Los codirectores de “Lluvia de hamburguesas”, la saga de “Comando especial” y “La gran aventura LEGO” parten de una premisa distópica (el riesgo de la inminente desaparición de la humanidad) para luego apostar al humor y a un relato tan simpático como entrañable en el que se luce Ryan Gosling.
Por Sebastián Sasson
Existen miles de películas espaciales bajo la premisa, propia de la ciencia ficción, de la humanidad al borde de la extinción y un grupo de científicos intentando salvarla. Sin embargo, Proyecto Fin del mundo (Project Hail Mary) busca cambiar las reglas del juego.
Recibida con bombos y platillos por críticos y cinéfilos desde sus primeras proyecciones, esta transposición de la novela homónima de Andy Weir, autor también del libro que dio lugar a Misión Rescate (The Martian), de Ridley Scott, a cargo nuevamente del guionista Drew Goddard, puede llegar a ser comparada con gigantes del género como Interestelar o 2001: Odisea del espacio, pero lo cierto es que la película rápidamente toma otro camino. Mientras aquellas obras se apoyan en la épica y en reflexiones filosóficas sobre la humanidad, Proyecto Fin del mundo opta por un tono mucho más ligero e incluso humorístico, que resulta esperable viniendo de la dupla integrada por Phil Lord y Christopher Miller.
La historia sigue a un profesor de ciencias llamado Ryland Grace (Ryan Gosling) que despierta solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién es ni cómo llegó hasta allí. Así, a medida que recupera la memoria, descubre que forma parte de una misión desesperada para resolver el misterio de una sustancia que está consumiendo la energía del Sol y amenaza con provocar la extinción de la vida en el planeta.
Gran parte del tono del film funciona gracias al trabajo de Gosling, quien a lo largo de su carrera mostró dos registros muy marcados: el del protagonista introspectivo y serio (como en Drive, Blade Runner 2049 o El lugar donde todo termina / The Place Beyond the Pines) y otro completamente opuesto, más histriónico, cómico y medio torpe (como en Dos tipos peligrosos / The Nice Guys, Barbie o Profesión peligro / The Fall Guy). En Proyecto Fin del mundo el actor se instala de lleno en esa segunda faceta: su personaje habla sin parar, hace chistes, improvisa, se equivoca, se frustra, se entusiasma y llora.
Más allá de los planteos científicos, que son explicados para que sean fácilmente interpretados, la película se apoya en una pregunta bastante incómoda: qué es lo que motiva a alguien a dar la vida cuando no tiene nada que perder. Sin familia esperándolo ni un hogar al que regresar y aun así con el destino de la humanidad en sus manos.
Es en ese interrogante, en esa disyuntiva, en ese dilema, donde aparece el verdadero corazón de la película: encontrar un motivo para luchar. En un pasaje que puede recordar a La llegada / Arrival, pero con un tono mucho más caricaturesco y con tintes de E.T. El extraterrestre, el profesor Grace cruza su camino con un ser de otro planeta que, lejos de ser una amenaza, se convierte en un gran aliado al compartir su misma misión de evitar la extinción de su propia especie. A partir de ese encuentro, el film cambia su enfoque. Ya no trata solamente de salvar al mundo, sino de algo mucho más simple que es cómo dos seres completamente distintos pueden entenderse y confiar el uno en el otro, en una relación tan improbable como entrañable de la que depende el futuro de la humanidad.
En ese terreno es donde Proyecto Fin del mundo encuentra su mayor acierto. Aunque da lugar a cierta grandilocuencia en sus aspectos visuales a cargo de Greig Fraser (también director de fotografía de Batman y la saga de Duna), además de una banda sonora con guiños a la cultura latinoamericana, como lo son el tango El amanecer y Gracias a la vida, tema de Violeta Parra interpretado por Mercedes Sosa, su fortaleza está en la construcción de un film que en 156 minutos de duración es profundamente humano y que da lugar a las risas, la tensión y, cómo no, a la emoción.




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