Crítica de “Girlfriends”, de Claudia Weill: La simpleza perfecta de la amistad femenina

El primer largometraje de ficción de la neoyorquina Claudia Weill, que tuvo su estreno mundial y resultó premiado en el Festival de Locarno de 1978, fue ganando con el tiempo el estatus de película de culto y en 2019 fue incluida en la lista de títulos a preservar y difundir por el National Film Preservation Board. En la Argentina se conoció como «Susan y Ana».

Por Malena Mastrángelo

Esta película, considerada por muchos como el blueprint del Mumblecore, surge a partir del simple acto de escuchar, observar y aprender de las mujeres que rodean a su directora. Situada en una Nueva York que hoy ya no existe, la de la década de 1970, a pura bohemia, alquileres baratos y pantalones acampanados. La postal es muy específica, pero, al mismo tiempo, narra una historia todavía vigente y que se puede entender de forma universal.

La premisa es de una simpleza encantadora: Susan Weinblatt (Melanie Mayron) y Anne Munroe (Anita Skinner) tienen una amistad sin límites. Se invaden la una a la otra formando, así, una unión simbiótica: Susan es Susan gracias a Anne, y viceversa. De hecho, su traducción al español fue “Las novias” y “Las amigas”, pero ninguna de las dos condensa la combinación de ambos conceptos, que sí lo hace su nombre original: la amistad platónica, como si fuese un noviazgo. El gran giro que se da a los pocos minutos de adentrado en la película es cuando Anne sucumbe ante el mandamiento social hegemónico del casamiento, aun cuando no parece desearlo. Susan, nuestra protagonista, siente que su mundo la abandona y ahora deberá averiguar quién es ella como figura solitaria.

Desde un punto de vista estrictamente estructural y formal, la película sigue el camino de la simpleza artística. Hay un contraste muy curioso que surge con que, si bien gran parte de la narrativa es sobre las ambiciones de Susan como fotógrafa y la curaduría que conlleva ese oficio, los aspectos visuales de la película no parecen seguir la línea de semejante perfección y refinamiento. Esto no quiere decir que cada decisión estética no haya sido deliberada, pero esas elecciones fueron tan precisas como para que el espectador crea que no se pensaron lo suficiente. La luz natural predomina junto con secuencias en las que el objeto de interés, que pareciera ser lo más importante, aparece desenfocado y la atención pasa a estar en el paisaje que nos brinda Nueva York. Como resultado, tenemos una película que nos ofrece una suerte de deslucimiento estético en el que solo pareciera resaltar unos pocos destellos rojos por sobre la monotonía de color.

Sin embargo, en contraste con la poca curaduría que parece ofrecer en términos estéticos, tenemos la edición de Suzanne Pettit, que es la encargada de definir el ritmo de la vida de Susan y, en consecuencia, de la película. Su trabajo es lo que convierte a “Girlfriends” en la antítesis de lo aburrido. Las escenas tienen un ritmo enérgico. En un solo corte podemos encontrar saltos de días e, incluso, de meses en la línea temporal. Es una vida normal como la de cualquier joven adulta en una gran ciudad. Mucho no pasa, pero el trabajo de Pettit, que logró a la perfección, fue que el espectador nunca sea consciente de eso. Es su talento el que hace que este films pueda pensarse como un supercut fílmico sobre la existencia femenina urbana y el malestar juvenil, que luego inspiraría historias clásicas del nuevo siglo.

Nuestras protagonistas piensan que la vida de la otra es mejor, aun cuando ellas son las que eligieron su destino. Lo que una tiene es lo que la otra anhela. No son celos, no es enojo. Es humanidad, realidad. Los primeros minutos nos invitan a entrar a un departamento acogedor, con un silencio que nos obliga a observar el acto tan banal de hervir agua, a ver las paredes decoradas, las fotos colgadas, cómo cruje la madera del piso cuando camina. Todo es real. Una historia sobre mujeres que necesitan reconectar porque sus decisiones cambiaron sus futuros, pero no quiénes son.

