «El Nazi y el Psiquiatra», de Jack El-Hai, para su segundo largometraje como director, estrenado en el Festival de Toronto 2025.
Por Franco Révora
Situada en la inmediata posguerra, la película se enfoca en el psiquiatra Douglas Kelley, interpretado por Rami Malek, quien recibe la tarea de evaluar psicológicamente a 22 jerarcas nazis y determinar si están aptos para ser llevados a juicio. Su trabajo gira particularmente en torno a Hermann Göring, encarnado por Russell Crowe. Mientras tanto, un preciso Michael Shannon da vida a Robert H. Jackson, juez estadounidense que se encomienda la tarea de organizar un juicio inédito en sus formas. En ese momento, no existían jurisdicción internacional ni precedentes sobre crímenes de guerra y de lesa humanidad de la magnitud y crudeza de los perpetrados por el nacionalsocialismo en Europa.
De este modo, la película plantea un drama tanto psicológico como judicial. Kelley va entablando una relación que tensiona los límites profesionales con Göring, con un conflicto moral sobrevolando cada escena. El psiquiatra intenta, desde un primer momento, ganarse la confianza del segundo al mando del Tercer Reich, lo que lo lleva a mantener conversaciones cada vez más profundas y personales con su paciente. En paralelo, Jackson enfrenta trabas burocráticas que atentan contra la organización del juicio, pero sobre todo la duda internacional acerca de si los altos mandos capturados debían someterse a un debido proceso o ser directamente ejecutados. En medio de estas dificultades, encuentra en Sir David Maxwell Fyfe —interpretado de forma carismática por Richard E. Grant—, abogado inglés enviado como fiscal por el Reino Unido, un aliado inesperado.
El juicio de Núremberg ha tenido ya varias adaptaciones en cine y televisión. La primera fue El juicio en Nuremberg, en 1961, dirigida por Stanley Kramer y protagonizada por un elenco estelar conformado por Spencer Tracy, Burt Lancaster, Maximilian Schell —quien se llevó el Óscar al mejor actor— y Judy Garland, entre otros. En 2000 se estrenó además una miniserie de dos capítulos protagonizada por Alec Baldwin, Brian Cox y Christopher Plummer como Robert H. Jackson, Hermann Göring y Sir David Maxwell Fyfe, respectivamente. Mientras estos antecedentes se enfocan en la preparación y el desarrollo del proceso judicial, la película de Vanderbilt incorpora como eje argumentativo la figura históricamente opacada de Douglas Kelley y su vínculo con Göring.
Los juicios se concretaron entre 1945 y 1946 en Nuremberg, Alemania, ante un tribunal creado específicamente para la ocasión y presidido por jueces de las naciones aliadas: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética. En ese momento, los detalles más macabros de lo perpetrado por los nazis en los campos de exterminio diseminados por Europa no estaban del todo esclarecidos. Es allí donde la película siembra un juego de evaluación psicológica constante entre los personajes de Malek y Crowe. Dado que Kelley tiene desde el principio el objetivo de escribir un libro sobre su labor, sus motivaciones resultan por momentos ambiguas, lo que lo lleva a acercarse en exceso a un Göring que mantiene en todo momento un tono calculador y megalómano.
Gran parte del film se apoya en las interacciones entre estos dos personajes y en cómo sus vidas personales terminan rozándose. En particular, la ambición de Kelley por comprender en profundidad el gen del mal nazi a través de Göring —para su libro— lo conduce a un vínculo que resulta, a todas luces, incómodo. Es aquí donde el trabajo de Crowe resalta y sostiene los conflictos centrales de la película. Su interpretación, que apela mayoritariamente al tono de voz y la mirada por encima del desempeño físico, logra que el dilema ético y moral planteado resulte por momentos efectivo para el espectador.
El guion, también escrito por Vanderbilt, navega principalmente en esta dicotomía a fuerza de conversaciones amenas, recayendo con frecuencia en chistes y monólogos que alivian la tensión moral pero le restan profundidad. El tono abusa de momentos cálidos entre los protagonistas, que son rápidamente puestos en jaque cuando afloran los horrores de la incursión alemana. Lo humorístico ronda también la dinámica entre Jackson y Maxwell Fyfe, que funciona como un espacio más ligero dentro de la película, aunque queda opacado por la relación central entre el nazi y el psiquiatra.
Así, Nuremberg: El juicio del siglo no logra asentar con total firmeza su tesis —latente tanto de incomodidad como de verdad— respecto de que los peores males de la humanidad fueron perpetrados por seres humanos, pues nunca consigue desapegarse de su propia tribulación a la hora de desplegarla sobre el nazismo.




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