Crítica de “Un hombre diferente”, de Aaron Schimberg: La piel que habito

Esta película con Sebastian Stan, Renate Reinsve y Adam Pearson fue premiada en los festivales de Berlín y Sitges, así como en los Globos de Oro, y fue nominada a un Oscar.

Por Lucía Cárdenas

¿Podemos realmente convertirnos en una persona diferente? ¿Queremos cambiar o queremos complacer a los demás? ¿Hasta dónde nos condiciona la mirada ajena?

Aaron Schimberg contó en varias entrevistas que escribe sus guiones partiendo de una serie de preguntas y que rara vez obtiene respuestas. Efectivamente, «Un hombre diferente» («A Different Man»), su tercer largometraje, nos sumerge en una serie de interrogantes que no solo atraviesan la trama, sino que además pueden llegar a interpelarnos a nivel personal.

Escondido detrás de capas de maquillaje, Sebastian Stan interpreta a Edward, un aspirante a actor marcado por una neurofibromatosis que deforma su rostro. Su día a día consiste en observar resignadamente cómo crece la gotera del techo de su departamento, asistir a castings soportando la mirada del mundo que lo rodea y, sobre todo, anhelar de reojo la vida de los demás.

En una de sus rutinarias visitas al médico surge la posibilidad de acceder a un tratamiento experimental, con la implementación de un fármaco nunca antes utilizado. Edward accede y unos días más tarde ocurre lo impensado: el procedimiento funciona. Como si estuviéramos contemplando la escena de una película de body horror, la piel de Edward comienza a aflojarse y resquebrajarse, hasta que él mismo, con sus propias manos, se la arranca por completo. Debajo, aparece el rostro de Stan tal como lo conocemos.

Uno de los temas recurrentes en la obra de Schimberg es la tensión entre los estándares de belleza en el arte y la hipocresía con la que muchos artistas enarbolan el discurso de la inclusión. «Chained for Life», su film inmediatamente anterior, comienza con una cita de Pauline Kael: “Los actores y actrices suelen ser más hermosos que la gente ordinaria. ¿Y por qué no? ¿Por qué deberíamos privarnos del placer de la belleza?”. En esa historia, un director rueda una película con un elenco de personas con distintas deformidades (el homenaje a «Fenómenos» / «Freaks», de 1932, es evidente), pero pronto se hace visible una grieta entre ese grupo y el resto de los actores, revelando el doble discurso que aún persiste en la industria.

Esa contradicción marcada por la inclusión como discurso y la exclusión como práctica se retoma en «Un hombre diferente» con una carga aún más incómoda. Porque además de exponer esta grieta, Schimberg plantea una batalla emocional y existencial, y lo hace con un tono que se sostiene a la perfección a pesar de su extrañeza. Mezclando el drama con un humor mordaz e incómodo, y algunos climas inquietantes que se podrían asemejar al género de terror, lo que veremos a lo largo de su desarrollo es el trágico conflicto interno de un hombre atrapado dentro de su propio ser.

Ante la oportunidad de cambiar de vida, nuestro protagonista decide hacer borrón y cuenta nueva. Con su nuevo aspecto físico, finge su propia muerte para adoptar una nueva identidad, haciéndose llamar Guy Moratz. Pero las cosas no son mucho mejores para Guy. Como actor solo consigue una gráfica publicitaria en la vía pública, que pronto aparece vandalizada con bigotes de Hitler en el subte, y se convierte en objeto de burla entre sus compañeros de oficina. Aunque cambia de nombre y de rostro, Guy nunca abandona el viejo hábito de Edward de observar con deseo, y envidia la vida de los demás. Schimberg acentúa este rasgo con el uso de zooms abruptos que capturan, casi de forma intrusiva, la mirada fija del protagonista sobre las personas que lo rodean, mientras una banda sonora repetitiva y opresiva refuerza la tediosa obsesión del personaje, y funciona como un reflejo de su estado mental.

Esta nueva identidad que prometía libertad se convierte en una prisión, y Edward/Guy, queda atrapado en una especie de limbo: es demasiado distinto como para volver a ser quien era y está demasiado vacío de identidad para avanzar.

Esa falta de pertenencia se intensifica con la aparición de dos personajes fundamentales: Ingrid (Renate Reinsve), una dramaturga que, creyéndolo muerto, decide convertir la vida de Edward en una obra de teatro, y Oswald (Adam Pearson), un hombre con neurofibromatosis que Ingrid elige para protagonizar su pieza teatral. Al igual que en «Chained for Life», nos encontramos con un interés mercenario oculto detrás de una falsa empatía: a Ingrid no le interesa la inclusión, sino el reconocimiento y el prestigio que podría traerle esta obra. Pero lo realmente interesante lo aporta el personaje de Oswald. Si Edward/Guy es retraído e inseguro, Oswald es su opuesto absoluto: un hombre extrovertido, carismático y sociable. Lo que descoloca al protagonista en este caso no es solo la presencia de alguien con su misma condición, sino el hecho de que esa persona no parezca sufrir por ello. La existencia de Oswald subraya la insoportable verdad de que el cambio físico podría haber sido en vano y lo enfrenta con lo irrecuperable. Guy ya no puede habitar su antiguo cuerpo, pero tampoco logra encajar en el nuevo. Lo único que puede hacer es observar en silencio cómo le roban la vida y desesperar lentamente.

Schimberg juega con distintos niveles de representación en «Chained for Life» al mostrarnos una película dentro de una película, y en «Un hombre diferente» va incluso más allá, porque no se trata solo del montaje de una obra de teatro dentro de la película, sino del hombre dentro del hombre. El Guy dentro de Edward. ¿O el Edward que aún existe dentro de Guy? ¿Cuál es la verdadera versión de Edward? Sin darnos cuenta, en un momento de la película una parte de nosotros se está preguntando: ¿Existe una verdadera versión de nosotros mismos?

«Un hombre diferente» puede ser leída como una fábula moral sobre los peligros del deseo de transformación, también como una sátira sobre el oportunismo en el arte, o como una comedia negra con tintes de thriller psicológico. Es todo eso y, a su vez, resulta complejo definirla. Schimberg no entrega respuestas ni moralejas. Lo que hace es invitarnos a habitar el desasosiego sin regalarnos soluciones prefabricadas. De forma audaz, el director deconstruye la corrección política y deja al espectador frente a su propia incomodidad. Una incomodidad que no aparece solo por ver en pantalla cuerpos que el cine suele esconder, sino por dejarnos atrapados en la misma tensión que atraviesa a su protagonista: la de no saber exactamente quiénes somos, ni cómo nos ven, ni cuánto de eso estamos dispuestos a negociar para pertenecer.

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