Crítica de “Desafiantes”, de Luca Guadagnino: Match Point para el cine romántico

El director italiano de películas como «Llámame por tu nombre» y «Queer» construyó en este film ambientado en el universo del tenis un inquietante triángulo con Zendaya, Mike Faist y Josh O’Connor como protagonistas.

Por Juana Valva

Durante años el cine romántico tradicional ha edificado sus narrativas sobre la premisa de que el amor no es un juego. En “Desafiantes” (“Challengers”), Luca Guadagnino no solo se burla de esa creencia, sino que además la dinamita, transformando al amor en un juego con reglas retorcidas e impredecibles, en el cual cada pieza debe estar dispuesta a destruirse en el intento por ganar.

A lo largo de los 131 minutos que dura el film, Zendaya se pone en la piel de Tashi, una expromesa del tenis devenida en entrenadora, que intenta controlar desde afuera de la cancha lo que antes dominaba con la raqueta. Mike Faist y Josh O’Connor (Art Donaldson y Patrick Zweig en la película, respectivamente) completan el triángulo con una química tan intensa como desconcertante: resulta imposible anticipar en cada escena si la tensión entre ellos nace de un deseo sexual reprimido o de la necesidad mutua de destruirse por completo. Con ambos hombres enfrentándose en la cancha y Tashi sentada en primera fila en las gradas, asistimos a un partido cargado de una adrenalina que no tiene nada que envidiarle a los mejores encuentros de Roland Garros.

Este duelo, que funciona como telón de fondo a lo largo de toda la película, se convierte en el escenario perfecto para recorrer el laberinto emocional de sus personajes. No es solo una competencia, sino una astuta exploración de la fragilidad humana, llena de ambigüedades y contradicciones en la lucha por ganar el control y conquistar la gloria.

El guion de Guadagnino y la estructura narrativa de “Desafiantes” se destacan por su uso del tiempo: la película no se desarrolla de manera lineal, sino que juega con la idea de una memoria fragmentada que nos invita a navegar entre el presente y los recuerdos de lo que alguna vez fue. Los giros narrativos son sutiles, pero cada uno nos lleva a descubrir la compleja red de deseos, pasiones e intereses que mueven a los protagonistas y cómo cada uno de ellos es una pieza fundamental en el ajedrez emocional de los otros.

La capacidad del director para mezclar las tensiones internas con los conflictos externos es de destacar, haciendo de la trama, más que un triángulo amoroso, un análisis preciso y crudo de lo que implica arriesgarlo todo por una victoria. Para ello, la película no pretende esquivar los rasgos oscuros y complejos de sus personajes; de hecho, los celebra en su totalidad, mostrándonos lo desgarrador y solitario que puede ser el deseo de ganar a toda costa.

Otro triángulo que funciona a la perfección en “Desafiantes” es el que se consigue entre el montaje, el sonido y la composición de los planos. El montaje, eléctrico y vibrante, va de la mano con la música de Trent Reznor y Atticus Ross, que es una fuerte dosis de adrenalina en cada escena. Aquí, el sonido, más que una mera herramienta estética, se convierte en un componente narrativo fundamental que intensifica la tensión y los giros de la historia. Todo esto se sincroniza de manera precisa y exacta con los planos filmados: los músculos tensos, la piel sudorosa y cada mínimo gesto, son capturados con una precisión erótica, invitándonos a sumergirnos como espectadores en una experiencia sensorial completa y visceral.

Así, si en el cine tradicional el amor se presenta como una promesa de estabilidad y una fuente de salvación, en “Desafiantes” es más bien una garantía de caos e incertidumbre.

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