Crítica de “Beanpole”, de Kantemir Balagov: Una pincelada color verde en la devastada Leningrado

Análisis del uso dramático del color en esta notable película estrenada en 2019 por el director ruso de “Closeness”, discípulo de Alexander Sokurov.

Por Victoria Malter Terrada

En 2005 Patti Bellantoni publicó “If It’s Purple, Someone’s Gonna Die: The Power of Color in Visual Storytelling” arremetiendo contra la obsoleta teoría que Goethe había impuesto. Este libro, manual de revisión para muchos cineastas, completa su recorrido tras la publicación de “Psicología del color”, último bastión de la reconocida Eva Heller. Ambas analizan el elemento cromático desde su influencia en la recepción y en el impacto que suscita el mismo sobre los sentimientos humanos. Como tesis del análisis las autoras comprenden que, en una serie de combinaciones, el color se catequizará como una poderosa metáfora de imbricación: pintar de verde dirá Heller, evocará sentimientos tales como la esperanza, lo natural y lo agradable; para Bellantoni, el rojo en la pantalla, opuesto complementario, denotará sentimientos como la agresión, la pasión, lo prohibido y lo muerto. Así, el color dejará de ser una capa más para convertirse en el elemento plástico cinematográfico más atractivo, sobre todo en directores que sabrán aprovecharlo. Allí donde la palabra no se invoca y se lleva impuesta al silencio, la constitución cromática alumbrará como metáfora y salvoconducto de emociones que respalden y construyan complejidades psicológicas, simbolismos, identidades, atmósferas y estilos. En esta línea, pero desde otra orilla, se ubica “Beanpole” (2018) la última película de Kantemir Balagov para incitarnos a pensar: ¿Qué significa el verde y el rojo? ¿Qué representa el color?

Con el paso de los años, la historia del cine ha demostrado que el color, como herramienta dentro de la puesta en escena, es un elemento que muchos autores intentan dominar. Uno podría enumerar a cuentagotas los casos más conocidos: El uso del rojo en las películas de Stanley Kubrick para lograr ciertas perturbaciones, el mismo en las películas de Pedro Almodóvar para componer desde lo emocional y lo narrativo el deseo, el dolor y la identidad femenina; o la tríada cromática azul / rojo / blanco de Krzysztof Kieślowski, en la que la paleta resonante representa, refiere y acompaña el crecimiento emocional de sus personajes, estructura la narrativa y emana una postura político/filosófica. Así, en Balagov la cuestión del color redobla la apuesta al invertir sus roles; rigor que determina un reconocimiento, un análisis y una aceptación crítica.

Recorriendo su trama, “Beanpole” nos traslada al Leningrado de posguerra, lugar de acción militar de la Alemania nazi. Desde lo abyecto y lo devastador, la cámara describe secuencia tras secuencia ese momento de reconstrucción: heridos y enfermos en hospitales, malestar y hambre en las residencias, violencia y destierro en las calles, y el cuerpo como instrumento de poder ¿Cómo abordar tanta desidia? Aunque el guion busque centrarse en dos de sus sobrevivientes, la servicial y bondadosa Iya y su mejor amiga Masha, el color aquí se postula como el verdadero protagonista. El conflicto ha dejado sufridas y marcadas consecuencias en todos los estratos, los vestigios de lo postraumático rememoran aquella frase certera que dice que la guerra disocia al cuerpo del alma, por eso el empaste de los deseos, los vínculos y la amistad serán claves para que no gane la ley de la selva.

Retomando la cuestión plástica, “Beanpole” tiene la virtud de hablar desde los ojos y por contraste, es decir, de construir con componentes estéticos, como la saturación cromática del rojo y el verde, para encapsular y re-significar lo que se muestra en la pantalla. Por eso son detonantes claves no solo en la reconstrucción escenográfica sino también en lo simbólico, al teñir estados y delinear atmósferas.

Si ambas tonalidades fueron utilizadas comúnmente para hablar de esperanza en el caso del verde y de pasión en el caso del rojo, aquí se disocian y pierden su identidad. El verde se tiñe de daño, el rojo de represión; el verde acarrea toxicidad más que serenidad, el rojo dialoga con la miseria más que con la pasión. Así, las heridas físicas y morales empapelan papeles, visten ropajes, comparten presencias, porque ya no hay simbolismo que valga cuando lo moral y lo ético se ha desvanecido con la guerra.

Hay una bellísima escena en particular que ubica al personaje de Iya, a Masha y al médico en una habitación. En un acto cuasi performático, Masha insiste con la idea de que su amiga engendre un hijo porque ella “está vacía”. Así, el personaje lleva al extremo la cuestión al obligarla a concebir con el médico, situación angustiante donde la idea del cuerpo como territorio, aquello contra lo que el feminismo tanto ha batallado, se disipa. Aquí el matiz es testigo de lo que sucede y cada elemento pictórico del encuadre está diseñado cual pintura: la escena se pinta de colores apagados tras planos que nos venían acostumbrando a la saturación cromática, porque el director comprende que no es el momento de que sea la estrella ante tanto flagelo. Verdes sucios, un beige pálido y sombras marrones, una paleta opresiva que no evoca contención emocional sino más bien vulnerabilidad extrema, claustrofobia, negación total de intimidad y una enfermedad sosegada. A este ritmo, uno podría recortar fotograma a fotograma y entender el reto que propone la película, de que ver un film no es solo un trabajo de expectación sino también un compromiso humano.

“Beanpole” es mágica y única. También recuerda a pinturas e interiores de Edward Hopper, donde los cuerpos están presentes pero emocionalmente distantes porque los colores toman su protagonismo, pero las excede porque la construcción visual hace que se nos imposibilite desligarnos de la pantalla, aunque se estén representando lo más hechos más duros e incómodos que el quinto arte puede mostrarnos. Poniendo en escena un relato clásico y nunca ajeno sobre las penurias, el hambre, la soledad, la muerte y las heridas físicas y morales, el film logra transformar el color en un lenguaje simbólico que enriquece la narrativa y profundiza la experiencia emocional del espectador. Lo que resta, es la reconstrucción por parte del mismo, su rol activo. Y para eso será necesario unir las paletas, mojar un poco de rojo en el verde, aunque poco empasten.

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