Crítica de “Contraté un asesino a sueldo”, Aki Kaurismäki: El amor como símbolo de vida

Estrenada en la Competencia Oficial de la Mostra de Venecia de 1999, esta película del maestro finlandés tiene al mítico actor francés Jean-Pierre Léaud como protagonista.

Por Santiago Fiora

“Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor”. Si bien Aki Kaurismäki no se pronuncia como un hombre de fe ni establece un vínculo intrínseco con alguna religión, este versículo extraído del libro de Corintios en la Biblia resulta lo suficientemente práctico como para describir su cine. El director finlandés ha manifestado en varias ocasiones su desprecio hacia la sociedad capitalista netamente basada en teorías utilitaristas, cuya mirada centraliza y prioriza el tener y producir sobre el ser. “El capitalismo es un crimen” o “Creo en la humanidad, no en el ser humano. Destruimos todo lo que tocamos y vivimos en un planeta que está torturado, muerto o destruido” son algunos de los dichos de Aki, quien resaltan su mirada interna respecto del mundo que habitamos, y de lo sombrío y desolador que puede resultar nuestro hábitat.

No obstante, el director de “Un hombre sin pasado” ha hecho su razón de ser en esta tierra el combatir la vileza que existe en la misma mediante el uso de las artes audiovisuales. La violencia física, el alcohol, las drogas y los vicios son algunos de los disfraces que la maldad se adjudica para decir presente en sus largometrajes. Pese a ello, los espectadores son invadidos por una sensación de esperanza y una luz al final del túnel una vez concluidos sus largometrajes, en los que la belleza en el arte de conectar, sentir y amar es sumamente desbordante. “Contraté un asesino a sueldo”, de 1990, no busca adjudicarse la etiqueta de una comedia romántica banal y carente de contexto. En ella, Kaurismäki se adentra en terrenos oscuros, tales como el suicidio y la soledad, con el objetivo de abrirnos los ojos, y acentuar todo aquello que nos ayuda a conectar con nuestra vitalidad interior e impulsarla hacia el exterior.

La película cuenta con una simple y absurda premisa, que sirvió como fuente de inspiración para “Bulworth”, dirigida por Warren Beatty años más tarde. Henri Boulanger (Jean-Pierre Léaud) es un inmigrante francés que reside en Londres. Luego de ser despedido en su trabajo, a causa de medidas privatizadoras impuestas por el Estado, decide poner fin a su propia vida contratando los servicios de un asesino a sueldo. Sin embargo, todo cambia cuando conoce al amor de su vida, Margaret (Margi Clarke). Desde ese entonces, deberá soslayar los intentos de homicidio por parte del anónimo y también solitario asesino (Kenneth Colley), cuyo tiempo de vida se le escurre de sus manos a causa de un cáncer terminal localizado en sus pulmones.

Si bien existe una discrepancia entre la ciudadanía de nuestro protagonista y la de diversos personajes oriundos de Finlandia creados por el mismo director, llámese Iris en “La chica de la fábrica de fósforos” o la pareja formada entre Nikander e Ilona en “Sombras en el Paraíso”, Henri se sigue sintiendo como una extensión del director de la misma forma que sus ficciones anteriores. Vive en un entorno donde su soledad es la única que acompaña el ruido de sus pisadas y se gana el pan de cada día desempeñando un trabajo tedioso y monótono, el cual transgrede su espiritualidad y a duras penas le alcanza para sobrevivir. Timo Salminen se encarga de capturarlo ante los ojos de su lente en planos estáticos y de casi nulo movimiento, convirtiendo el encuadre en una metafórica prisión para el protagonista y privándolo de recibir compañía alguna de otros individuos.

Lo mismo podemos argumentar para la ciudad que alberga estos acontecimientos. Lejos de ser retratada con el glamour proveniente de la cultura popular, Kaurismäki pone a la ciudad cosmopolita perteneciente al Reino Unido en igualdad de condiciones respecto a las localidades del país nórdico del cual el proviene. Los grises, blancos y azules en tonalidades pálidas resultan expresivos para la retina del vidente, transmitiendo una sensación distante y fría. El sol, de la misma forma que en “Nubes pasajeras”, brilla mayoritariamente por su ausencia durante los 79 minutos de duración. La fuerza del universo cinematográfico que contiene a estas personas recae en su carencia de juicio ante cualquier etnicidad y ubicación geográfica. “La clase trabajadora no tiene patria”, dice Margaret a Henri, palabras que aluden al mismísimo “Manifiesto Comunista” elaborado por Marx y Engels. Dichas inequidades se replican y reproducen indistintamente de la ciudad, país o continente donde se decida poner el foco.

