Este tercer largometraje del director chileno Fernández Almendras («Huacho», «Sentados frente al fuego», «Aquí no ha pasado nada», «Hra») fue premiado en varios festivales de 2014: Sundance, Rotterdam, IndieLisboa, Miami y Friburgo, y representó a Chile en los Goya y los Oscar.
Por Manuel Kottow
Jorge (Daniel Candia) es un hombre de familia sencillo, dócil, diabético, algo cobarde, que vive en un barrio proletario con su esposa y sus dos hijos. Trabaja entre árboles grandes y casas vacías como cuidador de un terreno costero. En su oficio es diestro con el hacha y la motosierra, pero la imagen de que no mataría a una mosca está permanentemente impregnada en su chaleco.
Este tercer largometraje de AFA nos propone acompañar a Jorge en una escalada de desencuentros con un vecino particularmente agresivo, El Kalule (Daniel Antivilo), un vendedor de celulares robados. La historia con el Kalule comienza con un relativamente poco violento asalto ante el que Jorge no opone mucha resistencia. Tras ello, su hijo, Jorgito (Ariel Mateluna), intentando recuperar lo robado, recibe un balazo en el estómago, por el que pasa tres meses en el hospital y el Kalule, tras un procedimiento judicial donde la Justicia parece estar más bien ausente, pasa un año y medio en la cárcel. Ese año y medio no se nos muestra, sino que enseguida vemos cómo a su salida los acosos del Kalule se intensifican mediante llamadas, piedrazos y un violento abuso sexual a la hija de Jorge, ante los cuales la familia se ve completamente desamparada. Las respuestas de la policía y los fiscales no son de ninguna ayuda y Jorge, quien ya no vive con su familia, no encuentra la forma de detener la situación.
Es en este estado en el que más se detiene la película, en la frustración y vulnerabilidad de la familia de Jorge, pero especialmente del propio Jorge, que solo va en aumento. Para él, es además el reflejo de su incapacidad para proteger a su familia que lo mira con decepción y lo aleja de sus vidas, y esa incapacidad empieza a afectarlo en el resto de su vida. Dos sutiles ejemplos son las escenas en las que ni siquiera es capaz de encender su motosierra. En esos intentos fallidos se produce un sonido muy similar al del arma del suceso que da el título a la película. Así, entre impotencia y acoso, en Jorge va creciendo una obsesión. Sin embargo, la idea de justicia por propia mano es muy distinta a la práctica y es donde la obra muestra su mayor fortaleza. Porque sufrir la violencia no es lo mismo que ejercerla, aunque parezca la única alternativa. No es lo mismo en términos éticos, pero tampoco física o emocionalmente. El sufrimiento de Jorge no se detiene cuando cambia de vereda, al contrario. Su único grito de impotencia no llega cuando es víctima, sino cuando es victimario.
La película no cae en el camino clásico de mostrar que el paso de pusilánime a cabrón trae satisfacción y poder, a-la-«Breaking Bad». Consumada su venganza, Jorge no recupera a su familia ni su autoestima; por el contrario, su mujer le reclama las llaves de la casa, él sigue tocando tristemente su armónica sobre la cama de un motel y ni siquiera es capaz de conseguir una erección con una prostituta. A esa impotencia se le suman las consecuencias de lidiar con su acto y, además de tener dificultades prácticas que se nos muestran con escalofriantes detalles, la situación le resulta físicamente intolerable.
Aunque claramente es crítica con el sistema legal y policial chileno, y probablemente con cualquier otro que responda con la misma debilidad ante sus transgresiones, la escena final de la película, de cierta forma la reconcilia con esa respuesta estatal. Esa devolución estatal es burocrática, incompleta e insatisfactoria pero moralmente pacífica, o al menos intenta serlo lo más posible. No solo evita la desproporción, sino también la culpa y la falta de herramientas mentales y emocionales para lidiar con ese tipo de actos. Ese final no borra esos cuestionamiento, pero al evidenciar los problemas del camino del ojo por ojo llega a lugares más agridulces e interesantes.
La forma de exponer la violencia parece una suerte de reverencia estética del cine de Michael Haneke que la vuelve tan enervante como atrapante y, sobre todo, muy impactante. No se muestra con grandes secuencias de acción, ni con sorpresas o eventos inesperados, sino con escenas largas, lentas y detalladas de los momentos previos, para que luego el hecho mismo sea tan esperado que podamos comprenderlo con un disparo fuera de campo o con sombras y ruidos nocturnos. También tiene semejanzas en el uso casi siempre de un plano por escena, generalmente fijo o con la cámara en mano siguiendo al protagonista, con pocos cortes, lo que aumenta nuestra tensión y nos involucra más de lo que querríamos en esa violencia.
Las secuencias nocturnas que anteceden a los dos momentos más violentos recuerdan en su tensión a la caminata de la protagonista de «4 meses 3 semanas, 2 días» (2007), del rumano Cristian Mungiu, pero acá no es el sistema estatal el que acosa y se cierne sobre los personajes, sino que son unos individuos sobre otros ante la ausencia de lo público.
La fotografía es muy cuidada y efectiva. Además de las tomas largas y angustiantes con que nos muestran los momentos de más emoción, los planos en los que la naturaleza, mar y bosques, parecen engullir a Jorge, acentuando su soledad y desamparo, son hermosos y muy potentes. La música es puntual pero invasiva, angustiante, muchas veces parecen ser sonidos ambientales, máquinas o aviones, que se distorsionan en la banda sonora.
Se trata de una película económica, tanto en recursos en escena como en la austeridad narrativa y emocional, nuevamente con un guiño a Haneke. Hay pocos personajes, y al único que realmente logramos conocer es a Jorge. No hay grandes momentos de despliegue actoral y, aunque se incluyen varias imágenes fuertes, el impacto pasa más por la acumulación y por el tiempo dedicado en cada evento.
Finalmente, vale la pena destacar que, aunque tiene elementos que la anclan a la cultura chilena, al mostrar el funcionamiento de algunas instituciones se elude una vocación idiosincrática. No se trata entonces de una película exclusivamente sobre la sociedad chilena, sino sobre la vida en sociedad y, especialmente, sobre la condición humana que se pone a prueba en situaciones y momentos límites.




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