La directora francesa de “Venganza del más alla” (“Revenge”) construye una crítica feroz al mandato estético sobre los cuerpos femeninos a través del horror corporal y la sátira sangrienta de la industria del entretenimiento.
Por Astrid Torres
¿Qué serías capaz de hacer para conseguir la mejor versión de ti? Esa es una de las preguntas que propone “La sustancia” (2024), dirigida por Coralie Fargeat, quien de forma aguda cuestiona las imposiciones sociales y estéticas que se han construido sobre los cuerpos de las mujeres. Parecería ser una continuidad de su cortometraje “Realidad+” (2014), donde ya reflexionaba, a través del uso de filtros, sobre la incomodidad que se crea cuando no se cumple con los estándares de belleza.
Todas hemos sentido en algún momento miedo a envejecer por la obsolescencia que parecerían tener los cuerpos. Obsolescencia que es recordada siempre por la industria del entretenimiento. Los senos caídos, las pieles tiesas con surcos de sonrisas son el abismo del olvido. Por eso, parecería casi una obligatoriedad tener uñas perfectas, piernas firmes, dientes blancos.
Fargeat cuenta la historia de Elisabeth Sparkle (Demi Moore), una actriz que la industria ya quiere retirar de las pantallas para sustituirla por alguien más joven y fresca. En su desesperación por no ser desechada como un objeto, decide inyectarse la sustancia del título, un líquido directo a la vena que crea una versión más joven y bella de ella misma. Sin embargo, para que todo se mantenga en equilibrio, cada una tendrá 7 días para poder habitar el mundo. Si una se pasa, el otro cuerpo se verá afectado.
La directora lleva la puesta en escena al límite para criticar la violencia machista que tiene una matriz profundamente estética. Para ello, crea una atmósfera que nos asfixia y nos asquea al mismo tiempo que a Elizabeth. Y es que observamos la manera en que su jefe asqueroso la desestima y cómo “los duros de la industria” son unos viejos acosadores. Por ejemplo, Fargeat nos incomoda con una fotografía subjetiva de planos cerrados de labios comiendo, de manos limpiando camarones, de sonrisas invasivas de empresarios que parecen devorarnos al mirarnos. No queremos que nos miren pero contradictoriamente necesitamos que nos aprueben.
Y vuelven las preguntas, acaso nos odiamos tanto que pese a saber que nos destruimos queremos disfrutar “la juventud” por más tiempo. Cuando tenemos a Elizabeth y a Sue (Margaret Qualley) la forma de la película se fracciona y ambas se enfrentan. Los colores de Elizabeth se empiezan a oscurecer, su espacio es un cerro de suciedad frente a la estética de sátira pornográfica que maneja Sue.
Los estándares estéticos son un virus que en su fase terminal nos ha carcomido, estamos necrosadas, nos odiamos. El horror corporal fue la decisión sin duda arriesgada en “La sustancia”, pero necesaria para hacer un ensayo visual sobre el cuerpo. La actuación de Demi Moore es visceral y, sin duda, su trabajo hace crecer la crítica política que propone el body horror. Además, ella misma ha vivido en su cuerpo la sensación de ser desechable por el sistema.
Nadie queda igual luego de ver “La sustancia” porque es un baño de sangre que busca despertar, es una teta con un cordón umbilical que nos desafía sobre los imaginarios que giran en torno al ser mujer. Es un monstruo que cree desesperadamente ser bello porque ha hecho todo lo que la industria ha querido, pero no lo es aunque se ponga un arete y se planche el único mechón de pelo que le queda. En algún momento lo que ha creado la industria les tiene que explotar en la cara, los tiene que ensuciar y es lo que Fargeat busca aunque sabemos que todo se limpiará.
“La sustancia” no pretende resolver algo, ni siquiera advertir. Muestra lo abyecto, lo que no queremos ver ni nosotras. No queremos pensar lo que el sistema hace con los cuerpos: los fabrica, los explota, los desecha. Queremos ser deseadas. Fargeat nos deja frente a esa contradicción con las tripas al aire, un diente caído y la piel desgarrada. No hay escapatoria estética que nos salve si queremos estar dentro esa mirada. Solo queda preguntarnos si seguiremos inyectándonos la sustancia o si, finalmente, la dejaremos en la basura.




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