A modo de contrarrestar este descorazonador entorno, el director se apoya en aquellos elementos de carácter superfluo para enfatizar el lado bello de una mundana vida. Particularmente en este film, las flores son uno de los elementos con más carga simbólica a la hora de dar profundidad a una narrativa de exiguo diálogo. “Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores?”, escribía Théopile Gautier en el prefacio de su novela “Mademoiselle de Maupin”. “Piensa en las flores, en los animales y en los pájaros”, exclaman por el otro lado un torpe par de asesinos, intentando persuadir a Henri de revocar su irremediable decisión. Todo aquello que resulta inútil desde un análisis meramente capitalista y beneficioso en términos económicos es lo que termina dándole sentido a la vida misma.

Margaret nos es introducida como una vendedora de flores entrando por la puerta de un bar. Su aparición representa un quiebre en la paleta cromática que se venía utilizando hasta dicho momento. Su camisa con estampado de rosas tan vívidamente rojas como el de su pintalabios y su llamativo sombreado color lila en sus ojos consiguen hacerla destacar por sobre el común denominador en un mundo tan incoloro. Su razón de ser en la película se asemeja a la del personaje de Lena Leonard en la excelsa “Punch-Drunk Love” / «Embriagado de amor», de Paul Thomas Anderson: inyectar una dosis de fuerza espiritual en un ser ermitaño y revitalizarlo, generando un vínculo que comprueba la simbiosis que existe entre el amor y la vida.

El asesino, por el contrario, vendría a representar la otra cara de la moneda de esta hipótesis elusiva de análisis científico que plantea la película. Divorciado y con una hija con la que comparte un vínculo distante, su vida solitaria y carente de afecto va debilitándose poco a poco a causa de su enfermedad. Cuando irrumpe en el departamento de Margaret a esperar a Henri e intentar asesinarlo, ambos se sientan enfrentados en distintos sillones, separados en el plano que comparten por un jarrón de flores marchitadas alusivas a su deteriorada salud. El contraste con el rejuvenecido y revitalizado Henri se efectúa segundos después en el plano sucesor, donde se lo muestra comprando flores en perfecto estado para su amada.

Kaurismäki no solo construye desde lo visual, sino que lo condensa y enriquece con elementos sonoros. Siempre fiel a su melomanía interior, consigue en sus películas explotar el recurso musical para expresar los deseos, pensamientos y emociones de sus personajes con elocuencia, obviando así la sobresaturación del diálogo. Comprendemos que la vida de Henri cambiará al conocer el amor cuando suena de fondo “Don’t Play with Love”, de Little Willie John. De la misma forma, consigue de forma sobresaliente y eficaz ahondar en los sentimientos de personajes secundarios que solo figuran en pantalla en tan solo una escueta escena. Tal es el caso de la propietaria del departamento que Henri alquila, donde gracias a que Billie Holiday esta entonando las estrofas de “Body and Soul” en una estación de radio luego de su despedida, se sobreentiende que la arrendadora tiene sentimientos por su inquilino francés.

Culminando el tercer acto, se gesta el último enfrentamiento entre el enigmático criminal, trajeado enteramente de un opaco color negro y un sobretodo beige por encima, y nuestro protagonista: una poética batalla entre la vida y la muerte, donde sus representantes concluirán su arco evolutivo de forma homogénea. El asesino confiesa sentirse un perdedor y estar a gusto con la idea de morir, puesto que aquello será lo que ponga fin a su miseria. Henri ve en él un espejismo y reflejo de su propio ser al inicio de la película, fatigado a causa del peso de una vida que ha consumido su espíritu. “Esta vez has ganado”, le dice. “Eso es lo que tú crees. La vida es una decepción, adiós”, retruca el asesino, y en un último acto de humanidad, se dispara a sí mismo y perdona la vida de Henri. Para Aki, la compasión es la mayor virtud del ser humano, y es dicha característica la que funciona como puente entre nuestra sensibilidad espiritual propia y la de los demás, aquella que sirve como puntapié inicial en la búsqueda de integración en el mundo.

Kaurismäki ha desarrollado con gran notoriedad la fórmula de fabricar un cine solidario y de gran corazón, con estructuras simples y eficientes, unificadas con matices complejas acerca de las luchas internas y colectivas que atravesamos en nuestra burbuja de cotidianidad. “Contraté un asesino a sueldo” es una oda hacia la vida, la muerte, la humanidad y el amor. Un retrato inmortalizado y perdurable de una sociedad trabajadora y luchadora que, sin ser romantizada, se encuentra en la constante búsqueda de una razón de ser mientras atraviesan los llanos caminos de la soledad, donde la paz interior se encontrará en todo aquello que es bello y se da por sentado, así como también en la permisión interna de conectar y empatizar con el otro desde lo más profundo de nuestro ser.

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