“Girls”, de Lena Dunham, una especie de remake feminista de “Sex and the City”, es el exponente más conocido de la tercera ola feminista y podríamos considerarla la hermana Gen Z de “Girlfriends”. De hecho, Dunham mencionó varias veces la importancia que tuvo la obra de Weill en su serie y que la siente como su “inspiración más antigua, a pesar de haberla visto por primera vez hace menos de un año”. Tal fue la influencia que la directora de “Girls” invitó a Weill, que no dirigía desde 2001, a que rodara el sexto capítulo de la segunda temporada de la serie.

Algo similar sucede con “Frances Ha”, de Noah Baumbach. Esta película, que pareciera pertenecer más a su protagonista y coescritora, Greta Gerwig, narra lo que podría ser una secuela de “Girlfriends”: Frances y Sophie, mejores amigas y roomates, comparten todo, hasta la cama. Cuando Sophie se muda a Japón con su novio, Frances queda sola para enfrentar la vida. El paralelismo es claro: Frances se esfuerza por triunfar como bailarina al mismo tiempo que conoce un mundo de gente en las calles de Manhattan.

Una de las escenas más conocidas del film de Baumbach es en la que su protagonista describe lo que más quiere en el mundo: “Es eso que pasa cuando estás con alguien y lo querés y lo sabe, y te quiere y lo sabés… ¡Pero es una fiesta! Y los dos están hablando con otras personas, y se ríen y brillan, y se miran desde el otro lado de la habitación y cruzan miradas. Pero no porque sean posesivos o sea precisamente sexual, sino porque esa es tu persona en la vida. Y es gracioso y triste, pero solo porque la vida terminará. Y es este mundo secreto que existe justo ahí, en público, desapercibido, que nadie conoce”. Al final de la película, vemos a Frances lograr su objetivo cuando mira a Sophie y establecen un contacto visual que lo significa todo.

Al final de “Girlfriends”, el mundo secreto entre las dos amigas se muestra de una manera similar. Después de que Anne no vaya a la presentación de Susan en la galería, esta última va a buscar a la otra a su casa en el campo y, tras una gran discusión en la que Susan culpa a Anne por dejarla, se reconcilian y ella le confiesa que tiene miedo de quedarse sola. El miedo a la independencia lo tienen ambas: Susan, con su vida en la ciudad, y Anne, que había tenido un aborto. Cuando llega el esposo de Anne, Martin, y Susan se despide, ellas comparten una mirada que, como con Frances y Sophie, captura su mundo entero y nos afirma que ambas son el alma gemela de la otra.

Esa humanidad no esquiva al resto de los personajes. Weill le permite a cada uno que aparece frente a cámara, por más mínimo que sea su rol, contar una historia. No explicita problemáticas sociales, sino que las hace parte de sus vivencias y las incorpora naturalmente a sus vidas. Aunque el foco principal esté puesto en la relación entre Susan y Anne —la narrativa logra que el espectador, aún cuando no se habla de ellas, las traiga a colación en su mente— hay una escena en particular en la que se puede observar increíblemente el arte de la economía del storytelling. En ella, el rabino para el que trabaja Susan y con el que va a tener un breve romance, llega a su primera presentación en la galería y, sin decirse ni una palabra, solo observando el ambiente, él entiende que ese día y en ese momento su relación terminó. En esa escena, se presenta una gentileza y humanidad palpable en las actuaciones, propia del Mumblecore y su afición por la intimidad; dos adjetivos principales en cada detalle de “Girlfriends”.

Pasaron más de 40 años desde su estreno y, aunque no tuvo el éxito que se esperaba —incluso Stanley Kubrick dijo no entender por qué— esta obra de Claudia Weill funciona por ser genuina: los gestos matizados, los diálogos, la mise-en-scene; todos son prueba de su veracidad. En “Una habitación propia”, Virginia Woolf dice: “Debía colar cuanto había de personal y accidental en todas aquellas impresiones y llegar al fluido puro, al óleo esencial de la verdad” al hablar de los cientos de libros que existen sobre el feminismo. Esta cita tranquilamente se puede aplicar a la obra de Weill también: si bien toda creación tiene un dejo personal, la directora logra una historia con la que toda mujer se pueda sentir identificada. Una obra universal que llega a mostrar una verdad compartida entre las mujeres del mundo. Ella supo sacarle el provecho a lo mundano. No da respuestas a ninguno de los problemas existenciales que presenta, como la vida misma. Una película que podría haber fallado de forma épica es, hoy, una referencia ineludible para un subgénero.

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