Mucho antes del éxito internacional con «La favorita» y «Pobres criaturas», el director griego ya proponía un cine extremo, audaz, incómodo y provocador.
Por Gonzalo Cané
“Las nuevas palabras del día son: mar, autopista, excursión y escopeta. Mar es el sillón de cuero con apoyabrazos de madera como el que está en la sala. Ejemplo: No te quedes de pie, sentate en el mar para que conversemos. Autopista es un viento muy fuerte (…)”. Las miradas perdidas aunque curiosas de tres hermanos siguen atentamente las palabras de un viejo reproductor de cassettes. Así comienza “Colmillos» (2009), que llevó a su director Yorgos Lanthimos de su Grecia natal a triunfar en el Festival de Cannes, donde ganó el premio Un Certain Regard, y le valió a su vez una nominación a Mejor Película extranjera en los premios Oscar.
En “Colmillos” (en España y algunos otros países se estrenó como «Canino»), escrita por Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou, se narra la historia de una familia peculiar. Un matrimonio (Christos Stergioglou y Michelle Valley), a quienes conocemos solo como Padre y Madre, y sus hijos, la Mayor (Angeliki Papoulia), la Menor (Mary Tsoni) y el Hermano (Christos Passalis), viven en una casa con jardín de la cual no salen (con excepción del padre). Como en otras películas de Lanthimos, el tema son los vínculos y en este caso en particular la institución familiar.
Luego de la comedia “My Best Friend” (2001) y la experimental “Kinetta” (2005), Lanthimos realiza “Colmillos”, donde elementos que con el correr de los años se volverán característicos de su obra. Por ejemplo, es posible pensar “Comillos” como un díptico con su siguiente film, Alpes” 2011). Ambas comparten la indagación acerca de la familia y, si en la primera se observa la vida cotidiana de ese núcleo encerrado en una casa, en la segunda un grupo de personas se ofrece a representar al interior de distintas familias el rol de una persona fallecida. Ecos de esa trama tal vez se encuentren en “Family Romance, LLC” (2019), de Werner Herzog.
A continuación, “Langosta” (“The Lobster”, 2015) se aleja de la cuestión familiar para pensar las relaciones de pareja. En el mundo absurdo en el que se narra la historia, las personas solteras asisten a un hotel en el cual tienen un límite de tiempo para formar pareja o son convertidas en un animal. Afuera, en el bosque, un grupo rebelde milita una rigurosa soltería. En el medio, las posibilidades de elegir y crear un vínculo real se tornan cada vez más difíciles.
Otro díptico posible sea tal vez “El sacrificio del ciervo sagrado” (“The Killing of the Sacred Deer”, 2017) y “La favorita” (“The Favourite”, 2018). En este caso el ángulo es el trabajo, los vínculos que genera, las emociones que despierta y la culpa (o la ausencia de ella).
En “Comillos”, el Padre, la figura patriarcal, con su rictus inconmovible, seco, distante es el único que tiene contacto con el exterior. Trabaja y trae provisiones (sin etiqueta, volveremos a este punto). Un accidente, le cuenta a un compañero de trabajo, es el motivo por cual su mujer ya no sale. Nada de eso es verdad pero la verdad, veremos en el film, cobra otras formas frente al miedo, la inseguridad y la voluntad de controlar.
Efectivamente, el control es uno de los temas de la película. Más bien el autoritarismo. Los miedos, acaso el terror, trastornan el amor paternal y su natural inclinación al cuidado y la protección de los suyos en un sistema de control que aísla completamente del exterior a su familia encerrándola en la casa. Sin embargo, lo llamativo en el film es el tono con el cual se cuenta. Si en “Colmillos” la familia es una cárcel donde da el sol y las extravagancias se suceden en cada escena, esto es incómodo (y por momentos aún terrible) solo para el espectador. En ese sentido, recordemos la película mexicana “El castillo de la pureza” (1972), dirigida por Arturo Ripstein. Con una premisa singularmente idéntica, la diferencia se encuentra principalmente en el tono y en el modo en que los personajes viven la situación que les toca atravesar.
Los hermanos entre la curiosidad y cierto salvajismo primitivo se entretienen en el perímetro en el que existen. Hacen juegos de resistencia, corren por el jardín, coleccionan stickers y compiten entre ellos por ver quién elige la actividad a realizar después de la cena. Las actuaciones caracterizadas por gestos mínimos y toscos muestran inocencia y causan una impresión de material en bruto. Es la inocencia que el Padre intenta preservar. No obstante, ciertas fisuras empiezan a crecer en el muro que protege a la familia. Christina (Anna Kalaitzidou) encargada del garage en el trabajo del Padre visita la casa a pedido de él para tener relaciones sexuales con el Hermano a cambio de dinero.
El sexo, en este sentido, se presenta como una necesidad fisiológica a atender. Las relaciones sexuales del Hermano con Christina, administradas por el Padre, tienen un carácter preventivo. No las impulsa el deseo (ella cobra, él solo cumple) sino, intuimos, el temor del Padre. En otro caso advertimos deseo pero surge de Christina hacia la Mayor. Comparten cierta intimidad pero el deseo es de la primera, a la Mayor solo le importan los objetos llamativos del exterior que Christina le pueda proveer. En otro momento y bajo circunstancias especiales una de las hermanas tiene relaciones sexuales. Ahí tampoco hay deseo sino, de nuevo, una sexualidad administrada cuya función solo podemos intuir y contemplar con incomodidad. Recordando nuevamente “El castillo de la pureza”, una serie de escenas en las cuales las tensiones sexuales crecen y se multiplican, el contrapunto con la película del griego es notoria.
