Crítica de “Perfect Blue”, de Satoshi Kon: El precio de la fama y la imagen perfecta

La ópera prima de uno de los directores más influyentes de la animación japonesa nos presenta una inquietante y a veces horripilante distorsión de la realidad de una ex cantante pop devenida en actriz que empieza a perder su sanidad mientras se ve rodeada de crímenes que la van involucrando cada vez más.

Por Fabrizzio Trujillo

Con motivo del reestreno de toda su filmografía en nuestro país de la mano de la distribuidora Cinetopia, fue posible revisar Perfect Blue (1997), primer trabajo en la dirección de un maestro del animé, Satoshi Kon, quien a pesar de haber tenido una breve carrera en la industria (falleció el 24 de agosto de 2010) supo dejar una importante huella que influyó a muchos tanto en su Japón natal como en nuestro lado del mundo. 

Es de notar que el cine de animación japonés ha sabido crecer mucho en nuestra cultura colectiva desde la irrupción de Akira, de Katsuhiro Otomo, en 1988, que dio pie a que en Occidente se comenzara a prestar mucha atención al trabajo de otros grandes cineastas como Isao Takahata o Hayao Miyasaki, ambos provenientes del hoy famoso e influyente estudio Ghibli, así como a otros directores como Mamoru Oshii con su espectacular Ghost in the Shell: Espectro Virtual (1995), los cuales dieron una muestra del poder que tenía dicho medio para contar historias más crudas y disruptivas, a diferencia de la animación realizada en Estados Unidos, demostrando así como la grandes historias pueden llegar de cualquier lugar si uno está dispuesto a abrirse a nuevas experiencias. 

En este primer trabajo, basado libremente en la novela Perfect Blue: Complete Metamorphosis, de Yoshikazu Takeuchi, se nos presenta a Mima Kirigoe (Junko Iwao), una consagrada ídolo del grupo musical para adolescentes CHAM! que decide abandonar súbitamente su carrera y dar un giro en su rumbo artístico para comenzar a actuar en una serie de drama policial. Sin embargo, esa decisión la arrastrará de forma inesperada hacia un lugar oscuro de su psiquis, desgarrada entre su pasado como ídola pop, la percepción que sus fans tienen de ella y el inicio de una serie de homicidios que parecen estar relacionados con ella, mientras es acosada por un fanático obsesivo y comienza a perder la noción de lo que es real y lo que puede ser producto de su imaginación.

Desde la primera presentación de Mima y su grupo, Satoshi Kon nos introduce en un mundo poblado de personajes que idolatran a figuras construidas con sumo cuidado y detalle, resaltando la imagen casi perfecta que estas deben proyectar y mantener incluso cuando incursionan en otros medios, como la actuación. Esto se refleja en el trabajo de los representantes de Mima: su manager Rumi Hidaka (Rica Matsumoto), quien en su pasado fue también cantante pop y busca protegerla en su nueva carrera actoral a pesar de sus objeciones; y Tadokoro (Shinpachi Tsuji), su agente, que intenta impulsar la carrera de Mima hacia un rol cada vez más protagónico en la serie policial, aunque ello exigirá que ella se aleje de la imagen inocente y pura que supo cosechar entre sus fanáticos.

En esta obra, Satoshi Kon no solo exhibe el lado oscuro del fanatismo desmedido —que en la actualidad persiste con nuevas figuras y que en algunos casos ha cobrado la vida de celebridades— sino que utiliza el medio para contar una historia de un modo que difícilmente hubiera podido igualarse en imagen real. Para ello despliega todos sus recursos: por un lado, nos fascina con lo artificial del mundo del espectáculo; por otro, nos desorienta respecto de qué es real y qué no, cuando junto a Mima comenzamos a notar cómo la realidad se quiebra y nos hallamos en la duda de si todo forma parte de una trama criminal ficticia o si somos realmente testigos de cómo una mujer ha perdido la razón y se ha convertido en una víctima desquiciada y perturbada.

Como se mencionó antes, a pesar de la corta carrera que Satoshi Kon supo tener, con solo cuatro films en su haber, pudo influir a muchos otros artistas que, como quien esto escribe, se han visto fascinados en su forma de quebrar y remezclar la fantasía y la realidad, y como se vería en los posteriores trabajos de Darren Aronofsky (un artista que ha reconocido la importancia de Kon en su trabajo) en su obra magna Réquiem por un sueño (2000) o la muy comparada Cisne Negro (2010), así como también en la filmografía de Christopher Nolan, con uno de sus más célebres films, el excelente Memento: Recuerdo de un crimen (2001), donde también tenemos al delito como un eje central pero en una presentación de hechos que no solo confunde al protagonista, sino también al espectador, al hacerlo dudar de la propia narración que está presenciando.

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