Esta película de 2006 -estrenada al año siguiente en los cines de Argentina con el título local de “Secretos íntimos”- expone algunas de las búsquedas y obsesiones del director de “En el dormitorio” y “Tár”.
Por Axel Rezinovsky
Desde los títulos de inicio, el silbato de un tren a lo lejos anunca —como una amenaza imparable— que una tragedia se acerca a gran velocidad, seguido por relojes cuyo tic-tac parece más una cuenta regresiva.
Las repisas rebalsan de chucherías, especialmente figuras de niños de porcelana, con caras de «¡Oh!» y «¡Ah!», con expresiones congeladas entre la inocencia y una perversión apenas insinuada. En mi casa hay una similar: una nena azotando a un nene en cuatro patas con los pantalones bajos. Siempre me pareció provocador. Ahora pienso que estas chucherías alemanas son la imagen perfecta para entender el tono de esta película.
Todd Field dirige una película que se inscribe dentro de ese subgénero del cine estadounidense que desnuda la hipocresía del sueño americano. Las vidas en estos suburbios de clase media se ven atravesadas por pasiones reprimidas, infidelidades, deseos inconfesables y una tensión constante. Detrás de las cortinas, todo parece calmo, pero en cualquier momento podría estallar. En el universo de “Little Children” uno puede imaginar fácilmente al jardinero seduciendo a una ama de casa desesperada, a un veterano que guarda parafernalia nazi en su oficina, o incluso una lluvia de ranas cayendo del cielo.
Pero la disonancia es inmediata: un pedófilo recién liberado de prisión vuelve al barrio a vivir con su madre y los vecinos reaccionan con una mezcla de histeria moral, miedo y deseo de espectáculo. “¿Tus hijos están seguros?”, dicen los carteles en las calles. En la televisión, una periodista habla de vecinos que “esperan lo mejor o se preparan para lo peor”.
En ese contexto conocemos a nuestra protagonista, Sarah (Kate Winslet), una mujer distinta, desplazada, que siente que no encaja con las otras supermamás que frecuentan el parque. Tiene un máster en Literatura Inglesa, siempre está cansada y suele olvidarse de la merienda saludable para su hija, algo que las otras madres nunca dudan en juzgar con sonrisas pasivo-agresivas. El orden social de esta comunidad está perfectamente delimitado y cualquier desviación se castiga con burla, consejos que nadie pidió o con silencio y exclusión.
No es una típica ama de casa suburbana como las demás’, cuenta la voz en off omnisciente en tono mordaz —que muchos puristas critican pues “nunca debería existir la voz en off”—, como una mezcla entre narrador de audiolibro y un dios sarcástico. Le da al film una textura literaria, como si estuviéramos leyendo una novela de supermercado que se atreve a tocar temas trascendentales… Uno de los mayores aciertos de esta película.
Y entonces aparece el Prom King: Brad (Patrick Wilson), con su hijo en los hombros, zapatillas deportivas y remera dry fit. Las mamás lo miran. Sarah también. Y nosotros. Es un padre joven atravesando la crisis de la mediana edad que se refugia en el recuerdo de sus días como quarterback y sueña con andar en skate y huir de un presente que no le complace. Su masculinidad se deshace entre intentos fallidos por aprobar el examen de abogacía y la figura de su esposa Kathy (Jennifer Connelly) como sostén económico: un matrimonio que oscila entre la atracción, la conveniencia y la costumbre.
Y así es que el amorío entre Sarah y Brad resulta inevitable. Pero lejos de idealizar este romance, el guion lo construye como un escape torpe, peligroso, entre dos personas atrapadas en matrimonios que los asfixian, donde el deseo no está en los cuerpos sino en la fantasía de huir de sus rutinas.
Hay una secuencia en la que Sarah descubre que su marido, cada día más ausente, se masturba todos los días con Slutty Kay, una actriz porno online. Así que Sarah compra una malla enteriza reductora roja, un talle menos, para ir a seducir a Brad a la pileta municipal. Y esto resume toda la esencia del personaje: su hambre por una alternativa. Y en el club de lectura, nos regala una de las mejores metáforas del film al defender a Madame Bovary: “Está atrapada. Pero puede elegir entre aceptar tener una vida miserable o luchar contra eso. Y ella elige vivir, elige luchar, rechazando una vida de infelicidad. En su extraña manera, es una feminista”. A lo que su rival en el club de lectura le responde: “Es una puta”.