En el film predominan los planos fijos, recurrentes incluso cuando implican dejar a los actores con la cabeza fuera de plano. La cámara solo se mueve en contadas situaciones como ser ciertos juegos en el exterior. La bella fotografía de Thimios Bakatakis ilumina esos primeros planos que destacan las miradas profundas y curiosas de los hermanos así como la atención vigilante y distante del Padre y la Madre. La atención fija de la cámara junto a la ausencia de música (salvo por un par de escenas en las cuales los hermanos tocan algún instrumento) contribuyen al efecto inmersivo que la película genera frente a la extrañeza de las situaciones que atestiguamos. Cuando la música aparece asistimos a dos de las escenas más graciosas (¿es el término?) de la película: por un lado, el pequeño recital de guitarra clásica del Hermano con coreografía a cargo de las hermanas que termina en un frenesí con vibras de Flashdance y, por el otro, la única canción que oímos sonar “Fly me to the Moon”, del ‘abuelo’ Frank Sinatra con una letra inusual.
Si extrañeza es un nombre posible para la sensación que invade a quien observa desde lejos a la familia, cierta naturalidad en lo insólito caracteriza a padres y hermanos. Sin embargo, algo late por debajo. Y, como indicamos anteriormente, ciertas grietas se producen en el muro.
“Ojalá que tus hijos reciban los peores estímulos y se vuelvan malos”, le dice el Padre a Christina luego de un altercado que termina mal. Ahí se esconde una pista para desentrañar al guardián de la familia. El amor parental se vuelve obsesión por el control y frenética inventiva autoritaria bajo la noción de que cualquier contacto con el exterior puede corromper a los hijos. De ahí la manía por sacar las etiquetas de todos los productos que ingresan al hogar, el miedo fatal que conmina a no pisar bajo ningún motivo el piso más allá de la propiedad no sea que mueran (ni el padre puede pisarlo, solo lo cruza con el auto). Del otro lado del muro vive un hermano misterioso del cual nada sabemos (tal vez una de las sugerencias más oscuras de la película).
Sin embargo, las grietas aparecen en forma de videos. Son películas que vía Christina llegan a una de las hermanas y abren un pequeño mundo nuevo. Más allá incluso de estos resquicios de luz exterior, algo late dentro. Un ansia de libertad. La Menor se educa sola con un libro de medicina y se le ocurre que un golpe en la rodilla del Hermano puede ser la mejor ocasión para aplicar sus conocimientos. La Mayor aprovecha la cercanía con Christina para hacerse de objetos fascinantes del exterior. En este contexto, y según aprendieron del Padre, al caer el diente canino, el colmillo, los jóvenes pueden salir al exterior. La Mayor espera con ansias el momento. Intuye que se mueve y está flojo incluso contra la opinión de su hermana.
La familia como cárcel y el amor de los padres devenido control obsesivo de la vida cotidiana de los hijos son los temas que transita “Colmillos”. Pero hay más. El tono y el clima de la película que bien pudo haber sido de acuerdo a las condiciones de vida que observamos tenso, asfixiante es en cambio distinto. Advertimos en este punto una marca singular del film.
Con elementos que recuerdan al cine de Luis Buñuel, Lars von Trier y Michael Haneke, las películas de Lanthimos se mueven entre el absurdo que genera a la vez sonrisas e incomodidad. Provocador a partir de historias y situaciones insólitas, con destellos de violencia puntuales y certeras, sus films indagan, como señalamos al inicio, aspectos precisos de las relaciones humanas: la familia (“Colmillos”, “Alpes”), la pareja (“Langosta”), el trabajo (“El sacrificio del cierto sagrado”, “La favorita”).
En el caso de nuestra película, la disfuncionalidad familiar, hija de quizá un trauma pretérito, engendra miedo e inseguridad que se traduce en control y autoritarismo pero esta situación como algunas veces en la vida solo se observa y es nítida desde el exterior para ojos ajenos al entorno familiar. El encierro que implica el trauma, los límites que traza en la película se vuelven reales, físicos y circundan el jardín. La extrañeza que percibimos, nosotros espectadores, al compartir momentos de la vida cotidiana en la familia, lo insólito que por momentos nos hace sonreír, luego nos inquieta y termina por sacudirnos cuando la violencia, cruda, nos salpica un poco. De este modo, la mano hábil de Lanthimos nos induce en su pequeña pesadilla doméstica.
El otro acierto del film está en su incursión en el lenguaje. Como señalamos al principio, nuestro primer acercamiento a la familia es a través de una voz impersonal que en el eco de un baño enseña que la palabra autopista hace referencia a ‘un viento muy fuerte’. Esa y otras definiciones juegan con las palabras como un cadáver exquisito de la vieja poesía surrealista. Que la verdad se conjuga en las palabras y la libertad anida en el nombre se puede notar en el hecho de que los protagonistas de esta historia no tienen nombre propio sino una palabra que más bien designa su lugar-función en el sistema familiar (Padre, Madre, Hermano, Hermana Mayor, Hermana Menor). En esa línea, cuando una de las hermanas siente la inquietud de la libertad decide que quiere que se refieran a ella como Bruce.
Más allá del lenguaje, la libertad también late en el cuerpo. No en el sexo, que parece no interesarle a ninguno particularmente, sino en el baile por momentos frenéticos y sobre todo en el colmillo y la posibilidad de que se caiga: signo de liberación, entusiasmo, emoción. Así y todo, el castillo fantástico que el miedo y el trauma construyen en una solitaria casa amplia con jardín ofrece también sus momentos sencillos y alegres. En esos días de sol en la pileta en que un zombi es una pequeña flor amarilla y la escopeta un hermoso pájaro blanco.




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