Crítica de “Retratos fantasmas”, de Kleber Mendonça Filho: Del tiempo y la ciudad

Casi en simultáneo con la llegada de la multipremiada “El agente secreto”, MUBI sumó también este documental que es una oda a Recife -ciudad natal del director- en general y a los cines de la ciudad en particular.

Por Olga Gutiérrez

Por un puente circulan un vendedor ambulante de frutas, un tranvía, un vampiro. A lo lejos, ¿un zombi? Una pareja ¿Es humano? Las imágenes se superponen: día y noche al mismo tiempo. La figura que no se distinguía se acerca a la cámara y se revela: es un fisicoculturista, ¿con tortícolis? Un gong marca el tiempo, mientras la voz del director irrumpe: «Yo amo el centro de Recife».

El documental Retratos fantasmas (2023) llegó al Festival de Cannes de la mano de Kleber Mendonça Filho: director, productor y ex crítico de cine brasileño, cuya obra oscila entre la ficción y alguna aislada incursión en el documental como esta. En las salas de Argentina se estrenaron Sonidos vecinos, Aquarius y Bacurau. Su última película, El agente secreto, cosechó múltiples premios internacionales (Mejor Dirección y Mejor Actor en Cannes, por ejemplo) y tres nominaciones al Oscar, incluyendo la de Mejor Película.

En El agente secreto, Mendonça Filho explora los años ’70 en su Recife. En determinado momento, el protagonista interpretado por Wagner Moura encuentra refugio en el cine São Luiz y desde una ventana observa otras salas a lo lejos, el puente y la actividad de una ciudad que parece ajena al contexto represivo de la época. En Retratos fantasmas, en cambio, es un operario quien ocupa ese lugar: apoyado en el alféizar, mira hacia afuera. El plano se repite con variaciones mínimas: un hombre, una ventana y Recife en la profundidad. La persistencia no es casual. La ciudad y sus salas de cine son una obsesión en la obra de Mendonça Filho.

En Retratos fantasmas, esa obsesión toma la forma de un mapa íntimo. Un Recife nostálgico y creativo que recorre la casa familiar y sus pasillos; las calles del centro y sus puentes; los cines, sus escaleras y sus restos; los centros comerciales e iglesias que hoy los contienen.

El director no sólo registra esos espacios: los habita. Lo vemos tomando algo en un bar —si esto fuera Avenida Corrientes, diríamos “de dorapa”— hasta que la cámara sale a la calle y, con ella, nosotros.

Las imágenes de archivo, los videos caseros y las escenas de películas componen un palimpsesto que deja ver las huellas del tiempo y, a la vez, una poética del propio cine. En palabras del director: “Es cuando se junta lo mundano con la imagen cinematográfica que obtienes las películas”.

Hacia el final reaparecen el movimiento, la extrañeza y también el humor. Claves para entrar en una obra que dialoga con toda la filmografía de su director y que puede verse —o revisitarse— antes o después de El agente secreto.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