¿Y el pedófilo? Su nombre es Ronnie, y uno de los mayores riesgos (y logros) de esta película es hacernos empatizar, al menos un poco, con quien menos lo imaginábamos y a representar al perpetrador como un ser humanos roto, con impulsos patológicos y grietas irreparables, en lugar de reducirlo automáticamente a una escoria sin posibilidad de redención. Jackie Earle Haley —que también hizo de Freddie Krueger en la remake de“Pesadilla en lo profundo de la noche” / “Nightmare on Elm Street”— logra convertir a lo que parece ser un depredador implacable en un personaje con humanidad. En tiempos donde la cancelación es inmediata y los grises ya no tienen espacio, “Little Children” se atreve a mostrar lo que muchas veces ni queremos imaginar.
La dirección de Todd Field, ya elogiada en su ópera prima “In the Bedroom” (“En el dormitorio”), entiende algo que otros no: lo perturbador no es la tragedia en sí, sino la posibilidad de que nunca pase nada. Que todo siga igual, con el deseo intacto pero reprimido, escondido detrás de puertas blancas y jardines prolijos. Los secretos no están ocultos: están a plena luz del día. En su más reciente film, “Tár” (2022), Cate Blanchett interpreta a la furiosa directora de orquesta Lydia Tár, que ha sido cancelada por acusaciones y errores del pasado. ¿Quizás hay algo de esta exploración de la cultura de la cancelación en la persecución incansable de los vecinos del barrio con el “pobre” Ronnie?
Adaptada por el propio Field junto a Tom Perrotta, autor de la novela original, “Little Children”despliega una narrativa coral en la que los personajes no son buenos ni malos: son ridículos, frustrados, patéticos, contradictorios; es decir, humanos. Adultos inmaduros que se comportan como niños pequeños, que cometen estupideces en cámara lenta, se rigen por pasiones prohibidas, pulsiones incómodas y juegan a las escondidas bajo la fachada de una vida perfecta.
En ese sentido, “Little Children” dialoga con lo mejor del cine de Todd Field en su capacidad para leer lo que se esconde detrás de lo aparentemente normal. Entiende muy bien que los secretos más oscuros no se esconden en habitaciones cerradas. La película no ofrece redención ni castigos ejemplares. Al final, nadie sale ileso. La tragedia no es el escándalo, sino la continuidad. La tensión está en que todo siga igual, como si nada. Porque el deseo no desaparece, sólo se disimula mejor.
La fotografía de Antonio Calvache aporta una belleza pictórica, con travellings suaves y primeros planos cargados de tensión. Hay muchas escenas inolvidables, como aquel precioso montaje de transiciones fluidas en la pileta municipal que relata el principio y desarrollo de la relación entre los protagonistas, con Sarah estrenando su malla roja, terminando en la escena en la que el pederasta se zambulle en esa pileta llena de niños. Y todo acompañado por la música de Thomas Newman —también compositor de la banda sonora de “Belleza americana” (1999)— crea una atmósfera inquietante, densa, perturbadora, e insiste: esto no es un romance idílico. “Red Bathing Suit” es el título de una de las canciones más lindas y acertadas de la película. Hay romance, hay tensión, hay amenaza. Y hay mucha oscuridad dentro de cada personaje, todo maravillosamente orquestado por una dirección precisa.
Hay algo admirable en la valentía de esta película para abordar temas tabú como la pedofilia sin caer en la espectacularización ni en el morbo. Lo que queda, después de verla, no es una gran escena impactante, ni una revelación catártica, sino la sensación de haber presenciado algo turbio pero tristemente familiar.
En la Argentina la tradujeron como “Secretos íntimos”, como si fuese otra novela turca, pero prefiero la ironía de su título en inglés. “Little Children” es mucho más que una crítica a la vida suburbana. Es una película sobre la tristeza, sobre el deseo, sobre la imposibilidad de la redención. Esta fábula evita resoluciones limpias. No hay castigo ejemplar ni redención luminosa. El final no consuela: deja una sensación de incomodidad pegajosa, difícil de quitarse de encima. Lo que queda es el eco de una verdad incómoda: que nadie está realmente a salvo. Y mucho menos los niños.




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