Crítica de “Los domingos”, de Alauda Ruiz de Azúa: Identidad y libertad bajo el dominio adulto

Gran ganadora del Festival de San Sebastián 2025 y de los principales premios Goya, la más reciente película de la directora de “Cinco lobitos” aborda el peso de los mandatos familiares que entran en colisión con la vocación religiosa de una joven.

Por Javier Valdez

La reciente ganadora del Goya a la Mejor Película, Los domingos, es un prodigio narrativo al sostener una tensión constante con el espectador y lo que cuenta. Las decisiones personales se convierten en una puja privada entre la vocación religiosa y el mandato familiar de la libertad; un conflicto íntimo que trasciende dicho ámbito y cuyas consecuencias adquieren una dimensión universal interpelando a quienes la presencian.

Ainara (Valeria Sorolla) es una joven de una familia moderna y liberal que, después de una profunda crisis silenciosa, toma la decisión de ingresar como novicia a un convento de clausura. Esto preocupa a su tía Maite (Patricia López Arnaiz), papel que le valió el premio a la Mejor Actriz en los Goya; ella es el eje del conflicto emocional de resistencia al cambio, mientras Iñaki (Miguel Garcés), el padre de la muchacha, intenta sostener el conflicto de su hermana Maite para evitar caer en la devastación, aunque por momentos se muestra apático ante la intensidad de su desespero.

Dirigida por la española Alauda Ruiz de Azúa, de quien conocíamos su ópera prima Cinco lobitos (2022), Los domingos comparte lo cotidiano como escenario de conflictos, lo familiar como núcleo detonante de la historia y el protagonismo femenino. Ella también es guionista y lo hace en un marco donde respeta los viajes emocionales de los personajes, construidos lejos de la intención de que estos den lecciones morales. Este abordaje le valió detractores que cuestionaban su posición ante la elección de fe cercano al panfleto religioso; paradójicamente, la ambigüedad moral de la película denota un enfoque laico, ya que Maite defiende por sobre todas las cosas la libertad individual y es con quien la directora se identifica.

El trabajo de fotografía de Bet Rourich es fundamental, especialmente por la luz que utiliza para remarcar el contraste entre la libertad exterior y la penumbra introspectiva del convento iluminado casi siempre con luz natural a través de enormes ventanales. Un elemento refuerza esa separación física y emocional: las rejas, que separan a las novicias de los asistentes a la misa de los domingos.

La austeridad visual está marcada por una cámara sobria, cortes limpios, economía de planos y movimientos mínimos que delimitan la frontera clara entre estos dos mundos. El rango tonal, visualmente apagado, refuerza el gris cotidiano donde surge el misterio de la fe. Las imágenes buscan capturar lo trascendental e invisible acercándose a la estética de Carl T. Dreyer y Robert Bresson.

Las actuaciones de sus protagonistas ofrecen el contrapunto decisivo para interpretar los traumas de sus personajes. Valeria Sorolla realiza un conmovedor ejercicio de resistencia pasiva: Ainara no habla mucho y, en esos silencios, nosotros, —aunque su elección la haga sentir feliz y plena— vemos cómo entra a un espacio que es otro tipo de encierro, Patricia López Arnaiz evita caer en el cliché actoral; su Maite es compleja y, aunque lucha, ve cómo la Iglesia le arrebata a su sobrina la libertad «de elegir» (con toda la contradicción que implica la frase), ella también condiciona su decisión. Miguel Garcés representa la figura que intenta mediar entre los dos mundos y su actuación dota a Iñaki de una capa de humanidad cotidiana en medio de la tragedia tutelar.

Los domingos ofrece una visión punzante sobre dos instituciones que se disputan el poder y la pertenencia: la familia como la primera institución de control y la Iglesia como institución captadora del cuerpo y el alma de Ainara. El espectador ve cómo dos estructuras (familia vs. Iglesia) tironean a una joven que termina bajo el dominio del discurso y la decisión adulta, subordinando así su individualidad. Es una película de observación y no de denuncia, donde su directora no juzga, sino que expone las estructuras y deja que el espectador sienta la asfixia de ambas.

El film resulta un espejo incómodo que nos muestra que, incluso en una familia, el amor puede ser posesivo y que el dolor de Maite, siendo real, es también el dolor de perder el control sobre el destino (¿dominio?) de su sobrina. Por otro lado, presenta el convento como un lugar de reglas absolutas que exige que el individuo «desaparezca» para pertenecer. Pero Alauda Ruiz no divide el relato en buenos y malos y, aunque no critique abiertamente a la Iglesia, nos deja la inquietud de que, elija lo que elija Ainara, siempre habrá una estructura adulta intentando dominar su identidad.

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