Crítica de “Misericordia”, de Alain Guiraudie: La ley del deseo

Estrenada en el Festival de Cannes 2024, la nueva película del director francés de «El desconocido del lago» combina elementos policiales, eróticos, religiosos y poéticos para constituirse en uno de los mejores estrenos de los últimos tiempos.

Por Cristian Beccaria

Hay una tenue e hipnotizante sensualidad que emana de los rayos del sol penetrando la hojarasca otoñal del sur de Francia. En algunos minutos, un cuerpo comenzará a fermentar bajo la tierra de Sauclières, y en lugar de flores crecerán prepotentes, indomables, casi alienígenas múrgoles, aniquilando la promesa de lo oculto.

Hay algo de impúdico, de insolente, de indecente en la fuerza con que la naturaleza, bajo algunos disfraces, reclama ciertas emociones indefinidas de los mortales. ¿Es la niebla paralizada? ¿El deseo terroso? ¿El crecimiento silencioso de los musgos? ¿Los pasos de los ancestros murmurando sortilegios bajo las hayas y los castaños? Ese es el orbe del francés Alain Guiraudie, uno de los cineastas contemporáneos más notables en el terreno de la libertad. «Misericordia», su séptimo largometraje, podría quizás disputar (y acaso conquistar) el podio de los mejores films estrenados en 2024.

¿Pero qué es, en verdad, la misericordia? No es una pregunta banal. Su forma más nítida parece emerger con la aparición de las religiones organizadas, especialmente con el cristianismo, e implica no solo un acto de empatía, sino también una profunda disposición activa, casi divina, por aliviar el dolor ajeno. En esa entrega absoluta, casi sobrehumana, los dioses occidentales consolidaron su estatus de supremos y divinos: la misericordia parece exceder las capacidades del hombre. Muchas veces, entra en conflicto con la gloriosa y propagandeada justicia de los pueblos civilizados. De hecho, la misericordia incluso irrumpe e interrumpe la lógica del castigo. Nietzsche la despreciaba; Dante la consideraba indispensable para alcanzar el paraíso. Pero ¿y si fuera algo aún anterior al juicio y al lenguaje? ¿Una pulsión primitiva, animal, que nos antecede? ¿Pueden otros mamíferos, incluso, experimentar misericordia? En «Misericordia», Guiraudie explora todas estas posibilidades empapándolas de deseo, ternura y carne, con naturalidad, despojada de prejuicios y moralismos.

Hay un cura, en un pueblo, que se mueve grácilmente por estos márgenes de un modo absolutamente tragicómico. Guiraudie lo filma en apariciones espectrales insólitas, le otorga la ambigüedad de los hombres y le suprime los decoros de los guardianes de la fe, lo muestra deseoso, carnívoro, tierno, impuro, misericordioso.

El cura, en un cierto punto, se enamora de Jérémie, el protagonista del film. Jérémie es un francés que regresa al pueblo para velar los restos del padre de un amigo de la infancia, por quien, aparentemente, sintió una particular atracción. Jérémie provoca esa atracción que producen los faroles de la calle de un pueblo a los cascarudos en verano. O parece, al menos, provocarla. La viuda lo quiere, lo toca, le da la ropa de su marido apenas muerto, se excita viéndolo excitado, lo acuna, lo arropa, le alcanza la toalla mientras se baña. Vincent, el hijo de la viuda y viejo amigo o compañero de Jérémie, siente celos, lo desea, lo quiere tocar, lo quiere hacer desaparecer. Walter, un vecino y amigo de la familia, se paraliza frente a él. No sabe si le gusta, no entiende qué quiere ni él ni el otro, ni qué significa la mano de un hombre que lo toca con deseo a la altura del corazón. Las tensiones se agudizan, y los futuros múrgoles que nacerán debajo de los árboles esperan, deseosos, la llegada de un cuerpo asesinado. Jérémie carga un dolor difuso y se mueve con la torpeza de un zorro herido que apenas se deja ver entre los árboles.

Hay en el cine de Guiraudie una revindicación constante de los cuerpos que desean, y demuestra que también lxs gordxs, lxs ancianxs, los curas, todxs poseen legítimas formas del deseo: una extrañeza en un contexto mundial en el que solo ciertos cuerpos hegemónicos tienen la potestad del deseo con estatus cinematográfico. Guiraudie revierte esa jerarquía y filma el deseo sin juzgarlo, sin someterlo a formas tiránicas del mercado. Y en ese gesto hay una declaración de principios, una postura política y una forma de libertad que merece celebrarse.

Hay dos escenas particularmente notables. La primera es un diálogo en las crestas de Suquet. “El mundo se precipita a su perdición”, dice el cura. Hay un momento de reflexión brutal donde la naturaleza, siempre despojada de moralidad, ayuda a metabolizar y desmembrar moralismos y éticas que pensábamos firmes. La segunda escena es la del cura abrazando a un cadáver con una piedad, ternura y sinceridad tan puras que podría inspirar cientos de generaciones de Michelangelos.

No hay suelo firme, solo niebla y viento. Y dudas. Pero también una forma de fe construida con los restos de la carne, con los pecados cotidianos de los vivos. Una forma de fe en la que el deseo no es enemigo de lo sagrado. Una forma de fe en la que el deseo es lo único que todavía podría salvarnos.

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