El director debutante convierte en estrella de acción a la gran June Squibb (hoy de 95 años) en una comedia enternecedora que recibió muchísima menos atención de la que merecía.
Por María Eugenia Fessler
La primera escena de “Thelma” (2024) muestra algo instantáneamente reconocible: un nieto que, con marcadas paciencia y dulzura, le explica a su abuela cómo usar la computadora. La conexión establecida con el espectador, nacida de sentimientos de familiaridad y ternura, es inmediata, y se mantendrá durante toda la película. Sin embargo, despertará aún más interés ver a esta abuela emulando a Tom Cruise. A su manera, claro está, pero el cuidadoso guionista y director Josh Margolin resguarda a su protagonista de caer en el ridículo, mientras mantiene su sentido del humor.
Si “Thelma” cautiva por la familiaridad que evoca es porque está basada en una historia verdadera: Margolin escribió el guion a raíz de una estafa telefónica que le hicieron a su propia abuela (a quien también homenajea con su protagonista homónima). Los estafadores se hicieron pasar por él, afirmando que había atropellado a una mujer y que necesitaba 10.000 dólares para salir de la cárcel. Mientras que en la vida real su familia logró intervenir antes de que enviase el dinero, este no es el caso de la Thelma de June Squibb (“Nebraska”, “Las confesiones del Sr. Schmidt”). Inspirándose en un heroico Tom Cruise y en la leyenda “Misión: posible” con que la desafían desde un diario, ella decide recuperar lo que es suyo.
Al igual que Cruise, June Squibb —en un primer papel protagónico que nos hace desear que hubiese llegado mucho más pronto— no utilizó doble de riesgo. Análogamente, Thelma prefiere hacer las cosas por sí misma, incluyendo: participar de una persecución sobre scooters en un geriátrico, sortear numerosos obstáculos en una tienda de antigüedades como si fuesen láseres, rodar sobre no una, sino dos camas, robar una pistola (a una amiga anciana y senil) y más.
A simple vista, estos stunts podrían remitirnos a una parodia, pero el director descarta su lógica. Para poder contarse como una parodia, tendría que ser exagerada, llevar a la hipérbole los elementos que busca apropiarse, explotar ahí su comicidad. En este caso, podría hacerlo con el género de acción, la cotidianidad o la vejez misma, pero “Thelma” no usa el saber colectivo para la burla. Su humor no es explosivo; es sutil. Apuesta a que su espectador reconozca ciertas puestas de cámara, cortes, musicalizaciones y tropes. Cuenta con que nos remitamos al género de acción, pero no pretende ser la versión geriátrica de “Misión: Imposible”. No se trata de una acción domesticada, sino de una comedia arraigada en lo cotidiano, y con tintes de acción. En este entendimiento de los géneros Margolin logra sorprender, y no será la única instancia en su ópera prima.
Contando con otro tipo de saber colectivo, como es el reconocernos en el nieto que explica cómo usar la computadora o en la abuela a quien le explica, la película también lidia con dilemas universales. Thelma, a sus 93 años, lucha por la independencia que teme perder en la vejez. Cuando su hija (Parker Posey) y yerno (Clark Gregg) argumentan que es hora de enviarla a una residencia, ella se quita sus audífonos para no oírlos. No quiere ser como su amigo Ben (Richard Roundtree), quien ya vive en un geriátrico y a quien ve resignado, diciéndole que “Si empezás a comportarte como un bebé, la gente va a empezar a tratarte como un bebé”. Aunque reclute su ayuda ocasionalmente, junto con la de su propio nieto Danny (Fred Hechinger), teme el necesitarla. Esta preocupación es su verdadero motor propulsor, y evidencia del despliegue tonal del director; es en esta convergencia con el drama que vuelve a sorprendernos.
Por otro lado, Danny, a sus 24 años, no tiene trabajo, ni estudios, ni habilidades. Está en constante tensión con las exigencias sociales y las de sus padres, quienes lo agobian con su preocupación. A la par de su abuela, él también tiene su independencia en disputa. En Thelma, ya anciana, esto se manifiesta a través de su pérdida. Danny, en su juventud, evidencia aún más lo inescapable y mundano de aquel desasosiego, del querer encontrar nuestro lugar en el mundo y permanecer allí en paz. Hechinger (cuya interpretación se desliza gracilmente entre lo adorable y lo desgarrador) y Margolin, desde sus respectivos lugares, sabiamente realzan la simpatía e identificación con el personaje y sus inquietudes. Y a pesar de estas incursiones hacia lo dramático, “Thelma”, más que recuperar su optimismo y gracia, pareciera nunca perderlos.
Con una protagonista hoy de 95 años, parte del humor de la película radica en la subjetividad de sus exigencias hacia ella. Sería fácil caer en los usuales clichés y actitud sobradora de la parodia, pero Margolin no busca ridiculizar al género de acción, ni a su protagonista, ni a la cotidianidad, ni a la vejez misma. “Thelma” vuelca su gracia en la universalidad de sus personajes, en su ternura, en la búsqueda de una adrenalina más mansa, en un contexto que nos es infinitamente más alcanzable que los helicópteros y explosiones de Tom Cruise. Y en un mundo que pareciera volverse cada vez más hostil hacia nuestros viejos se aprecian estas miradas que, además de ser una carta de amor para ellos, lo son también para la vida misma.




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