Tras su première mundial en el BAFICI 2025 y su estreno comercial en octubre del año pasado, esta ópera prima se convirtió en un fenómeno masivo en Flow, donde durante varias semanas fue el film más visto de esa plataforma de streaming
Por Sebastián Mateo
Es de noche, está oscuro y Eva se hace un test de embarazo dentro de su auto. La vemos de espaldas, desde el asiento de atrás. Dos rayitas, es positivo. La atmósfera se torna densa, espesa. Ella hunde la cabeza en el volante; no le vemos el rostro, pero oímos su honda respiración e intuimos el galope de su corazón. Sabemos que no hay sonrisas. Prende el motor, va a buscar a su hija y regresa a casa con el secreto a cuestas, dejando en ese auto y en ese instante una parte de sí.
La noche sin mí es la ópera prima de la dupla conformada por María Laura Berch y Laura Chiabrando, protagonizada por una Natalia Oreiro en estado de gracia. Fue producida por Tarea Fina, sello que acostumbra a apostar por el salto al vacío de los debuts, también responsable de primeras obras tales como Alemania, de María Zanetti; Las acacias, de Pablo Giorgelli; y Sublime, de Mariano Biasin, entre otras.
El film de Berch y Chiabrando transcurre en el lapso de una sola noche y en una misma locación; sin embargo, las cineastas consiguen plasmar en ese espacio-tiempo los avatares de una vida entera para una madre sostén de familia. Desde la primera escena, va delineando una comunicación íntima entre la protagonista y el espectador, hecha de gestos mínimos, silencios y cadencias sutiles. Sabemos algo de ella y de su universo que los demás no y compartimos o, mejor dicho, sentimos lo que ella siente, porque esta es una película sensorial si las hay.
De regreso a casa, Eva se enfrenta al monstruo de lo cotidiano y sus demandas. El papel de madre y esposa es uno que hay que interpretar todos los días de toda la vida, con y sin ganas. Se trata de una tarea a la que hay que ponerle el cuerpo. Lo que vemos a continuación es la historia particular de la larga noche de Eva, que se encuentra en una suerte de limbo entre una presencia corporal y una ausencia espiritual: está disociada. Es verdad que se puede estar en un lugar y aun así a miles de años luz.
El espacio doméstico lo integran sus dos hijos, Marcos (Teo Chiabrando) y Julia (Matilde Chiabrando), junto a su esposo Juan (Pablo Cura). El paisaje de una familia en apariencia funcional lo completan otros personajes fuera de cámara: la mascota (la gata que adoptó su hija Julia), un padre enfermo y una hermana que nunca atiende el teléfono. Estas figuras, aunque incorpóreas, tendrán un peso particular en la historia. Están por fuera del núcleo duro de la casa, pero demandan un cuidado y una atención que exceden lo que el precario estado de paz mental de Eva puede dar.
Con recursos técnicos notables a pesar del bajo presupuesto, la película se vale de silencios atronadores y una paleta de colores saturada que contrasta con desenfoques selectivos y encuadres encorsetados en pos de edificar una cotidianidad familiar que, bajo una aparente normalidad, esconde una asfixiante incomunicación. La sólida arquitectura de esta familia tipo se estructura sobre los cimientos del sacrificio personal de Eva, cuyo drama no encuentra válvula de escape.
En un relato de poco más de una hora, sin fisuras ni tiempos muertos, La noche sin mí es capaz de crear una atmósfera en la que se condensan los dramas de una generación de mujeres.




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