Crítica de “Mysterious Skin”, de Gregg Araki: Dejarlo todo atrás

El siempre audaz y provocador director de «The Living End» (1992), «Totally F***ed Up» (1993), «The Doom Generation» (1995), «Nowhere» (1997), «Smiley Face« (2007) y «Kaboom» (2010) contó para esta película estrenada en la Mostra de Venecia 2004 con un elenco integrado por figuras como Joseph Gordon-Levitt, Michelle Trachtenberg, Brady Corbet y Elisabeth Shue.

Por Emilio Sillero

Alrededor del minuto 25 de Mysterious Skin / Piel misteriosa tiene lugar una de las mejores escenas de la película. Neil (Joseph Gordon-Levitt) y Wendy (Michelle Trachtenberg) están parados en un autocine abandonado y desolado. Son amigos, casi hermanos, sin embargo entre ellos hay algo más, algo que los separa y los une al mismo tiempo, un grito ahogado que todavía no puede salir. Por ahora, quieren escaparse, dejar todo atrás y empezar de cero. «Quisiera que estuvieran pasando una película ahora mismo«, dice Neil, «Yo también… Una película sobre nuestras vidas«, responde Wendy mientras ambos miran a la enorme y vacía pantalla en blanco. La posibilidad de este desdoblamiento los alivia momentáneamente: si de alguna manera sus vidas, tan reales para ellos (aunque ficticias para nosotros), pudieran convertirse en película, sus angustias desaparecerían con los créditos, sus vidas se disolverían en el negro final y tanto dolor tendría sentido.

Wendy agarra un mutilado parlante y lo coloca contra su oído. «Escucho la voz de Dios«, dice al mismo tiempo que empieza a nevar; por detrás, las guitarras de la banda sonora de Robin Guthrie y Harold Budd se hamacan en el aire. La imagen es de un tono casi fantástico: dulce y tierna a pesar de las circunstancias que la rodean. Acto seguido, ambos miran hacia arriba, hacia nosotros, que flotamos con la cámara en algún punto indeterminado del firmamento. Sonríen. ¿Seremos nosotros, entonces, sus dioses? ¿Será este eje vertical la ruta para su definitivo escape? Al fin y al cabo, está en nuestras manos la oportunidad de permitirles dicha transmutación, de convertir su durísima realidad en ficción. Quizás sea cierto. Quizás esa película que mencionan sea la que nosotros estamos viendo ahora mismo. Quizás el cine pueda ser un camino de salida, el abandono absoluto de las heridas que nos hacen quiénes somos. Quizás… Quizás…

No sé con precisión cuál es la respuesta pero, sin ninguna duda, y a través de este juego de miradas, Araki nos obliga a abandonar el rol de espectadores pasivos en este relato. Hay, repartidos a lo largo del metraje de la película, momentos en los que los protagonistas posan sus ojos sobre la cámara en vez de mirar a un punto perdido en el vacío (como dicta la convención cinematográfica), convirtiéndonos de esta manera en evidentes artífices de la acción. Estamos ahí en cada encuentro sexual de Neil, en la investigación de Brian (Brady Corbet) y, sobre todo, en cada uno de los abusos.

Esta ruptura de la cuarta pared no busca llamar espectacularmente la atención sobre la naturaleza ficcional de las imágenes, sino que va más allá: se establece una nueva relación entre Neil, Brian y nosotros. Somos los dioses de su mundo, los únicos garantes de que su tan ansiada liberación se concrete, y, al mismo tiempo, somos sus carceleros, pues en tanto y en cuanto dicha huida pueda efectuarse, hemos de participar en el desdichado devenir de sus vidas.

La escena final de la película resuena con aquella del minuto 25.

Luego de un largo camino plagado de desencuentros y tragedias personales, Neil y Brian se rencuentran y se escabullen en la casa en la que fueron sometidos a los abusos más macabros. Han de encontrarse con su pasado, del cual uno huye y al cual el otro busca descubrir. Guiada por la narración de Neil, esa tormentosa noche se repite (literalmente) frente a nuestros ojos. De un fuerte y contundente golpe, el relato de aliens y naves espaciales se hace añicos para siempre. La realidad, fría y amarga, se vuelve a imponer. Brian no puede contenerse y rompe en un llanto que es tanto de tristeza como de indignación: no hay escape, no hay fantasía alguna que nos libere de la inexorable prisión de nuestras heridas.

En ese momento, se vuelve a repetir el eje vertical de la escena del minuto 25. De nuevo estamos por encima de ellos, seamos dioses o (¿por qué no?) aliens. Pero no todo es igual. Esta vez Neil nos habla pero no nos ve. Se ha sumergido en su dolor. Por más que lo desee no puede huir, ficción y realidad finalmente se han separado. «Deseo con todo mi corazón que pudiéramos dejar este mundo atrás. Elevarnos como dos ángeles en la noche y, mágicamente, desaparecer», dice, como para llegar a una conclusión. La película termina y su pequeño mundo desaparece.

Aunque pueda parecerlo, este no es un final pesimista (tampoco es esperanzador, por supuesto). Es verdad, no hay escapatoria. Sin embargo, no todo es dolor, hay una chance de salvación o, al menos, de redención: encontrarse con otros. Otros que sufran, así como sufrimos nosotros. Otros que estén ahí para consolarnos mientras lloramos como niños. Otros que se acurruquen sobre nuestro regazo. Otros que se conviertan en compañeros de vida, de dolores y de alegrías.

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